CORMAC McCARTHY

Creo que el peor insulto que puede recibir un escritor que se considera -o consideramos- más o menos serio, es escuchar una expresión como la siguiente.

¡Esto no es literatura, pues!

¿Es literatura lo que escribe Cormac McCarthy?

Esta pregunta no es una broma. Y tiene más de una justificación.

De acuerdo, McCarthy está de moda y suena a herejía. Y la pregunta es una provocación.

Pero es tan válida como preguntarse si lo que escriben Grisham o Corín Tellado lo es.

CORMAC McCARTHY (FOTOGRAFÍA DE JIM HERRINGTON)

(¡Cómo no va a ser literatura lo que escribe McCarthy!, podrá exclamar exasperadamente más de uno, obligándome a buscar refugio debajo de la cama.

Otro dirá: ¡Qué estupidez comparar a Grisham con la Tellado!)

Una cuestión como la planteada, obliga a mostrar las cartas con las que se juega y cuáles son los supuestos de los que se parte.

En este caso: ¿Qué es literatura?

Y, obviamente, qué no lo es.

Si nos circunscribimos al mundo de las novelas y nos concentramos en él -y hablando en términos muy generales y simplificadores-, hay quienes suelen dividir a los novelistas en dos grandes facciones:

Los (simples) narradores y los literatos (dentro de los primeros).

¿Es literatura lo que escribió la gran Agatha Christie?

¿Lo es la obra de Arthur Conan Doyle, el creador del inmortal Sherlock Holmes?

¿Es literatura Sin tetas no hay paraíso del colombiano Gustavo Bolívar, libro que solo conozco por el título tan llamativo, agreste y montañoso?

¿Y qué decir de las novelitas hechas de pulpa de papel que pulularon en la primera mitad del siglo pasado, cuando todavía no existía la televisión y eran ellas la televisión (la visión a distancia) de esas épocas, y que se conocían como folletines, feuilletons en Francia, novelas por entregas o como pulps en EEUU?

Si la obra del gran Chandler ya pertenece sin dudas a la Literatura Universal, ¿qué decir de las obras de sus otros compañeros pulposos de la misma laya o ralea, pero no tan famosos ni capaces como un Dashiell Hammett?

Durante mucho tiempo no existió este debate sobre qué es literatura y qué no, debido a que quienes escribían, lo hacían, en primer lugar, porque eran alfabetos: un gran privilegio que ahora nos parece obvio, no enajenable y hasta innato.

En segundo lugar, porque quienes escribían pertenecían a una élite social que tenía los medios materiales, físicos, para escribir.

Además de la tranquilidad económica para hacerlo. O podían vivir de lo que escribían.

Me imagino que con la aparición de la democrática máquina de escribir (tal como ahora ha sucedido con la aparición de la Red y de este fabuloso e incierto medio de expresión llamado bitácora o blog, para los que prefieran los anglicismos innecesarios), es decir, cuando la actividad de escribir empezó a democratizarse, fue cuando también cuando tiene que haber empezado este debate infinito.

(Poco antes, las revoluciones burguesas habían hecho lo suyo y conseguido una de las conquistas democráticas más importantes de la civilización: la alfabetización de las masas.)

¿Quién podría poner o haber puesto en duda, por ejemplo, que El Quijote es una gran obra literaria?

¿O afirmar que la obra de Alejandro Dumas no lo es?

El gran Dumas, quien representa el apogeo y esplendor del folletín o novela por entregas con Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo, llegó a tener setenta y tres colaboradores.

¡Setenta y tres colaboradores!

¿Alguien ha dudado alguna vez de su literatura a pesar de este hecho demostrado?

¿Qué es literatura?

¿Qué no lo es?

¿Basta narrar bien?

¿Tener una buena historia?

¿Profundizar en los temas filosóficos, poetizar la escritura?

¿Caer bien a los críticos?

¿Vender mucho?

NO ES PAÍS PARA VIEJOS

Un viejo sheriff, el alguacil del pueblo, a punto de retirarse. Atormentado por el recuerdo de un traumático incidente de su época como soldado, y que, sin embargo, es capaz de asombrarse de la violencia más o menos gratuita de los tiempos modernos.

Un joven veterano de la guerra, cazador aficionado, que encarna la huida inútil y que no es capaz de escapar de la espiral absurda de violencia que ha agravado su propia codicia monetaria tras hacer un macabro descubrimiento en el desierto.

Un asesino sin escrúpulos, casi robótico y autónomo. La corporización del mal insensato e inexorable de la sociedad usamericana.

De fondo: un asunto maligno entre narcotraficantes, quienes parecen ser los únicos culpables de la marea de violencia que envuelve la novela.

Delante, como la endeble y acartonada escenografía de una película del oeste en la que solo hay fachadas y el resto es hueco o más falso aún, un pueblo de EEUU vecino a la frontera mexicana.

Estos son los elementos de No es país para viejos.

Salvo ellos -los personajes y sus familiares- no parece haber mayor vida real en un par de cientos de kilómetros a la redonda.

Con ellos, McCarthy compone un cuadro desolador de su sociedad y de un par de sus demonios: la violencia más o menos gratuita, la problemática del narcotráfico y sus consecuencias prácticas y morales, el sentido de la vida para los veteranos de guerra.

El sentido de la vida para cualquier ciudadano.

Se trate o no, éste, de un ser marginal: el héroe preferido de este escritor. Un marginal él mismo durante gran parte de su vida.

Su estilo es parco. (Punto. Siguiente línea.)

Su prosa se nutre y se regodea en las más oscuras pasiones y conductas humanas.

McCarthy es lacónico y casi avaro con sus palabras y con sus puntos de vista.

Algo -esto último- que se agradece, viniendo su autor de un país conocido por no poder controlarse como árbitro moral. (Aunque esté torturando con las manos tras la espalda.)

La historia es la descripción de una persecución y de la inutilidad de una huida.

De cualquier huida.

Y McCarthy la canta en contrapunto con las palabras del alguacil, de sus impresiones, sus recuerdos, sus opiniones y perspectivas.

Si no fuera por esos capítulos intermedios y alternados a modo documental, de lo que suena como un monólogo o confesión del alguacil, la novela bien se podría leer como un road movie algo reticente y moroso, una película de las llamadas de carretera, pero encuadrada en el género negro.

¿Por qué no decir, directamente, en la sección hemorrágica de ese género, por más que esto sea una exageración y un mal favor que se le hace al libro?

Empero, ese es el potencial que le debieron ver los hermanos Coen al comprar los derechos para hacer de No es país para viejos una película que barrió con cuatro premios Oscar.

Desconozco la versión original en inglés tanto como el filme aludido.

Es el primer libro completo (sólo conocía el comienzo de La carretera) que leo de este autor usamericano, quien sufrió durante décadas la incomprensión y el desprecio de la crítica de su país, pero que últimamente ha sido comparado con Faulkner y Melville.

Como suelo no dejarme llevar por las modas en la literatura -juego peligroso donde los haya-, no quise leer a este autor en las versiones alemanas que abundan por aquí.

No Country for Old Men fue publicada en el 2005, pero -por lo que deja traslucir la trama- bien puede tratarse de una obra escrita allá a finales de los 70 y que recién su autor se ha decidido a desempolvar.

¿Por qué no podía esperarme, entonces, lo mío, para descubrirlo?

Para muchos, no era literatura, pues, lo que escribía este extraño escritor, de quien se dice que vivió durante muchos años casi a salto de mata recorriendo su país en una vieja y destartalada camioneta, interesado y concentrado solo en seguir escribiendo y pernoctando en moteles de ínfima categoría.

Cormac McCarthy es una de las personas que consideran que no es posible vivir en armonía por más que nos esforcemos y que tal quimera, como idea, es algo peligroso. Tal vez sea su literatura el testimonio mudo de esta convicción que da mucho para pensar.

Lo dice en una de sus dos únicas entrevistas:

“I think the notion that the species can be improved in some way, that everyone could live in harmony, is a really dangerous idea. Those who are afflicted with this notion are the first ones to give up their souls, their freedom. Your desire that it be that way will enslave you and make your life vacuous.”

Una cosa más está clara.

McCarthy muestra una clara inclinación por las entrañas humanas y su disección.

Pero su mirada no es la del médico forense, sino más bien la del fotógrafo no invitado a la autopsia y que no puede dejar de meter su cuchara, su propia mirada, en la sopa humana.

Su estilo, como a regañadientes, es el que me hizo posible que no dejara -decepcionado- a un lado este libro que despierta casi inmediatamente sentimientos encontrados.

He agradecido su capacidad para crear intensas atmósferas, cargadas de su verbo tan cáustico, como nubes preñadas de porquería a las que les agradecemos que sólo sean palabras: literatura, en fin.

Me leí la novela de un sopetón.

Se dice que su estilo es difícil en lo formal porque -por ejemplo- sus diálogos no son esporádicamente reconocibles y muchas veces, por eso, no se sabe quién está hablando.

A mí me sucedió el efecto casi contrario.

La ausencia de signos ortográficos para delimitar los diálogos –sea con comillas o con guiones- aumentó un factor indeterminado en la dinámica de la narración.

De tal manera que debía estar especialmente atento cada vez que se suponía la aparición de un diálogo, aumentando así la tensión en la lectura, que es lo mejor que tiene –según mi opinión- esta novela.

Una tensión que es como una pistola muy especial y con silenciador. (Leer el libro.)

EL LIBRO Y LA PELÍCULA

Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) es un autor de moda. Pero que bien pudo pasar al olvido, desapercibido para la historia.

Tenemos que alabarle su entrega y su empeño en su oficio, en una época en la que sólo parece reconocerse lo multitudinario y lo que vende (mucho).

De él se sabe que no le gusta hablar de sus libros ni de su persona y que sólo ha concedido dos entrevistas en su vida.

También que su biblioteca consta de 7.000 libros y que una vez se negó a asistir a un banquete que el Herald Post, el diario principal de El Paso, donde vivía, hacía en su honor.

También se dice que vivió bajo una torre de perforación petrolífera y que llevó la vida de un vagabundo en su juventud.

Su segunda esposa, Annie DeLisle, ha contado que vivieron ocho años en una pobreza casi absoluta, teniendo que bañarse en un lago vecino. Y que si alguien se hubiera aparecido ofreciéndole dinero para que dictara una conferencia sobre sus libros en alguna universidad, él le habría respondido que todo lo que tenía que decir estaba en alguna de sus páginas.

Cuando compré su novela, me encontraba en territorio español y la película de los hermanos Ethan y Joel Coen todavía estaba en cartelera.

Al terminar de leerla, me pregunté si sería sensato ver la adaptación cinematográfica de la novela inmediatamente después de su lectura.

Recordé la pésima impresión que me había causado muchos años atrás leer a Kundera –La insoportable levedad del ser- y pasar luego a ver la decepcionante versión cinematográfica de su novela.

(Este es un gran tema aparte, el de las adaptaciones.)

Tal vez si me hubieran puesto el cine delante, el boleto de entrada en la mano y una simpática persona rogándome que ingresara a la función, habría visto la película.

Me gustan las buenas historias.

Las historias bien contadas.

Y en este punto, el cine tiene su propio lenguaje que sabe hacerte víctima y presa de él, tanto como, quien sube a una montaña rusa, sabe que será imposible quedarse impávido frente al vértigo.

Hollywood -sus Coen-, el cine usamericano, en general, domina estos resortes.

Cormac McCarthy los domina a su manera parca y feroz.

Casi avariciosa.

Y hay que ser muy malo consigo mismo para no rendirse ante determinadas magias.

….

HjorgeV 14-08-2008

….

NOTA IMPORTANTE: Por esas cosas que tiene esta gran ficción llamada Vida (a propósito de qué es literatura y qué no), antes de empezar a escribir esta entrada, no conocía la cita de McCarthy que incluyo arriba a la derecha y que repito aquí, ya traducida, porque pronto la retiraré, y que recién descubrí al leer la entrevista que aparece más abajo:

“No los entiendo [a Proust, a Henry James]. Para mí, eso no es literatura. Muchos escritorios considerados buenos, yo los considero extraños.”

ENTREVISTA A CORMAC McCARTHY

http://viajeroaitaca.blogspot.com/2007/06/entrevista-cormac-mccarthy.html

FOTOGRAFÍA: JIM HERRINGTON

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