CARNAVAL DE COLONIA (narración)

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Colonia, piensa y cierra los ojos. Estás cansado, piensa. De varias maneras. En una de ellas, el sudor sigue brotando por los poros de su cuerpo, a pesar de que ya está desnudo, con un pie apoyado sobre la bañera, que él llama tina, porque viene del Perú. Llama carro al automóvil y no coche. Cosas que te valen bien poco en este país, piensa.

Colonia, su carnaval, vuelve a pensar. Siempre es como terminar en una fiesta estridente y llena de gente borracha y desconocida, sin haber bebido una sola copa. Cuando, en verdad, todo lo que querías hacer, era leer a solas y en silencio un buen libro.

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Abre y cierra los ojos, procura concentrarse en lo que hace. ¿Cuáles son las otras maneras en las que estás cansado? Piensa y llega a varias conclusiones, mientras le da al cortaúñas y las paredes se empiezan a cubrir con una lámina de vapor de la cual parecen brotar lágrimas. Es como tu cuerpo. Pero las paredes no sienten. O eso te crees, piensa.

Ahora que ha dejado el bullicioso centro de la ciudad, ha recorrido el trayecto de media hora en su automóvil, se ha puesto los atuendos para su trote diario (los ha dejado esta mañana colgados detrás de la puerta de su pequeña casa, en la repisa donde lo esperan muchas cosas como duplicados de llaves, listas de compras y tareas, fechas importantes y anotaciones e ideas: es un hombre olvidadizo y distraído, necesita planear sus pasos para que lo lleven adonde realmente quiere), piensa.

Ahora que has pasado por la casa de tus vecinos, los Ernest, para recoger a su perro. Ahora que has corrido ganándole otra vez a los árboles de los campos, te has ha despojado de tu ropa ya empapada y te aprestas a entrar en la bañera. Ahora, que estás a punto de darse un baño caliente y reparador, te pones a pensar que el hombre es un animal reincidente. Y el único al que le gusta dar consejos.

Reincidente, sobre todo.

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Viene de haber trabajado todo el día. Se ha levantado a las cinco y media, como siempre, y ha estado todo el bendito día rodeado de payasos urbanos, condes Drácula, mariquitas, rubias con tetas gigantescas de goma plástica, mujeres con la ovulación, mujeres con la menstruación, hombres con niveles de adrenalina y testorena como para competir en unas olimpiadas, hombres con simple sed, amigables y brutos, más gente sedienta de la bebida color orina, brujas, jorobados y más payasos. De eso no estás cansado, piensa.

Trabajar no le cansa. Lo que le cansa es la gente que no se cansa de buscar un pretexto para poder litigar o para ponerle mala cara al día. A cada una de las horas del día.

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Después de bañarse se sienta en su escritorio y enciende su portátil. Mecánicamente, revisa su buzón postal electrónico y su agenda. Por un momento, se queda paralizado. Sabe lo que le espera en la lista de tareas del día. Lo acaba de recordar. La cita importantísima que recordamos cuando ya es irremediablemente demasiado tarde y solo el suicidio nos parece la solución más sensata. ¡Puffff!, exclamas.

Como quien es observado por alguien invisible o por alguna cámara oculta, hace como si no hubiera ocurrido nada y empieza a revisar las noticias del día. Se levanta y se sirve una copa de vino.

Normalmente prefiere una cerveza bien helada. Hoy ha sobrevivido al carnaval y la copa de tinto es una forma de celebración. Ha empezado a detestar el simple color de la cerveza. Siempre es así cuando llega el carnaval, te dices.

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Cuando está por terminarse la botella, ha respondido a todos sus emilios, ha revisado más diarios y más noticias del día. Cuando ya ha visitado las bitácoras de costumbre y pendejeado paseándose por páginas poco inocentes de la red, y se siente cansado. Después de haber hecho todo eso y acabado de cerrar todas las ventanas que mantenía abiertas en su pantalla, recién entonces revisa finalmente su agenda. Uffff, haces. Te ha costado.

Lo hace entre triste y acostumbrado. Desarmado, inerme, sin defensas. Sabe lo que le espera. Sabe lo que leerá. Es más o menos lo mismo de los últimos años. Por lo menos esta vez, se dice, no vas a borrar la tarea no cumplida. Que te dé una bofetada en el rostro leerla. Que te sientas como un excremento inútil hasta como abono ecológico.

No sabe si es por el vino o porque ha tenido la sensación de haberle ganado un día más a la batalla de la vida –de su vida- y eso debería ser razón suficiente como para alegrarse, ya no se siente tan desanimado. Empiezan las justificaciones, tu lucha interna, se dice. Juegas de local, por eso siempre ganas, te repites. Quieres reír, pero no lo consigues. Te burlas de ti mismo, piensa.

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Duda un momento, luego se entristece aún más, dejando pasar la ola positiva. Ya le falta poco para revisar la tarea que ha escrito como la más urgente del día en su agenda.

La soledad, constata, ayuda poco en estos casos. Lo agrava todo. Qué diablos, se dice, mañana será otro día y podrás pensártelo otra vez. Por un prurito de fisgón lee lo que ha escrito esa misma mañana en su agenda (lo ha hecho rodeando la frase con signos de interrogación para disimular ¿qué?) y que ya no se puede tomar en serio porque lo peor del día ya ha pasado y el vino y el baño caliente lo han ayudado a olvidar cosas más urgentes, como su catastrófica vida sentimental, su incapacidad para organizarse de alguna manera sensata y para planear su futuro en su segunda patria. Para planear cualquier cosa en tu vida, se dice.

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“¿Piensas soportar un carnaval más en Colonia?” es el mensaje que borra rápidamente de la lista de tareas urgentes de su agenda, con un movimiento certero a pesar de los tragos, como el corte de bisturí que le haces al intruso que ha osado ocupar tu asiento en la última nave de escape del planeta Tierra (ha soñado que solo los que van sentados sobreviven al vuelo), antes de lanzarte cansado a dormir y mandar todo, simplemente, al carajo, al confuso espacio infinito en que se ha convertido tu cabeza embriagada y giratoria.

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HjorgeV 07-05, 29-08-2008

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Un comentario sobre “CARNAVAL DE COLONIA (narración)

  1. Tus palabras me han hecho reflexionar por sobre el planear y el vivir. No sé si somos tan libres realmente de poder planear algo y que resulte como si lo pudiésemos controlar todo. No sé si más fácil es pensar con confianza que existe el buen destino propio del entregarse a vivir. No sé si así fuera la vida un carnaval permanente no de desenfreno, alcohol e irresponsabilidad, sino un carnaval de relajada y confiada responsabilidad. Saludos Jorge y un abrazo desde Lima.

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