HISTORIAS DE BARES (I)

Entre los primeros trabajos que tuve al llegar a Alemania, estuvo el de llevar un minúsculo bar del barrio universitario de Colonia.

Tal vez ‘llevar’ sea mucho decir para un trabajo de sólo dos o tres veces a la semana. Pero en esas dos o tres noches, tenía que atender, preparar yo mismo las bebidas, cobrar, mantener todo limpio y ordenado, y poner música.

Las dueñas eran dos hermanas disímiles.

Una -la mayor- era una rubia que ya había entrado físicamente a los cuarenta y mentalmente a los sesenta, y que sentía un afecto especial por los latinoamericanos.

La otra era una morena -piel muy blanca, ojos pardos y cabello negro- de quien se decía que en sus mejores tiempos había detenido el tráfico a su paso por las calles de esta ciudad; con su figura, se entiende.

Cuando llegué a Colonia, el tráfico de sus calles ya llevaba largos años sin tener ningún incidente memorable; la comida abundante y la falta de ejercicio, por su parte, habían hecho su correspondiente contribución en la figura de la hermana menor, y había que fiarse del recuerdo de los antiguos clientes del bar para poder creerse lo de su belleza.

Tenía un rostro que todavía era lindo, sí, pero ya resultaba muy difícil poder imaginarse lo otro.

La rubia era apática y bonachona. Era tacañísima, pero no tenía carácter para cobrar lo que le adeudaban, que era mucho en ese bar y algo que iba creciendo cada noche, debido a su incapacidad para decir “No” si alguien le pedía de fiado.

La morena era irascible, inquieta y colérica, siempre pendiente de las debilidades de su hermana mayor, aunque también sabía lo que era el buen humor; e, incluso (una o dos veces al mes, tal vez una cada dos meses) los buenos modales.

Podía ser simpatiquísima, pero su mal genio la traicionaba; mejor dicho, le era más que fiel: porque muy raras veces la abandonaba.

El bar se encontraba en la calle Zülpicher, la calle por la que transitan todos los universitarios de esta ciudad, a pocos metros de una esquina bastante envidiable, comercialmente hablando. (En la fotografía al fondo a la izquierda, justo antes del puente.)

Saliendo a la derecha había un edificio de departamentos y luego una retahíla de bares y restaurantes hasta el Ring, una de las vías principales de esta ciudad.

Al otro lado continuaba un negocio griego de Gyros Pita, una especie de esponjosa tortilla de harina que se enrolla a medias con carne de cerdo muy condimentada y cortada por capas de un gigantesco asador vertical y giratorio; a la que se añade cebolla a la pluma y abundante tzatziki, una deliciosa salsa griega hecha a base de yogur, pepinos rayados y ajo fresco.

Cuando algún cliente –generalmente estudiantes universitarios, entre ellos muchos latinos- me pedía algo y yo sentía el inconfundible hálito diabólico del ajo fresco en mi rostro, sabía que había visitado primero el negocio griego de al lado antes de pasar por el bar.

En una oportunidad dos clientes así, se pusieron a beber con ganas y me mostraron una pistola para poder seguir bebiendo gratis.

Como le pasa a cualquiera, la vista de un arma de fuego no es algo que me pueda dejar frío.

…..

Continúa mañana…

HjorgeV  22-10-2008

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