LEYENDO Y ESCRIBIENDO EL PENSAMIENTO

Por lo que aseguran algunos científicos, alguna vez será posible leer el pensamiento y controlar el comportamiento.

Los investigadores ya han localizado las zonas cerebrales responsables de determinados comportamientos y predicen poder manipular estos alguna vez.

No sé si es para alegrarse, sólo asombrarse o ponerse a temblar.

Conmigo ni se metan, por favor, advierto desde ahora, porque mi cerebro es un caos viviente.

Repleto de ideas deformes y que se van deformando aún más a cada momento, repleto de música y voces de una radio intermitente que cambia constantemente de estación; lleno de discursos descompuestos y divagantes, de impresiones, recuerdos, saltos y fallas de la memoria; de más ruido, más confusión y más caos.

Para empezar, el que quisiera leer mis pensamientos, tendría que tener claro que ni yo mismo sé lo que pienso y que considero mi mente dispersa, distraída, nebulosa, confusa y vaga.

No siempre –claro- es así, pero sí la mayor parte del tiempo.

Días completos me he sorprendido sin poder focalizar mi atención en nada concreto. Gasto una cantidad increíble de energía tratando de poner cierto orden en mis pensamientos, sin conseguirlo.

Siempre estoy abriendo y manteniendo en mi mente –tal como hago en la computadora-, demasiadas ventanas a la vez que después no puedo seguir ni controlar.

Mantener una conversación se vuelve algo insoportable así para mi interlocutor, porque siempre me estoy yendo por las ramas; pero no para escaparme de ningún tema, sino justamente para evitar que alguno se me pueda escapar por descuido.

El consuelo es que por lo menos mi portátil se puede apagar y cerrar por la noche.

A veces, para luchar contra el desorden y el caos y contra el crecimiento desmesurado de ambos, me conmino a ordenar el mundo material más próximo que me rodea.

Mi escritorio, sus cajones, los libros, cuadernos y diarios que se van amontonando. Los ordeno y limpio, pedantemente.

Mi esposa se queda observándome. Al final, no me dice nada. Me respeta. Es decir, sabe que no estoy bien de la cabeza, pero debe pensar que algo así me puede ayudar y lo acepta.

Los diarios, después de leídos, por lo menos los puedo tirar a la basura sin mayor remordimiento.

Pero, ¿qué hago conmigo?

De vez en cuando, me decido y empiezo a deshacerme de libros que sé que nunca más volveré a leer. Pero apenas lo puedo soportar, porque de alguna manera considero que tirar un libro a la basura es un acto detestable por más detestable que el mismo contenido del libro pueda ser.

A un amigo de este país y de esta ciudad, dueño de una empresa del mundo de la televisión y que dirige unos cincuenta empleados, le gusta presumir que él mismo se ocupa de la limpieza de su departamento.

-No sabes la satisfacción que siento después de un par de horas de darle al trapo, a la escoba y a la aspiradora –me ha repetido varias veces-. Es uno de los pocos trabajos en los que puedes ver los resultados inmediatamente.

Personalmente, escribiendo consigo cierto orden.

Alguna vez empecé a agradecer a las nuevas tecnologías porque ahora puedo mantener todas mis cosas archivadas y ordenadas de tal manera que es fácil reconocerlas y acceder a ellas.

Una parte de ellas, las puedo -incluso- publicar inmediatamente en esta bitácora.

Es una especie de lujo para mí, porque se trata de una liberación, de una válvula de escape mental. Una responsabilidad de menos que me produce cierto alivio.

Pero la proliferación –la multiplicación abundante- es algo que no puedo detener.

Un cuento se puede convertir en una novela, actualmente una novela se me ha dividido en dos y la unión de estas dos últimas partes amenaza en convertirse en una tercera, independiente de sus progenitoras.

Todo esto, sin contar con que los personajes no sólo han adquirido una vida propia, sino que también tienen ahora sus propias opiniones y teorías de cómo deben seguir sus historias.

O lo que nació aparentemente como un texto poético en mi mente termina convirtiéndose en un objeto sorprendente, pero por esperpéntico.

Aparte de que no sé de dónde sacar tiempo para terminar todo lo empezado.

Abro mis carreteras en la selva y al poco tiempo la vegetación ha crecido y las ha cubierto. Pierdo la orientación entonces y tengo que volver a poner orden en la nueva maleza. Para obtener una visión de conjunto me elevo mentalmente hacia el cielo y veo allá abajo una maraña absurda de caminos, carreteras, pasos, puentes, trochas y senderos incompletos y desatinados.

Todos a medio empezar, todos a medio acabar, como se debe ver desde el aire el trabajo de un grupo de arqueólogos pescados en medio de su tarea de desenterrar una ciudad perdida en la selva más profunda.

Para luchar contra el desorden, la proliferación y el caos suelo aferrarme a la música, a sus estructuras. Con suerte, termino integrándome a/en ellas y, conociéndolas, aprendiéndomelas de memoria, puedo llegar a creer que formo parte de un mundo ordenado y estable. Seguro.

Escuchando una determinada pieza musical, repasando una y otra vez su orquestación, todas sus melodías, sus guiños y sus recorridos, llego a conseguir cierta paz espiritual.

Pero ayer me di cuenta de que ya llevo ¡varias semanas! escuchando el mismo disco en mi camioneta, que es por ahora el único lugar donde puedo escuchar música sin molestar ni ser molestado.

(Como detesto manejar o conducir, he descubierto que integrando ese quehacer al discurrir musical, puedo soportarlo. Una vez me hice el trayecto Barcelona-Colonia de un tirón escuchando una y otra vez el mismo disco de Eva Ayllón, Ritmo y color. Y el tiempo se pasó literalmente volando.)

Por lo menos ahora conozco más canciones de memoria y me puedo unir a ellas pasando a formar parte de un mundo ordenado y definido, cerrado.

(Tal vez es así -como he leído en el mismo artículo-, porque la función de cantar está en el lóbulo derecho del cerebro y la de hablar en el izquierdo, y aunque éste esté bloqueado y ni siquiera puedas articular una sola palabra, puedes hacerlo cantando.)

Una vez, hace muchos años, no lo pude soportar más, tomé valor y me fui a ver a una psiquiatra.

Después de pasar por la terrorífica escena de esperar en la sala -justamente- de espera (todos nos mirábamos tratando de discernir cuál era el más loco o peligroso de nosotros) la mujer me miró, me observó varios minutos, me hizo preguntas.

Le dije que a veces no soportaba ese estado de permanente electrocutación que se asentaba en mi cabeza.

Me dijo que no debía preocuparme, que hiciera un poco de ejercicio físico. Estaba aparentemente sano.

Así, redescubrí el fútbol.

Es decir, más caos, más desorden, más proliferación: más entropía, que, como se sabe, es, en Física, la medida del desorden de un sistema.

Pero conseguí y sigo consiguiendo cierta paz dándole al balón.

La misma paz espiritual o tranquilidad mental que he podido conseguir pintando, también.

Si es que pintar se puede llamar al simple ejercicio infantil de mezclar colores con formas durante horas y horas, para, al final, rendido pero contento, tener una única certeza: siempre termino ensuciando mi ropa.

¿Pero cómo conseguir con cuatro hijos todavía pequeños la tranquilidad –para ya no hablar de la posibilidad de robar una habitación o una esquina idónea- necesaria para hacerlo?

¿Cómo concentrarse?

No me quejo.

Mis hijos son mi combustible y en más de una manera, mi razón de ser.

Y, creo que he conseguido dominar sus inminentes interrupciones de mi concentración, madrugando para poder escribir.

Para poder aprovechar esas horas en las que puedo hacer como un hombre soltero, más o menos lo que se me venga en gana en casa.

Después amanece y vuelvo a ser irremediablemente el mismo.

Esta es la hora (van a ser las seis y media de la mañana) en que vuelvo a ser el caótico y desconcentrado de siempre.

El que depende de otras personas para poder concentrarse en algo concreto.

Llega el turno de las noticias del día, de leer los emilios, mejor dicho, el cúmulo de mensajes electrónicos que te hacen recordar que tiene que haber millones de personas con disfunciones sexuales por todo el mundo y que tiene que haber otro par de millones de ellas tratando de ganarse la vida con eso.

Ahora suena el despertador de uno de mis cuatro hijos, el de la habitación contigua.

Luego entrará a saludarme y veremos juntos en la Red cómo será el tiempo de hoy. (Atisbamos hielo en los techos de las casas vecinas. Hemos leído que hay apenas 1°C en Colonia pero el mercurio de los termómetros subirá hasta los 16 grados hacia el mediodía.)

Luego vendrá la discusión sobre si se debe poner una chaqueta o no.

Con sus siete años, se ha convertido en un especialista en convencernos de que el frío es algo que solo llevamos en la mente.

Una de mis hijas, la mayor de 13, está en Inglaterra en el marco de un intercambio escolar y anoche me dijo al teléfono:

-Tienen que llamarme todos los días para poder sobrevivir. ¡Me aburro, mapi!

-¿Sobrevivir? -le pregunté, intentando no mostrar mi preocupación, sin conseguirlo.

-¡La chica anfitriona no habla nada! Le hago veinte mil preguntas y responde solo con un sí o un no. Y esto si no atina a mover solamente la cabeza.

-Muéstrale verdadero interés. Y ten paciencia. No todos sueltan así nomás sus cosas –traté de aconsejarle.

(Esta noche la llamaremos, como hemos quedado, para que pueda ‘sobrevivir’. Quiere hablar con todos ha dicho expresamente. Es algo nuevo. Que me alegra, aunque sé que es solo para no aburrirse.)

Ahora escucho que nuestra otra hija se despide al salir rumbo al colegio, mencionando que se ha olvidado de desayunar (qué detallito, me digo). Y luego que el más pequeño de tres años reclama que su madre lo saque (“en persona”) de su cama. Es decir, que yo, su padre, no me atreva a intentarlo.

¿Sobrevivir?, he pensado, de paso.

Creo que para hacerlo, escribo.

…$.

HjorgeV 19-09-2008

EVA AYLLÓN: SACA LA MANO (festejo afroperuano)

…$.

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Un comentario sobre “LEYENDO Y ESCRIBIENDO EL PENSAMIENTO

  1. Hola Jorge :

    Espero se encuentre usted muy bien.
    Me pasa exactamente lo mismo que a usted, lo cual para su consuelo eso más o menos indica que existimos varios que no estamos muy bien de la cabeza.
    Pienso que cada quién sobrevive a su manera, unos leyendo, otros escribiendo, otros cantando, etc., etc., pero esta vida es eso exactamente, sobrevivir.

    Reciba un gran abrazo desde acá de México.

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