DESADAPTADOS, DESUBICADOS Y MARGINALES

IMPRESIONES INSULARES

16. En el centro de Palma quiero preguntar a un lugareño cómo llegar a la Plaça Espanya.

De entre las diferentes pero pocas posibilidades que considero como correctas (a veces no es tan fácil tratar de adivinar quién es turista o foráneo, y quién no), escojo una justamente porque no es muy clara.

Se trata de un hombre en la cuarentena o a finales de los treinta y que, a pesar de poder pasar por un turista, una observación más detenida lo delata como no perteneciente a ese grupo.

No sé si es por su vestimenta o por su manera de estar parado en plena calle, o por ambas cosas.

Pero sé que no puede ser un turista. ¿Será un lugareño? Lo dudo.

Los lugareños suelen ser reconocidos –entre otras cosas- porque no se detienen a observar lo que los rodea y porque llevan el paso más firme y decidido, con cierta prisa.

El hombre que describo está parado en medio de la calle y parece desorientado. Como quien ha llegado esperando encontrar a alguien y ya lleva años sin conseguirlo.

Le pregunto por la plaza en cuestión.

Me da una respuesta concisa y clara. Ah, alguien que vive aquí, pienso. Insisto, porque su acento no me ha convencido del todo.

-¿Cómo sabes dónde está la plaza esa, chico? –le pregunto lanzando la moneda al aire al imitar el acento de otra isla.

-¿Cubano? –me pregunta él.

-Habanero. Pero no yo, sino tú –le respondo antes de darnos la mano, sonreir y saludarnos.

17. Mallorca es la isla de las Mil Caras.

Para los alemanes es sinónimo de (a) turismo discotequero salvaje, (b) turismo masivo y barato de último minuto, (c) vacaciones de familia en un ambiente idiomático y gastronómico alemán y (d) símbolo de estatus social.

Es el sueño alemán por excelencia, porque conjuga varias sensaciones y realidades en una sola: sol, playa, buen clima casi todo el año, fiesta, productos gastronómicos españoles y la fama de la isla.

Decir Mallorca es decir estuve en la sucursal del cielo, independientemente de cómo haya sido la realidad verdaderamente.

Hace poco leí un artículo de una revista alemana, que trataba el caso de los alemanes que habían dejado de soñar con Mallorca y se habían atrevido a vivir y no solo vacacionar en la isla.

El comentario que más recuerdo es el siguiente:

“En Mallorca es fácil terminar con un millón de euros. Si se traen dos al comienzo.”

Esta frase condensa la delgada capa de realidad sobre la que se asienta ese sueño. Porque hay que ser muy ingenuo para pasar un par de semanas de vacaciones estupendas y creer que se puede vivir así todo un año o varios de ellos. Algo que vale para cualquier lugar del mundo.

18. No hace mucho un inglés le hizo un juicio a una empresa turística de su país por haberle dado cupo en un hotel en Grecia copado por alemanes.

Los jueces le dieron la razón y la agencia tuvo que pagar mil euros de compensación al turista.

En respuesta a este caso y burlándose, el diario sensacionalista Bild –y el de mayor tirada en Alemania- publicó una lista de lugares a evitar por el turista alemán, debido a la predominante presencia británica.

Así, la Bahía de Palma ha pasado a ocupar un lugar en la lista de los que se recomienda a los turistas “rechazar” por ese motivo. Algo que los vendedores mayoristas desde hace mucho tiempo saben y suelen, por eso, demarcar sus destinos a ofrecer por nacionalidades.

19. Compro a diario El País.

Recorro corriendo unos dos kilómetros cada mañana hasta el lugar de compra y me alegro de que no esté tan cerca. De allí me paso a la panadería y cuando llego al departamento ya casi están todos despiertos. Después de haber pasado un buen susto de varias semanas, noto que mi rodilla izquierda no está estropeada como creía.

Entre chapuzón y chapuzón, juegos con los niños, una cerveza helada y las idas y venidas a la playa no tengo tiempo para leer más de un diario al día, aparte de que voy leyendo los libros que voy adquiriendo cada vez que nos acercamos a la zona urbana.

Un día venzo la inercia y compro La Vanguardia en vez de El País.

La encuentro decepcionante, sin contenidos verdaderos. La idea de probar con otros diarios españoles la desecho inmediatamente, porque ya me ha pasado que al final termino las vacaciones con una ruma de periódicos por leer.

De paso, me doy cuenta de que los diarios y revistas se pueden dividir en dos clases: los que son de leer y tirar; y los que son de leer y releer.

Los segundos, siempre tienen algún artículo que uno termina guardando o arrepintiéndose de no haberlo recortado.

20. Entre los libros que he comprado se encuentra una sencilla pero muy buena edición de El corazón de las tinieblas del escritor polaco Joseph Conrad (nacido, curiosamente, en la actual Ucrania), considerado por muchos como uno de los más grandes escritores en lengua inglesa.

Por un artículo, justamente, de El País, firmado por Rafael Argullol (¿qué diablos son “Guadianas literarios”?, el título, ¿ríos?), me entero de que no he hecho nada especial adquiriendo ese libro, sino seguir una moda actual. Apunta el articulista:

“Hay algo en la atmósfera que exige el retorno de una obra largamente ignorada.

Uno de los mejores ejemplos de esta exigencia es la resurrección vigorosa de una novela como El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.”

La verdad es más trivial.

Persigo desde hace bastante tiempo ya, ediciones sensatas de los grandes clásicos.

No digo lindas, bonitas, cómodas, bellas ni generosas.

Simplemente sensatas.

Considero que las llamadas ediciones de bolsillo, populares o como quiera que se las llame, pueden llegar a entorpecer la lectura en vez de promoverla, haciéndole un flaco favor a la cultura en general.

¿Se seguirá el lema aquel -aplicable a todo- que dice que “peor es nada”?

Creo que detrás de toda pretensión de ‘esfuerzo’ editorial que se dice existe en ese supuesto intento por acercar la gran literatura a las masas, no hay tal sino un simple y frío cálculo empresarial.

Pero es algo parecido a querer acercar las obras de los grandes compositores, haciendo escuchar a las masas versiones condensadas y a mayor velocidad de ellas.

En mi niñez me enfrenté a esos desperdicios de papel cebolla. En mi juventud usé tanto la Biblia como El rey Lear para enrollar alguna vez un poco de marihuana.

O qué decir de aquellas otras ediciones miserables, de las que no te podías explicar por qué no te vendían la lupa de paso.

Las ediciones más caras son más voluminosas, con más espacio entre las líneas y con letras más grandes pero no porque sus solventes compradores sufran o sufren de algún defecto visual.

Sucede simplemente que puede resultar cansador tener que estar ‘persiguiendo’ la siguiente línea, por ejemplo.

Pero, no.

Barato no sólo quiere decir pequeño y muy apretado para la mayoría de editores, también pésimo diseño y peor calidad.

Personalmente, me interesa un pepino el diseño si la lectura resulta agradable y no una persecución de letras y líneas constante.

21. De mis viajes a España, lo que más aprecio es mi paso por sus librerías.

Aunque prefiero lugares como FNAC –tiene 16 filiales en España pero ninguna en Palma-, donde uno se puede sentar cómodamente a revisar y hojear cuantos libros le plazcan y cuantas horas quiera, también sé contentarme con la simple sección de libros de El Corte Inglés, por ejemplo.

Suelo hacerme una lista de autores a los que me gustaría leer. En segundo lugar, una lista de obras recomendadas. Luego comparo calidad y precio, y, si el libro me interesa y está al alcance de mi presupuesto, lo compro.

Esta vez he tenido la suerte de poder encontrar y traerme 20 libros. Se trata de ediciones simples pero bastante legibles y no desagradables de leer. Algunos ya los he leído, pero la edición es mejor.

22. El primero, Factotum de Bukowski, me lo leí de un porrazo entre playazo y playazo, acompañado de alguna cerveza bien helada.

Su alter ego, Henry ‘Hank’ Chinaski es un desadaptado, desubicado y marginal, que va buscando y perdiendo un trabajo tras otro debido a las borracheras que se pega.

Sin embargo, su genio consiste en no dejar de perseguir su sueño de ser escritor y en hacerte creer lo contrario: que son los demás los perdedores.

Que alguien que se ha pasado 30 años en un mismo trabajo no puede estar, simplemente, bien de la cabeza.

Por cierto, Heinrich Karl Bukowski -después Charles Bukowski- nació en Andernach, una ciudad que se encuentra a menos de 100 kilómetros de aquí.

Continúa…

HjorgeV 06-08-2008

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