TODOS SOMOS CUERVOS

IMPRESIONES INSULARES

8. Desde la terraza de nuestro departamento es posible distinguir las playas vecinas y gran parte de la bahía de Palma.

Para llegar a la playa nos basta descender dos pisos de escaleras, cruzar la calle de un solo sentido que a modo de una costanera bordea esta parte del litoral a unos cincuenta metros de altura, y bajar, finalmente, por una pendiente que va a dar a un negocio bastante exclusivo que hay que atravesar antes de llegar a la arena, a la playa misma.

9. El primer choque es el cultural. Es algo completamente nuevo para mí.

La gente que nos rodea y se tuesta como nosotros habla diversos idiomas que no puedo reconocer. ¿Húngaro? ¿Polaco? ¿Ruso? ¿Croata? ¿Letón?

Por su aspecto y sus maneras -de más o menos nuevos ricos e inexpertos turistas- me atrevo a incluir en la lista a un par de países bálticos (Estonia, Letonia, Lituania) y a los que antaño conformaron la antigua Yugoslavia. (Ahora dividida en ¡siete países!: Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro, Macedonia y Kosovo.)

¿Y el castellano? ¿Y el mallorquín o catalán?

10. En el aeropuerto lo que más se escucha es el marcado inglés británico, con su típico, casi tartamúdico staccato.

¿Dónde están los demás idiomas?

Se trata de una conclusión falsa. Porque, de estar, están.

Me imagino que como los ingleses ya consideran a Mallorca como un reducto británico, se deben sentir tan cómodos que hablan su idioma por toda la isla como si les perteneciera.

Algo de lo que los mallorquines son muy conscientes y lo toleran mordiéndose la lengua.

11. No sé cómo será realmente en esta isla, pero debo recordar algo que me dijo un taxista una vez en Tenerife, después de haber estado a punto de atropellar a un grupo de muchachos borrachos y marchosos que bloqueaban parcialmente la calle.

-Qué suerte que no ocurriera nada –le dije, pasado el susto.

-No se preocupe, sólo eran alemanes –me contestó él.

12. El paso peatonal o de cebra que debemos cruzar varias veces al día para llegar a la playa se encuentra directamente después de una curva, de tal manera que los conductores que vienen con exceso de velocidad se ven obligados a frenar violentamente cuando lo descubren al final de aquella.

¿A qué urbanista se le ocurrió semejante y peligroso despropósito?

¿Y quién o quiénes aprobaron esa estupidez?

13. De pronto, nos sucede lo temido.

Un automóvil frena justo delante de nosotros haciendo chirriar sus neumáticos.

Como hago un gesto de desaprobación, el vehículo avanza y la conductora baja la ventanilla. Parece exasperada. Habla tan rápido que apenas le entiendo lo que dice y no tengo ganas de echarme a perder el día sólo porque alguien considera que su velocidad o sus asuntos personales son más importantes que la vida de los demás. (Más el susto de mis cuatro menores hijos.)

-Tonta peligrosa –le digo en castellano y continúo mi camino, sin hacer caso a sus imprecaciones.

Su idioma era el inglés, por cierto.

Así de cómodos se sienten los ingleses en Mallorca, ya lo decía. Y la culpa no era sólo de ella: también de las autoridades responsables de la seguridad vial de la isla.

14. ¿Y el castellano?

Sólo parando bien la oreja es posible filtrarlo del cúmulo idiomático babélico que nos rodea en la playa.

Con esa misma oreja enhiesta luego se va notando que los idiomas mayoritarios son el alemán y el inglés. Muy al fondo, un poco de mallorquín y, excepcionalmente, algo de italiano.

15. La segunda sorpresa cultural, idiomática, empero, es mayor aún.

El que controla y cuida la playa o zona de estacionamiento y el acceso de los vehículos al lugar, los camareros del bar restaurante, el encargado de las colchonetas y poltronas, varias masajistas y el que alquila los botes con propulsión a pedal hablan todos la misma lengua especial.

Todos, salvo el del aparcamiento, que es un mulato de un metro ochenta y muy cordial, podrían pasar por ingleses, alemanes o italianos. Por todo, menos por españoles.

Pero, no, che, ¡son argentinos!

-¿Vos también sos argentino? –me pregunta el simpatiquísimo moreno.

Peor –le respondo, consiguiendo arrancarle una sonrisa-. Soy peruano.

Me saluda, me da la mano y termina de presentarse diciéndome que es cuervo. No será el primero que me crea compatriota del gran Diego y del gran Jorge Francisco Isidoro Luis.

-¿Cómo se come eso? –le pregunto-. Lo de cuervo.

-¡Que soy del San Lorenzo de Almagro, pibe! –me responde él, como si haber pasado por la escuela no me hubiera servido de nada.

-Che –le digo, yo, que, siendo fanático del balompié, nunca fui ni soy hincha de ningún equipo-, a partir de ahora yo también soy cuervo, entonces.

La simpatía no tiene precio, cuervas y cuervos.

Continúa…

HjorgeV 05-08-2008

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