JOHN BANVILLE: POBRES Y FELICES ESPONJAS

EL MAR

Mi libro está marcado en la página 76 y entre sus páginas hay granos de arena.

No se trata de ningún aviso publicitario.

Comencé a leer El mar junto al mar, precisamente, en una isla española, sin ser consciente de esa coincidencia.

Recién ahora me doy cuenta de ello.

Tal era la capacidad de abstracción que te podía imbuir este libro (Anagrama, 224 páginas, 14,25 euros) que tengo entre mis manos y que parece rechinar por la presencia de los granos mencionados al pasar sus páginas.

Estoy refiriéndome a la versión en castellano, que, obviamente, es -tiene que ser- otro libro, diferente del original, The Sea, aparecido el 2005.

(La traducción –de Damián Alou- es correcta, pero menudo trabajo tiene que haberle costado.

Sigo extrañando la presencia de por lo menos tres personas en las traducciones: una concentrada sólo en el trasvase desde la lengua original y ayudada por una segunda persona, un nativo; y una tercera sólo comprometida en encauzar el resultado hacia la versión que se desea o pretende.

De nada vale un buen traductor si no tiene claro para quién se está traduciendo. Lo digo especialmente refiriéndome al ámbito español -de España-, tan dado a los tacos y groserías y a creer que las palabrotas que se emplean hoy serán eternas, pasando por alto ingenuamente que mañana nos harán reír, echando a perder la traducción entonces.)

Hay libros que se pueden terminar de una sola tacada, si las circunstancias lo permiten.

Tal es su poder de persuasión o el interés que pueden despertar.

Pero no son los mejores.

Los verdaderamente valiosos son aquellos por los que uno podría dejar todo lo demás que está haciendo para poder terminarlos de leer, concentrados en su lectura.

De entre ellos, los mejores de los más valiosos, hay ejemplares que -gran paradoja- trato de no terminar enseguida.

Los podría terminar de una sola lectura, sí, pero, en cambio, hago lo que hice con este libro de Banville.

Me obligué a dejar El mar a un lado en la página mencionada.

Junto al mar, dejé El mar para que supiera esperarme.

Noté enseguida que, sencillamente, pertenecía a otra categoría y que tenía que ir con cuidado.

Iba a ser una pena terminarlo de un porrazo sin haber saboreado su contenido página por página (poco más de 200), poro a poro de la superficie del papel utilizado.

Su poder de fascinación es tal, que una lectura corrida de verano habría sido una tonta herejía con esta obra, la decimoctava novela de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945).

Me sucede con pocas novelas, porque, ¿se imaginan qué difícil tiene que ser poder decir “Basta” a algo verdaderamente bueno? ¿O decir “Espérate” a la felicidad?

Con otros libros no lo he conseguido. Pero El mar se presta perfectamente para este ejercicio que tiene mucho de masoquismo literario.

La idea es leerlo con calma necia, como quien saborea un vino añejo y supuestamente valioso.

(He probado vinos supuestamente buenos por su antigüedad y he llegado a expulsarlos violentamente de mi boca.)

O como quien saborea un fruto de esos que se deshacen en el paladar y despiertan, a la vez que terminaciones nerviosas que apenas usamos, una serie de recuerdos y posibilidades saporíferas tal vez inexistentes.

Con la obra de Cormac McCarthy -comentada aquí en una entrada anterior-, los críticos de su país se demoraron en calificarla de literatura, para, no mucho después, llegada la fama, apresurarse a compararlo con casi todos (!) los demás grandes escritores usamericanos.

Con Banville, en cambio, sospecho que no ha debido existir ninguna duda desde un comienzo.

Su escritura es la quintaesencia del término literatura.

El regodeo en las posibilidades expresivas del lenguaje humano.

La Academia apunta el significado de ‘regodearse’ como ‘deleitarse o complacerse en lo que gusta o se goza, deteniéndose en ello’.

Pocas veces ha mostrado tanta certeza esa misógina institución.

El mar es un placer asegurado como producto cultural.

Como lo puede ser la visita a un restaurante cinco estrellas (nunca he estado en ninguno) o una expedición al pasado.

Su prosa intimista, segura del entramado que va urdiendo, repasa los acontecimientos y descripciones como una aguja que recién en la doble puntada, en el refuerzo, encuentra el rumbo y la seguridad que necesita para seguir y guiarnos.

Tal vez, como quien retrasa un orgasmo masculino y vuelve una y otra vez a ese punto de partida que se desplaza acercándose a la meta, Banville vuelve a los días y a las experiencias de las vacaciones veraniegas de su niñez, refugiándose del dolor presente en el pasado.

Con El mar ganó el Premio Booker del 2005.

La novela tiene una historia (que yo aún no he terminado), pero este irlandés, radicado en Dublín, se pasea por entre las palabras y las líneas con una comodidad que hace dudar al lector sobre si verdaderamente desea llegar al final de la trama.

Un hombre mayor, que ha perdido a su esposa, víctima de una enfermedad incurable, vuelve al discreto balneario marino que frecuentaba de niño con sus padres.

Esta vez lo hace con su hija, ya una joven mujer, a la cual le une una especial relación de cariño y distancia en similares medidas. En esta joven reconoce, atormentado, ciertos rasgos de su esposa, tanto negativos como positivos, así como de su relación matrimonial.

Banville te atrae a la orilla de su mar verbal y cuando menos te das cuenta, ya estás metido hasta la barbilla y eres arrastrado a las profundidades por su corriente narrativa, que te regresa una y otra vez a salvo a la orilla de la playa, dispuesto, uno, a emprender la siguiente inmersión en esa masa informe y salada que cubre la mayor parte de nuestro planeta.

El mar como metáfora de la vida.

Las vacaciones infantiles como metáfora de la isla en la que nos salvamos de nuestro naufragio.

El verano como la celebración de la iniciación al amor y el final de la infancia.

Banville, su personaje -el historiador de arte Max Morden que se ha retirado a ese lugar de veraneo a escribir-, no lamenta la vida, por más que no haga otra cosa que exponernos una y otra vez su tormento como una herida abierta, sangrante y vergonzosa.

Pero lo hace con un sutil sarcasmo.

Algo que se agradece.

Es más, parece celebrar la irremediabilidad de las cosas y los sucesos.

La literatura tomada como tabla de salvación en el mar inconmensurable de la nada que es, nos guste o no, la vida.

No he terminado la novela porque la aparté de la veintena de libros que adquirí en España para poder gozarla página por página, lejos del trasiego veraniego.

La leeré. La terminaré y luego la dejaré en algún lugar especial hasta que le vuelva a tocar su renovado turno.

Sé que pertenecerá a ese conjunto de libros que pueden servirle a uno de compañía toda una vida.

El mar me ha hecho recordar esos veranos de mi niñez, que eran casi literalmente como el agua que llegaba a la orilla con las olas y se iba sin compasión, después de mojarla.

Pero siempre había algo de ese líquido -representante del conjunto mayor, el mar- que quedaba absorbido por la arena de la playa.

Irremediablemente.

Así éramos nosotros, pobres y felices esponjas infantiles de lo que nos acontecía.

…$.

HjorgeV 20-08-2008

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