¿A QUIÉN LE DAMOS EL NOBEL DE LITERATURA?

Antes de morir en 1896, Alfred Nobel, quien había instituido los premios que llevan su nombre para limpiar un cargo de conciencia y perennizar su apellido, dejó estipulado en su testamento que una parte de lo que quedaba de su fortuna se debía destinar a premiar cada año a “la persona que haya producido la obra más sobresaliente de tendencia idealista dentro del campo de la literatura”.

¿Por qué son los Premios Nobel, especialmente los de literatura año tras año, tan controvertidos?

¿Por qué no?, podría ser una primera contrapregunta a formular.

Esa ‘tendencia idealista’ o ‘sentido ideal’ de la obra a premiar que exigía Alfred Nobel en su testamento no le ha facilitado las cosas a ninguno de los miembros de la Academia sueca desde la primera ceremonia de entrega en 1901. ¿Quién ha leído a, o puede reconocer hoy el nombre de Sully Prudhomme, el primer premiado?

Al contrario.

Si ya es difícil determinar quién es el ‘mejor’ escritor o quién ha escrito la ‘mejor’ obra (y esto sin querer entrecomillar la palabra obra), aquello de ‘ideal’, obviamente, complica las cosas.

Pero, a la vez, libera a los miembros del jurado, idealizando sus responsabilidades y criterios.

Ha sido esa máscara de idealidad la que les ha permitido ignorar a Borges, Whitman y Tolstoi, al noruego Henrik Ibsen y a los franceses Émile Zola y Paul Valéry, al dublinés James Joyce y a la londinense Virginia Woolf.

Igual indiferencia nobélica sufrieron el alemán Bertolt Brecht, el inglés Graham Greene, el ucraniano nacionalizado británico Joseph Conrad, el ruso nacionalizado usamericano Vladimir Nabokov o el mismo nicaragüense Rubén Darío, fallecido en 1916, cuando el premio ya se había entregado quince veces.

Y esto para nombrar sólo a unos cuantos célebres olvidados.

Por esa misma ‘idealidad’ –por ejemplo- debieron inclinarse por la obra de un gran desconocido como el bizantino (¿estambulita?, ¿estambuleño?) Orhan Pamuk, curiosamente, justo en el momento en que se discutía vehementemente el ingreso de Turquía a la Unión Europea.

Personalmente no entiendo por qué no lo recibieron Cortázar ni el gran Raymond Chandler, aunque debo reconocer que en el periodo 1941-1950 hicieron su mejor trabajo.

Bueno, la guerra puso su grano de arena para facilitárselo, porque se suspendió su entrega de 1940 a 1943 debido a ella.

Pero, luego, dejando a un lado el Nobel de 1944, conferido al famosísimo, difundidísimo, popularísimo y muy conocido en su pueblo Farso, Johannes Vilhelm Jensen del vecino país de Dinamarca (¿quién diablos es Jensen?), la lista siguiente es impresionante:

1945: Gabriela Mistral, chilena.

1946: Hermann Hesse, alemán nacionalizado suizo.

1947: André Gide, francés.

1948: T. S. Eliot, usamericano nacionalizado británico.

1949: William Faulkner, usamericano.

1950: Bertrand Russell, británico nacido en Gales.

Salvo este segmento, y tal vez el correspondiente a 1951-60, el resto es un continuo sube y baja, por ratos absurdo, ininteligible, sorprendente a veces o simplemente anodino, otras.

Por otra parte, como este premio exige la decisión de un jurado, es lógico que cada uno defienda sus particulares puntos de vista y que estos no coincidan necesariamente con los nuestros.

¿Quién estaría de acuerdo con mi Premio Nobel para Manuel Scorza (Lima, 1928-Madrid, 1983), el escritor que más me ha hecho reír, pensar y sentir leyendo, comprender el drama y la épica, y tal vez uno de los que más me ha enseñado en esto de poner una palabra tras la otra?

¿Y qué decir del caso de Knut Ahnlund, el sueco que renunció a la Academia, rompió por primera vez el silencio obligado a sus miembros y descalificó a la Nobel del 2004, la austríaca Elfriede Jelinek (¿quién la conoce?), alegando, además, que su elección había desprestigiado al premio?

Ahnlund no se quedó corto y llegó a afirmar que sus compañeros sólo habían leído un ‘trocito’ de las obras de Jelinek. ¿Su particular juicio sobre la obra de la austríaca? Pornógrafa, pobre, parasitaria e unidireccional. Hay que leerlo.

(¿Alguien se llegó a creer, por lo demás, que los miembros del jurado se podían llegar a soplar las obras completas de los nominados o postulantes en un par de meses?)

¿A quién elegirán este año? ¿A una mujer? ¿A Roth o a Vargas?

¿A un chino o cubano? ¿A un sueco?

¿O a un afroamericano de EEUU?

OTRO CRITERIO A CONSIDERAR

Existe otro criterio que tal vez no habría que olvidar y que me parece valedero.

La Academia no quiere pasar desapercibida ni pasar al olvido.

De modo que sus designaciones tienen que ser también efectivas en ese sentido. De allí que se le haya acusado de oportunismo o favoritismo -incluso político- en más de una oportunidad.

El testamento de Alfred Nobel, justamente, quería que su nombre trascendiera al morir.

Y qué mejor si el Nobel de Literatura no sigue cierta lógica.

Por lo menos una poco predecible y menos comprensible.

Eso es lo que seguramente hace gran parte de su magnetismo, fama y encanto.

Me puedo imaginar perfectamente a esos escandinavos (¡miembros vitalicios!) discutiendo no por quién se merezca realmente el premio –que hay muchos- sino, sobre cómo conseguir el mayor efecto mediático, cierto sentido de la justicia (como ellos la entienden) y redondeando todo con su porción de cabeza dura sueca.

Es decir, una porción de racionalidad, otra de sorpresa, de provocación y modernidad, de atrevimiento y, finalmente, de premio a una mezcla de esfuerzo, continuidad, ejemplo de humildad y excelencia.

No olvidar finalmente, que esa imprevisibilidad es la razón que debe impulsar a que muchos autores ya consagrados no cejen en su afán de seguir dándole al lápiz, a la máquina de escribir o al teclado de una computadora u ordenador.

Que los miembros de la Academia Sueca de la Lengua mantengan en vilo a tanta gente cada año, ¿no es, después de todo, la mejor demostración de que hacen su trabajo medianamente bien y con cierta gracia?

De todas maneras, yo no les daría el Nobel.

O los mantendría temblando de otra forma cada año.

…..

HjorgeV 09-10-2008

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2 comments

  1. Muy bueno, aunque difiero con lo de la Mistral y sumo a tu lista a Ernest Hemingway, quien aparte de borrachin, mujeriego y pendenciero, publico 3 novelas realmente fabulosas, creo que la Academia leyo una de estas tres, bueno cuatro.
    Lo que sucede tambien es que a veces, una vez entregado, el galardonado parece tan obvio, como me paso con Doris Lessing, pero claro, eso es solo despues del anuncio.
    Salud.

    Rpta.: Gracias por tu comentario. Pero, ¿a qué lista te refieres? Hemingway recibió el Nobel de Literatura de 1954. ¿O tendrían que habértelo dado a ti? ¿Por lo de bo-mu-pe? Por lo demás, eso de “obvio” tendríamos que probarlo con los siguientes nombres: Imre Kertész, Wislawa Szymborska, Seamus Heaney, Jaroslav Seifert, Czeslaw Milosz y Odysseas Elytis, para dejar en paz a mis dedos sobre el teclado. Saludos. HjV

  2. Es que como hiciste un listado de autores de excepcional calidad pensé que sería conveniente hacer una mención expresa de Ernest, para que su genio no se perdiera en la generalidad de galardonados en la década del 50.
    Referente a lo de obvio, por eso escribí “a veces”, es decir, no siempre. Tú fuiste quien gentilmente generalizaste la frase, yo no.
    Saludos.

    Rpta.: Ramón, le pido disculpas por la media broma a usted. Obviamente que con lo de obvio y a veces, usted tiene razón. Lo del listado era sólo un ejemplo; pero sí, no habría que olvidar a Hemingway, aunque fuera por la joven Hadley Mariel. A esa lista habría que agregar a los siguientes: George Bernard Shaw, Thomas Mann, Albert Camus, Boris Pasternak, Asturias, Samuel Beckett, Saul Bellow, Heinrich Böll, Canetti y Neruda. Por lo menos.

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