AL RESCATE DE UN VIEJO AMOR

Un amigo me cuenta que en un viaje de placer se ha reencontrado con un viejo amor.

Le escribí que puede ser terrible.

-Me he vuelto a enamorar de la misma chica después de tiempo sin vernos -me contestó-. La hemos pasado increíble en W.

-Algo de eso me imaginaba –le repliqué, porque le había enviado un manuscrito y no me había devuelto el comentario habitual.

-Emocionalmente estoy hecho papilla. No sé qué hacer -me confesó.

Lo viví alguna vez en carne propia.

Eso de –para decirlo en lenguaje corintelládico– ser ‘presa de las brasas de un amor que se creía ya convertido en solo cenizas’.

Mi caso fue aparatoso, porque cuando volví a ver a mi perdido amor que yo mismo había rechazado, éste ya se encontraba en una nueva relación, satisfactoria, según afirmaba.

Y sólo me dejó como posibilidad el papel de amante.

El caso de mi amigo me impactó, porque recordé ese rescate de emociones pasadas, de sentimientos que se vuelven a vivir y que se han mantenido en una especie de cajón temporal o en algo parecido a una hibernación.

La vida le estaba dando ahora a él la oportunidad de revivirlo todo desde una nueva perspectiva.

Una perspectiva más tranquila, más madura, de alguien que se siente más seguro de sí mismo ahora.

En mi caso particular, esta máscara de seguridad se cayó por completo después de un par de encuentros y me fui –emocionalmente, como mi amigo- simplemente al carajo.

Qué madurez, qué seguridad ni ocho cuartos, yo lo que quería era recuperar a mi antiguo amor sin que me importara si el mundo se caía mientras tanto.

No fue posible.

Felizmente, me imagino.

Pero volvamos a mi amigo.

-Sin querer ni proponértelo -le escribí- te has metido en una telenovela.

Le di un consejo:

No pidas consejos.

Acepta el desafío de vivir tus sentimientos y emociones con todas sus contradicciones y profundidades. Y dale tiempo al tiempo.

De pronto, me detuve.

Me di cuenta de que en verdad, no le estaba dando ningún carajo consejo a mi amigo.

Me estaba hablando a mí mismo.

Al jovencito de 18 ó 19 años que se había vuelto a enamorar de la persona que había despreciado y se había jurado nunca más volver a ver.

Al post-adolescente que no podía entender cómo ella, diciéndose feliz en su nueva relación, lo podía mantener ahora como amante.

No olvides, continué diciéndole a mi amigo (es decir, a mí mismo en el pasado), que lo que ayer nos movía y nos conmovía hasta las lágrimas puede dejarnos fríos en el futuro, en una nueva situación u oportunidad.

-Creo que mientras tengas claras tus cosas y tus metas -continué-, entonces este tipo de situaciones solo pueden enriquecerte.

A mí no me enriquecieron, por lo menos no inmediatamente.

Me causaron una depresión tan profunda que estuve a punto de querer despedirme de este mundo.

(Notar que no he dicho que estuve “a punto de despedirme” sino, “a punto de querer despedirme”, que es un par de escalones más abajo, como bien se sabe.)

Le insistí que, por otra parte, si no tenía claras las cosas, entonces estaba jodido porque eso podía causarle toda una conmoción mental.

No sabría ni dónde estaba parado ni adónde quería ir a parar.

Cumpliendo mi rol de consejero cardíaco no solicitado, concluí que en eso también podría estar lo bueno.

-La experiencia te puede servir para hacer una revisión completa de tu persona –le escribí-. Para reencontrarte. Tal vez mi único consejo, o advertencia más bien: no tomar decisiones sobre las cuales no tenemos ningún poder de control futuro. Sinceramente, con todo lo que sabemos, no me explico cómo la gente se puede seguir jurando amor eterno sabiendo que no está en nuestras manos decidirlo.

Le aclaré que se lo decía, porque si estuviera en nuestras manos controlar nuestros sentimientos, entonces estos no serían verdaderos ni naturales.

Habían sido las palabras que yo mismo me tendría que haber dicho en ese opaco y húmedo invierno limeño.

En ese invierno en el que llegué a creer que la vida sin ese amor no tenía más sentido.

-Sé sincero también en la duda -le dije al final.

.…$.

HjorgeV 16-09-2008

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