HISTORIAS DE BARES (II)

Mi trabajo en ese bar de la Zülpicher consistía, repito, en atender, servir las bebidas, cobrar, limpiar y poner música, tratando de conseguir algo de ambiente latino. Para eso me pagaban al final de la noche.

Los dos tipos, muy flamantes, estaban bebiendo y deseaban pagar su consumo con un fajo de vales que debían haber hurtado en algún lugar, probablemente del vecino negocio griego.

Cada vale daba derecho a una cerveza, pero a nadie se le había ocurrido delimitar la acción a una o a -máximo- dos cervezas por persona.

-Yo no sé de vales –les repliqué y era la verdad, tratando de hablarles como si hubieran colocado sobre la mesa una biblia o un celular, que entonces aún no había sido inventado, y no una pistola-. Trabajo aquí y, del dinero que entra, luego me tengo que cobrar mi sueldo. Si no entra dinero, no puedo cobrar.

Era una noche particularmente fría de entresemana, en un bar eminentemente universitario. De esas que no animan a salir ni a los estudiantes más bebedores. (Y eso que en Colonia hay muchos.) Los dos personajes debían ser dos vividores de medio pelo con ganas de divertirse a costa de los demás.

-Un vale, una cerveza –dijo uno de ellos-. Eso es lo único que cuenta.

-Tendré que consultarlo con los propietarios –añadí, haciendo un gesto inocente.

Luego me retiré y llamé a la policía desde el teléfono de pared del bar.

Uno de los dos tuvo que haberlo notado, porque cuando regresé a la barra, me miró mal y me dijo:

-¿Has llamado a la policía, no?

-Oye, compadre –le dije en un alemán lo más campechano posible-, tengo una idea. Yo invito ahora una ronda de cervezas y brindamos todos juntos. ¿Está bien?

-¿Invitas tú? –preguntó el otro, el que parecía más drogado y tonto.

Es preciso hacer un paréntesis ahora.

Alemania es un país pacífico y seguro. Más o menos en cualquier ciudad y pueblo alemán una mujer puede desplazarse a cualquier hora del día y de la noche sin temer a nada.

Existen, sobre todo en las grandes ciudades como Berlín, Fráncfort o Hamburgo, zonas relativamente peligrosas y hasta un par de calles verdaderamente peligrosas, pero nada más.

Que yo sepa, no existen barrios enteros donde ni la policía se atreve a entrar como sí sucede en otros países del mundo, aún en los llamados desarrollados. Colonia, particularmente, es una ciudad tranquila y pacífica.

Esto se debe no sólo al nivel cultural general y a que casi no existen pobreza ni tugurios, sino también al hecho de que apenas existen armas de fuego en manos de particulares.

De tal manera que al ver una pistola ‘en público’ uno se puede pegar un buen susto, pero lo más probable es que sea de fogueo. Nadie saca en este país un arma de verdad intentando beber gratis. Salvo que estés pasado de drogas –fuertes- y no se te ocurra otra cosa para seguir bebiendo. Pero entonces tienes que estar verdaderamente pasado.

Todo esto no lo sabía entonces porque era relativamente nuevo en Alemania. A mí lo que me movía era mi indignación por la frescura de los tipos y porque su egoísmo chocaba con mi simple interés y derecho a cobrar por mi trabajo de esa noche. Estaba actuando, ahora lo sé, inconsciente y peligrosamente.

Después de servir tres vasos de cerveza y llevarlos a su mesa para brindar, tomé el mío y me dispuse a chocarlo con los suyos. En ese momento se escuchó la sirena de un patrullero en las cercanías.

-¡Hijo de puta, sí has llamado a la policía! –exclamó el más desconfiado, y, mientras su compinche saltaba hacia la puerta para escapar, él, que era el que portaba el arma que ya había guardado en uno de los bolsillos de su chaqueta, se dio el lujo de terminar de beber. Con ese gesto me quería demostrar lo grande que era, me imagino.

Ya no recuerdo bien exactamente cómo sucedió todo.

Sólo recuerdo que me lancé sobre él, tumbándolo e intentando sujetar la pistola que no podía ver. Las cervezas cayeron al suelo, junto con bancos, sillas y mesas. Tenemos que haber caído y rodado estrepitosamente por el suelo, porque lo siguiente que recuerdo es que al tipo lo mantenía inmovilizado bajo el peso de mi cuerpo y nos encontrábamos cerca de la puerta del bar. Con una de mis manos sujetaba la pistola que aún seguía en su bolsillo.

Al escuchar mis gritos de auxilio, algunos pasantes se acercaron a la puerta del bar a contemplar la extraña escena, pero sin atreverse a más.

Recuerdo también que el griego del negocio vecino se acercó con toda su monumentalidad (era alto y robusto como un lanzador de bala), pero apenas escuchó que había un arma de fuego de por medio salió corriendo, pegando un salto como alguien que le tiene miedo a los ratones.

Fue entonces cuando el tipo que sujetaba bajo mi cuerpo me mordió la mano y consiguió soltarse.

…..

Termina mañana…

HjorgeV  23-10-2008

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