ÚLTIMAS IMÁGENES VACACIONALES

IMPRESIONES INSULARES

23. Todo lo bueno se acaba sin que uno lo quiera y nuestras vacaciones no podían ser la excepción.

Como nos han dicho que en la isla no existen taxis para las seis personas que somos, tenemos la disyuntiva: tomamos dos y pagamos casi cien dólares en total, o nos vamos con tiempo en ómnibus o autobús hasta el aeropuerto.

Nos decidimos por la última posibilidad.

Partimos de madrugada y tenemos tiempo. No tenemos prisa. El servicio de transporte público mallorquín es bastante bueno, moderno y cómodo.

El paradero o parada del bus está justo al frente del complejo de departamentos donde hemos pasado nuestras vacaciones. Sólo tenemos que bajar los dos pisos de escaleras y cruzar la pista de un solo sentido con nuestro equipaje.

Además, salvo el menor de tres años, nuestros otros tres hijos ya pueden moverse con sus maletas independientemente.

24. Como detesto las malas pasadas que le puede jugar a uno el simple destino, calculo salir a tiempo para abordar el bus de las doce y cinco. El penúltimo. Por si las moscas, como se dice.

A las doce en punto, mientras solamente espero que bajen los demás componentes de mi familia, se aparece un ómnibus de la única línea que pasa por el lugar.

-¿No está usted adelantado? –le pregunto al conductor.

Me responde simpáticamente que hay problemas “arriba” y que por eso se tiene que adelantar. Luego, continúa su ruta.

Mala suerte.

Pero para este tipo de casos hemos salido con tiempo. Sólo tenemos que esperar el siguiente bus. El último de la noche.

Pero este no llega y empezamos a impacientarnos.

-Si no llega en cinco o diez minutos, tendremos que ir en taxi –me dice mi esposa.

El problema es que todos los taxis pasan ocupados y cada vez hay más gente que también busca un taxi porque supone que ha perdido el último autobús. No sabemos si llegará o no.

Pregunto a los que parecen lugareños y que deben trabajar en el establecimiento gastronómico vecino que está bajando la pequeña cuesta hasta la playa.

-Nunca ha pasado algo así -me dice una argentina muy rubia.

-Muy raro -añade una mujer que debe ser de Tailandia o de algún país similar.

De paso, nos enteramos de que “arriba” es Palma y que hay una fiesta que ha impedido el paso por ciertas vías.

Cuando ya han pasado más de veinte minutos, van a ser casi la una de la mañana, y empezamos a temer lo peor porque los taxis siguen pasando ocupados, se aparece el bendito vehículo.

25. En la Plaça Espanya, otra familia (una pareja con sus cuatro niños como nosotros) está también con sus maletas esperando el autobús que cubre la ruta al aeropuerto.

Son daneses y tampoco han podido conseguir un taxi para seis.

Un hombre que lee una novela mientras espera con nosotros en el mismo paradero y que debe dirigirse al aeropuerto a trabajar, nos recomienda usar la puerta intermedia del bus para subir nuestras maletas.

-Es más amplia -nos dice.

El padre de la familia danesa entiende algo de castellano y ha comprendido la indicación del lugareño.

Cuando llega el ómnibus de la línea 1, las dos familias subimos nuestras maletas y los respectivos padres de familia nos acercamos al conductor a pagar los pasajes.

Pero el tipo, el chofer, está indignado.

-¿Para qué coño trabajo? –empieza a vociferar-. ¿Para que la gente suba por donde quiera y luego uno no sepa a quién le tiene que cobrar?

Trato de tranquilizarlo y decirle que hemos utilizado la puerta intermedia para poder subir más fácilmente con las maletas, siguiendo el consejo de uno de los usuarios.

No menciono, por supuesto -porque no viene a cuento- que su apreciación es errada: es el Estado o el ayuntamiento de Mallorca el que le paga su sueldo, independientemente de cuánta gente lleve y si ésta paga o no.

-¡Qué consejo ni qué consejo! –empieza a gritar-. ¡Aquí el que manda y decide soy yo!

-Bueno, cóbrese –le digo-. Nosotros somos cinco personas y un niño de tres años que no paga.

-No –dice él-. Así no. Ahora se bajan todos o yo llamo a la policía. Miren –agrega-, no estoy mintiendo. Ahora apago el motor y nadie se mueve.

El danés me queda mirando y piensa que yo debo haber cometido un error. Que tal vez he ofendido al chofer y que por eso él está reaccionando así.

El problema es simple.

En Alemania, y me imagino que también en Dinamarca, es posible usar cualquier puerta para subir a un autobús del servicio público. Nadie desconfía.

Como casi todos los usuarios suelen tener boletos mensuales o, incluso, anuales, sólo usan la puerta delantera aquellos pasajeros esporádicos que necesitan adquirir un boleto para la ocasión.

Cuando se viaja en grupo –como era nuestro caso-, basta que uno sólo se acerque al conductor para pagar el pasaje de los demás.

A nadie se le ocurre poner en duda la información que se dará al chofer para que éste luego proceda a cobrar por el transporte. Salvo que se trate de una broma o de una pasada de un grupo de muchachos, que siempre las hay.

Es una cuestión de mentalidad y de sentido práctico.

Porque en caso de haber un control, no sólo se pasará vergüenza, sino que además se tendrá que abonar inmediatamente la fuerte multa correspondiente.

Por lo visto, no es así en España. O, por lo menos, no en Mallorca.

El chofer parte de que todos le quieren engañar y por eso ha reaccionado así.

26. Finalmente, el exasperado hombre pone como condición que las dos familias desciendan y vuelvan a subir por la puerta delantera para poder contarlos.

Le digo que no tiene que haber ningún problema y les digo a los míos que bajen y vuelvan a subir.

Se trata de una situación extrema y extraña.

Como he pasado por situaciones peores y verdaderamente de emergencia y peligrosas, y tengo la suerte de poder conservar la sangre fría en esos casos, mantengo un tono de voz más o menos tranquilo.

El hombre ha tenido una especie de ataque de nervios y ha reaccionado de la peor forma.

No estoy yo allí para juzgarlo, sino para resolver el último escollo antes de abordar nuestro avión de regreso a Colonia.

27. Los míos descienden y vuelven a subir.

Hasta el de siete años se da cuenta de que se trata de una situación absurda y tonta.

Después de pagar, noto que los daneses no han hecho lo mismo, simplemente porque no han entendido lo que ha dicho el chofer.

No es mi problema, me digo y tomo asiento.

Me quedo atento por si tengo que hacer de intérprete o por si el isleño –supongo que es mallorquín- vuelve a ponerse pesado.

Pero, no; tal como lo había calculado, se hace el de la vista gorda, le cobra al danés y el vehículo parte, finalmente.

28. Sé que el hombre de Dinamarca cree que yo he sido el culpable de la fea situación pasada.

Normalmente, si tengo la conciencia limpia, no suelo justificar mis actos o explicar mi conducta ante los demás. No es fácil.

Sin embargo, esta vez no resisto la tentación y me acerco a ellos.

-¿Hablan castellano?

-Mucho poco –me responde el padre. La madre hace gestos de negación con las manos.

-¿Alemán?

Me responden que lo dominan.

Al final, sonreímos y levantamos los hombros como quién dice “qué se va a hacer”. O “el mundo tiene cada cosa”.

29. Mientras hacemos tiempo para abordar el avión, una figura me llama la atención.

Se trata de una joven mujer con el que debe ser su hijo a su lado.

Es rubia, tiene cierto atractivo y se parece un poco a la Spears, pero el cuerpo –de la cintura para abajo- es de alguien que nunca ha practicado ningún deporte.

Se dirige a un empleado de una de las diversas oficinas comerciales del aeropuerto que le señala con el brazo cierta dirección.

A los pocos minutos la mujer regresa.

Ahora lleva al niño en sus brazos, éste duerme y ella hace rodar su única y voluminosa maleta tras de sí.

Mira como quién no sabe adonde ir ni a quién dirigirse.

Reconozco en su mirada impotencia y ese aire de desamparo que deben compartir muchas madres solteras en los peores momentos de su vida.

En esos en los que no sabrán si podrán alimentar a su hijo o hijos al día siguiente ni cuál será su futuro.

Después de unos momentos, veo que tiende a su hijo sobre los asientos de la zona de espera y ella se sienta a su lado, cuidando de que no se caiga.

Mira para uno y otro lado.

29. Me acerco y le pregunto si puedo ayudarla en algo.

Es inglesa y me explica que ha perdido su vuelo y que a esa hora de la noche no tiene a quién dirigirse para organizar su partida en algún vuelo siguiente.

Le digo que si puedo ayudarla en algo, se puede dirigir a mí, que estoy esperando a mi esposa y a mis otros dos niños.

Sonríe tristemente y vuelvo a ver esa mirada de desamparo contra la que nada puedo hacer. Regreso a mi asiento.

30. La joven mujer se levanta y se dirige a un grupo de teléfonos públicos con su hijo dormido en brazos.

-¿Sabe cómo funcionan los teléfonos? –me pregunta al regresar.

Veo más que desesperación en su mirada.

Como estoy cuidando que el menor de mis hijos no se caiga al suelo porque también se ha quedado dormido y no me puedo mover, hago el gesto de no haber entendido su pregunta. ¿Qué complicación puede haber tenido?

-Probaré con los de allá –me dice ella, antes de que a mí se me ocurra una solución para ayudarla.

Cuando regresa, se está secando las lágrimas con su mano libre y el rímel se le está esparciendo por todo el rostro.

31. La gente parte de la isla con sentimientos encontrados.

Es como haber tenido la opotunidad de vivir otra vida y muchos no han vuelto a saber aprovecharla.

El mal humor que veo en muchos rostros, ¿se debe a las altas horas de la noche o primeras de la madrugada? ¿A la última borrachera? ¿Al hecho de regresar a casa de vuelta del ‘paraíso’?

32. Después de recoger nuestras maletas nos dirigimos a la puerta de salida. El vuelo ha sido agradable y hemos vuelto a encontrarnos con azafatas que tienen noción de lo que es el trato y el tacto humanos.

Una rareza profesional en estos tiempos.

Me preparo para que la policía me detenga y revise mis documentos. Ya estoy acostumbrado. Hasta me parece del todo natural.

Uno de los últimos no me creía que siendo peruano podía tener una familia tan numerosa con una alemana.

-¿Qué piensa hacer? -le pregunté en esa oportunidad.

Con alto grado de autosuficiencia, me respondió:

-Tendremos que devolverlo a su país de origen.

-Me pongo en sus manos -le respondí tranquilamente, descolocándolo por completo.

-¡¿Cómo?! -espetó-. ¡¿No era que es el padre de los cuatro niños?!

Pero esta vez nadie me detiene.

Nada más cruzar la puerta, Heinrich nos hace señas entre el cúmulo de gente que espera a los recién llegados como nosotros.

Es nuestro vecino -un alemán jubilado-, quien nos ha hecho el favor de llevarnos al aeropuerto en nuestra camioneta (de siete asientos) y ahora está allí para recogernos y llevarnos de vuelta a casa.

HjorgeV 08-08-2008

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