HISTORIAS DE BARES (III/Fin)

Cuando llegó la policía pensé que habían terminado mis problemas, pero no fue así.

A uno de los tipos lograron capturarlo antes de que escapara. El otro ya había desaparecido a tiempo.

Al preguntarme la policía si me había apuntado con la pistola el detenido, les dije la verdad: que el tipo había sacado el arma y la había puesto sobre la mesa al momento de exigir más cerveza gratis.

-Entonces, ¿no lo apuntó con el arma? –insistió el policía que tomaba mis declaraciones.

-¿Cuál es la diferencia? -le pregunté-. Si uno es apuntado antes o no, es totalmente irrelevante si al final se termina de todas maneras herido, ¿no cree?

-La ley es la ley y mi trabajo es ceñirme a la ley. ¿Lo apuntó el detenido con el arma o no?

-Ya he respondido a esa pregunta.

Lo malo de ese tonto incidente fue que no supe si regresar a trabajar al bar o no, porque temía que los tipos pudieran regresar a cobrarse el desquite. Por las dudas, no volví.

El bar era minúsculo, se llamaba Los Cactus y no tenía en sí más gracia que su fabuloso programa latino.

Creo que lo más rescatable de toda la decoración era una fotografía (es la de arriba) del indio norteamericano Gerónimo. Sólo la fotografía, entiéndase bien; ni siquiera el marco, debido a su deplorable estado.

Era minúsculo, sí, pero los fines de semana podía armarse una rumba de los diablos en sus veinticinco metros cuadrados divididos en dos pequeños ambientes.

Durante la semana, especialmente si hacía mucho frío, había que agradecer si entraban un par de clientes para justificar el haber abierto la puerta.

Ese era el caso esa noche y el de esos dos jóvenes que habían querido beber gratis con su fajo de vales obviamente sustraídos con malas artes.

Recuerdo especialmente ese bar, no sólo porque fue una de mis primeras estaciones laborales en esta ciudad (y por una serie de anécdotas que he iniciado con esta serie), sino también por su minúscula colección de discos latinos: unos cuatro o cinco elepés. Sí, los históricos LP de vinilo.

¿Cómo habían llegado las dos hermanas a un bar con el nombre Los Cactus?

Porque habían estado enamoradas hasta la perdición de unos músicos bolivianos. Se decía que habían llegado a perseguirlos en una caravana hasta Suiza.

Una vez se lo pregunté a la mayor, Dora, la rubia bonachona y apática pero simpática.

-¿Es cierto que ustedes dos se morían por unos bolivianos?

-Eran músicos del grupo Boliviamanta. Los seguimos hasta Suiza y Austria en una caravana, concierto tras concierto. Estuve a punto de casarme con uno de ellos –me contó, con nostalgia.

El nombre del bar lo debieron escoger por su asociación con México, que es el país latinoamericano que más parece ‘vender’ en Alemania y en el resto de Europa. Curiosamente, los alemanes asocian cactus con diversión, allí donde lo primero que se le ocurre a un latinoamericano es pensar en un lugar desierto e inhóspito.

Será por la sed, me digo.

Una de las cosas interesantes y características de Los Cactus que no quiero olvidar de mencionar, era que a las dueñas les gustaba ofrecer música en vivo.

Los lunes actuaba un guitarrista de flamenco, por ejemplo. Los miércoles, un salvadoreño que detestaba beber. Poco, se entiende. Y los fines de semana un grupo de música latina, de ser posible, bailable.

Willi Grote creo que se llamaba el de los lunes. Un tipo que apenas hablaba.

Llegaba, cumplía su trabajo, lo completaba con un par de las copas gratuitas de vino peleón que incluía su contrato y se iba sin decir nada más allá que lo necesario para recibir el vino.

Un músico guayaquileño me comentó una vez que seguramente era así de retraído para no tener que escuchar las críticas de nadie.

-¡Es un alemán, Jorge! Tienes que imaginártelo, pues –me decía el guayaco-. ¡Un alemán tocando flamenco!

Como la hermana morena era iracunda y era la que mandaba, cuando tenía alguna queja de alguno de los empleados lo expresaba a gritos porque no podía controlar su carácter.

De tal manera que cada dos o tres semanas siempre había un empleado nuevo (por lo general, guapas universitarias): bien porque ella había despedido a alguno o bien porque alguno la había mandado al carajo y se había marchado voluntariamente.

Muy pocos conseguían no irritarla con algún error u olvido.

Una vez empezó a gritarme ya no sé por qué razón. Sospecho que ni ella misma sabía a veces por qué rompía en cólera sin poder controlarse después.

Esa noche me fui preocupado a casa, convencido de haber trabajado tan mal que lo más probable era que me echaran del trabajo a la siguiente vez. Me dije que tenía mi orgullo y que eso era algo que no debía dejar de lado. De acuerdo a eso, me preparé para hacerle frente.

Pero la siguiente vez ella me saludó como si no hubiera ocurrido nada.

En Los Cactus se bailaba y se armaban unas rumbas memorables en sus poco menos de treinta metros cuadrados, espacio en el que tenía que caber también el grupo musical de turno. (¿Cómo lo hacíamos?)

Recuerdo un conjunto formado por un africano, un uruguayo y un percusionista de ya no sé qué país.

El africano era, en realidad, un español de Melilla, es decir, sólo geográficamente un africano, pero a quien no le gustaba nada que se lo recordáramos.

¿Cómo lo hacíamos?

Es decir, ¿cómo hacíamos para bailar y movernos en tan poco espacio?

En ese lugar volví a ver a la que más tarde sería mi primera esposa. Y nos reconciliamos bailando.

Por lo demás, ¿cómo hacíamos para pagar como simples estudiantes nuestro consumo que ahora se me antoja diario en la memoria?

En mi caso yo lo sé parcialmente: me quedé sin viajar a mi país casi siete años. Cuando lo hice, sufrí un tremendo choque porque muchas cosas, costumbres y personas habían cambiado en el Perú casi hasta la irreconocibilidad, perdonen el vocablo.

Dos canciones recuerdo especialmente de esos tiempos:

1. Gitana, del álbum Tiempo pa’matar (1984) de Willie Colón.

2. Verde (que te quiero verde), del fallecido Manzanita, una adaptación de un poema de García Lorca.

Curiosamente, ambos temas de Manzanita de su mismo álbum Poco ruido y mucho duende de 1978.

También había un disco, entre los escasos veinte o treinta que formaban la colección de las hermanas Fischer, que solía intercalar entre los discos de Santana (Caravanserai), Willie Colón, Mink DeVille (el de Demasiado corazón) o el de Manzanita.

Me estoy refiriendo al Concierto de Colonia –The Köln Concert en el original- de Keith Jarret.

(El solo de jazz más vendido y también el solo de piano más vendido, grabado más de diez años atrás entonces, en 1975, y al que me gustaría dedicarle una página de esta bitácora -a pesar de no ser un gran admirador del resto de la obra de Jarret- por las raras y excepcionales condiciones en que se grabó.)

http://www.youtube.com/watch?v=jzqMJWlKMsY

Por ese pequeño bar que ha pasado por muchas manos a lo largo de estos últimos veinte años, sin que nadie haya podido establecerse definitivamente, suelo echar un vistazo cada vez que me muevo por ese barrio universitario.

Es un pequeño dinosaurio que se extingue y vuelve a renacer con otra cara, pero con el mismo espíritu de antes, de aquél que guiñándome el ojo guiaba mis pasos inciertos en mi nuevo país con la mejor onda posible.

Barrio que lleva, incluso, el nombre del barrio que a mi paso por París más me atrajo, seguramente por la familiaridad de su nombre: el Quartier Latin, el Barrio Latino.

Ya adaptado a la pronunciación del idioma alemán, colonizado, vamos a decir: Kwartier Latäng.

Si pasas por ahí, todavía existe el Ferkulum, el de los gyros pita (en la fotografía, arriba), y, atención, que es una zona muy conocida como marchosa: durante el último mundial apenas cabía un alfiler más por la Zülpicher.

Pero ya hace muchos años que no existe Los Cactus y en el local que ocupaba seguramente nadie ha vuelto a bailar desde hace siglos.

Ah, y si alguien te muestra una pistola, dile que te tiene que apuntar directamente al cuerpo para poder hacer la denuncia policial correspondiente.

Algo altamente improbable en esta, por lo general, pacífica ciudad.

…..

HjorgeV 24-10-2008

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