¿ES EL ALEMÁN UN IDIOMA ‘LINDO’? (IV)

MALENTENDIDOS AL PIE DEL TITICACA

Lo bonito de no entender un idioma es que uno se pierde las cosas malas que se puedan decir en él.

Pero también las buenas. Y eso es lo malo.

Lo peor, es, a veces, malentender.

A Sieglinde, a la periodista alemana que había conocido en el repleto tren de turistas que nos había llevado de Arequipa a Puno, le entendí varias cosas mal. No sólo por cuestiones de idioma.

Cuando le pregunté si tenía novio y le entendí que llevaba nueve a años sin tener uno, en realidad, ella me había dicho que tenía una relación estable en Alemania que ya duraba nueve años.

Cuando trató de explicarme que pronto pensaban tener un bebé y que ella pensaba quedarse embarazada, yo le entendí que habían perdido un bebé y esa había sido la causa de la ruptura de su última relación. Hacía nueve años…

No es difícil imaginarse lo que digo.

Cuando le entendí que me hablaba de un bebé, le pregunté cómo se llamaba y me dijo que no tenía nombre. Ah, no ha nacido, pensé. No existe, le decía yo. Algo que ella me confirmaba.

De lo cual, yo deducía que lo había perdido y que tal vez esa había sido la razón del fracaso de esa relación.

Y así con las otras cosas.

Esa primera noche en Puno, sentado sobre las escalinatas de la entrada de nuestro hostal, ella me había encontrado allí y luego nos habíamos dirigido a un café contiguo.

Le había entendido que se había regresado al hostal para poder estar sola, porque su amiga había encontrado diversión y ella se había puesto a pensar en mí.

Años después –cuando volví a hablar con ella en Alemania, por teléfono- me enteré que ella había querido decirme realmente otra cosa.

Le había dicho a su amiga que siguiera divirtiéndose con los otros alemanes y suizos que habían conocido, que ella se iría a descansar al hostal, porque deseaba acostarse temprano.

¿Y cómo había llegado yo a entender que había estado pensando en mí, tanto como yo en ella?

Porque ella había tratado de explicarme que, en el primer momento que me vio desde lejos, sentado sobre las escaleras, pensó que se podría tratar de uno de sus nuevos compañeros de habitación.

Algo que quedó confirmado cuando se acercó.

(Era un simple compañero de habitación en su mente.)

Como yo había entendido que había estado pensando en mí y ella se reía por el mal entendido (ella lo sabía y yo no), le había propuesto beber algo en el café contiguo.

(Puesto que entendía que verme la había puesto de buen humor.)

Pero yo lo hacía por no saber qué hacer y no porque me la quería “levantar”.

Luego todo había sido una cadena increíble de más malentendidos y confusiones.

Felices en este caso.

Por lo menos un buen tiempo, que duró casi dos años hasta que yo partí para Alemania a volver a verla.

Como ella se reía por mis malentendidos, llegó a decirme que aceptaba mi invitación, pero sólo porque haciéndola reír se le había quitado el cansancio.

Para hacérmelo entender (y yo no fuera a imaginarme nada más), detuvo a varias personas que pasaron por nuestro lado hasta que encontró a una que hablaba castellano y alemán y quería ayudarnos.

El compatriota que hizo de traductor me dijo:

“Dice que la has hecho reír tanto que se le ha pasado el cansancio. Que sólo por eso acepta la invitación, pero que el café lo paga ella.”

Lo del café me pareció un misterio, porque yo venía de un medio en el que los muchachos pagaban las consumiciones cuando invitaban a una chica. Y este era el caso.

Al momento de pagar, la joven camarera se dirigió a mí para cobrar y yo le señalé a mi compañera, quien volvió a reír a carcajadas, sin que yo supiera por qué.

Según lo que pude entender dos años después, ella partía de que yo era una especie de gigoló que hacía muy bien mi “trabajo”, es decir, mi actuación. Y que por eso le pareció sumamente chistoso que le dijera tan frescamente a la camarera quién pagaba las cuentas en esa pareja.

Lo de gigoló, por otra parte, había nacido de otra confusión.

(El Libro de Estilo de El País recomienda usar “chulo” en España, lo que sería equivalente a “caficho” en mi país, término que, a su vez, proviene del lunfardo argentino, pero no es lo mismo. Un gigoló vive del dinero y los bienes de una mujer rica -generalmente bastante mayor- y no de su trabajo como prostituta.)

Al recitar de memoria mis lecciones del libro de texto de mi curso de alemán en el tren, yo no había reparado para nada en el contenido de lo que decía, porque simplemente partía de que estaba claro que se trataba de textos ficticios.

El segundo de ellos explicaba en alemán que yo era “un muchacho que tenía una familia muy numerosa y que a veces pasábamos hambre”.

De allí, ella había colegido que, a pesar de mis ropas y de estar de turista como ella, yo me estaba haciendo pasar por un menesteroso, pero de otro nivel, es decir, por un vividor de mujeres.

La historia continúa, porque al salir del café, a mí me pareció indecente no permitirle cierta intimidad para que se cambiara de ropa y se pudiera ir a la cama, puesto que compartíamos una habitación sin mayores comodidades y que solo tenía cuatro camas y nada más.

De tal manera que en la puerta del hostal, me despedí de ella para darle la oportunidad de la intimidad mencionada.

Tontamente, lo hice además con un beso en la mejilla, como se acostumbraba en el medio del cual venía, sin saber que eso no existía en Alemania.

(Ahora muchos alemanes se saludan con dos besos, como los franceses, algo a lo que he tenido que acostumbrarme y que me lleva a tener que concentrarme en Lima cuando saludo a alguna amiga, familiar o conocida.)

Y eso terminó por confundirla del todo a ella.

Simplemente porque esperaba que fuéramos juntos a la habitación donde iríamos a estar solos y ese beso era una especie de anticipo. (Y pensaba decirme que no, claro.)

A la mañana siguiente, cuando nos despertamos, nos dimos con que las dos muchachas alemanas ya habían abandonado el hostal muy temprano.

Después de ponernos de acuerdo mi amigo y yo, empezamos nuestro propio paseo por Puno.

Recuerdo especialmente las bandas de sicuris con sus sonidos telúricos y la competencia de cuatro orquestas con sus músicos borrachos tocando todos a la vez alrededor de un obelisco, tratando de ver cuál tocaba más fuerte y más tiempo en un esfuerzo diabólico y sin par.

Recuerdo cómo pensaba que ese día con ella a mi lado habría sido más lindo.

Recuerdo unos fardos de colores que divisábamos desde el colectivo que nos llevaba a las Chulpas de Sillustani: unas construcciones funerarias del siglo XIII, construidas por la cultura Kolla mucho antes de la llegada de los violentos inmigrantes españoles a nuestras tierras.

El conductor nos dijo que no se trataba de simples bultos.

-¿Qué son entonces? –le pregunté, siguiendo la costumbre de viajar parado junto al chofer para intercambiar compañía por información.

El hombre sonrió, de esa enigmática forma que solo he observado en los Andes, en la que se mezcla diversión, sorna, pero también pesar por la ignorancia del interlocutor.

-Son mujeres, joven.

-¿Mujeres? ¿Durmiendo, con este frío?

-No sienten, pe. Borrachas están, pe –me respondió él, salpicando casi todas sus expresiones con esa versión abreviada de nuestro tan usado “pues” y hablando con su inconfundible acento puneño.

Por esas cosas que se ven en las películas, pero que casi no ocurren en la vida, en el paseo por las Chulpas de Sillustani nos encontramos sorpresivamente con nuestras dos alemanas, quienes se alegraron de vernos.

Por esas cosas que se dan más en la vida real que en las novelas o películas, mi reacción fue quedarme paralizado. Tanto que no alcancé a reaccionar hasta que el ómnibus en el que habían llegado las dos, partió, sin haber intercambiado yo ni una sola palabra con ellas.

-Se van mañana en la mañana –me dijo Charlie, quien sí se había alegrado de verlas esta vez y se había puesto a conversar con ellas.

Por la noche, después de haber bailado con las comparsas de sicuris y otros grupos folclóricos, bebido con todo tipo de gente, recorrido la ciudad, reído y cantado al pie del lago navegable más alto del mundo -el Titicaca-, regresamos extenuados con mi amigo al hotel.

En las escalinatas, sentada, encontramos a Sieglinde.

Charlie se disculpó y se fue a llamar por teléfono a su novia. (Con la cual se casaría y tendría por lo menos un hijo después.)

Después de intercambiar saludos y un par de palabras con ella, y cuando me encontraba disculpándome, presto para pasar a nuestra habitación porque me sentía cansado de haber estado en pie todo el día (yo también deseaba cierta intimidad para cambiarme y acostarme), ella me detuvo y me tomó de una mano para poder incorporarse.

Con señas muy claras, me indicó que quería beber algo conmigo.

Traté de explicarle que me sentía demasiado agotado, aunque contento de verla. Un café era lo último que deseaba tomar en ese momento. Que le deseaba un buen viaje a la mañana siguiente.

Me dolía que no la fuera a ver nunca más, pero así era la vida.

Me había pasado gran parte del día pensando en ella, pero me había podido recuperar, felizmente.

Al notar mi indecisión, ella simplemente me jaló de una mano, me tomó por la cintura y me hizo avanzar abrazados en dirección a la Plaza de Armas de Puno.

Continúa…

HjorgeV 11-07-2008

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