COMO UN POBRE DEMENTE IRRESPONSABLE

A todo estado de choque, de emociones e impresiones fuertes, le sucede el inevitable regreso a la realidad.

A más tardar cuando el jolgorio y la algarabía de los demócratas se hayan decantado y estancado, y la normalidad retorne tras la investidura del nuevo presidente de EEUU, los republicanos tendrán que darse cuenta y reconocer que habían elegido por dos veces consecutivas a alguien muy, pero muy especial.

La gente normal puede mentir, exagerar, ocultar, disfrazar la realidad e, incluso, ignorar lo obvio.

Pero, por lo general, llega un momento en que se acepta la realidad.

-Está bien, lo creía así, pero me he equivocado.

-Lo hice porque no me quedaba otra salida; no sabía lo que hacía.

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-Pensaba que nadie lo iba a notar.

-¡Es lo que hacen todos, señor juez!

-Me vi obligado a hacerlo.

-Estaba convencido de que me amaba.

Sobre todo en los momentos de choque emocional es normal reaccionar de forma inesperada y negar lo que nuestros propios ojos ven.

No es el caso de Bush.

Acaba de dejar pasar la oportunidad de culpar al descalabro del capitalismo por la ruina en la que deja a su país y pasarle el pesado guante a Obama:

“Hice lo posible. Es culpa del sistema”, podría haber dicho.

Pero no.

Como un enajenado en delirio, en el peor de los momentos y cercano a su muerte, él alaba la flecha que tiene clavada en el corazón. Y alaba su mano.

Su propia mano que ha clavado esa flecha y que ahora la remueve.

Hace algunos días, cuando ya se sabía que el sistema de mercado libre ha colapsado y que necesita –por lo menos, por favor- reinventarse, salió en defensa de él como ‘el mejor de los sistemas jamás inventados’.

Por favor.

El Capitalismo no es un invento: es la expresión y resultado de nuestra incapacidad para hacer bien las cosas y para interesarnos por resolver nuestros problemas básicos sobre un planeta, como un conjunto de seres que se necesitan y dependen los unos de los otros.

Creo que con Bush no haría falta un psiquiatra.

Bastaría un simple psicólogo.

O alguien que sepa leer –ni siquiera escribir- para reconocerle que si ha demostrado tener alguna característica especial aparte de su espíritu bonachón y carismático (es un tipo con el que te puedes encontrar en un bar y terminar emborrachándote con él), esa ha sido la de su gran capacidad para desprenderse de la realidad.

Como un pobre e irresponsable demente, que no sabe lo que hace y no puede responder por sus actos, Bush se ha paseado nefastamente ocho años desbaratando el mundo.

Se sabe del caso de presidentes, líderes y empresarios que mintieron a su gente con el fin de que las cosas no empeoraran aún más, de ganar tiempo, de simplemente engañar o confiando en un cambio inesperado de la suerte.

Se sabe de dictadores como Fulgencio Batista que, aún teniendo asegurados millones en el extranjero, esperó hasta el último minuto para abandonar Cuba negándolo todo, pero solo porque su codicia le impedía irse con las manos ‘vacías’.

Se sabe del caso de Ferdinand Marcos, que se hizo investir como presidente de su país el mismo día en que a Corazon Aquino se le tomaba el juramento como la primera presidenta de Filipinas, solo para huir posteriormente esa misma noche como una ratita más.

Creo que si hay que comparar a Bush con otro personaje de la historia, tendría que ser con el especialmente nefasto Augusto Pinochet.

Un personaje que se fue de este mundo con la absoluta convicción de haber hecho el bien a su pueblo.

(Bastaría preguntar a la familia de un cobardemente desaparecido bajo su satrapía. A la familia de uno solo de los miles seres humanos que fueron secuestrados –cobardemente- de sus casas, torturados –alevosamente- por encapuchados armados y luego arrojados –qué esfuerzo- desde un avión o muertos de un simple tiro, por detrás, se entiende. Un pérfido asesinato hecho en grupo, con armas y con la víctima inerme, sin poder moverse ni defenderse.)

(Los toros por lo menos pueden defenderse parcialmente con sus cuernos y hacer cada par de años daño a alguien.)

Si había algo que, personalmente, temía, era que Bush resultara un enamorado del poder.

Felizmente, por lo menos hasta ahora, no ha sido así.

Obama ha tenido suerte.

El mundo, sin atreverse a decirlo, no solo deseaba que terminara la Era Bush, también quería –sin reconocerlo oficialmente- que de una vez por todas desapareciera por lo menos de la escena política el Arruinador, el Presidente Más Nefasto de la Historia de la Humanidad.

Esto es lo que también explica el cómodo triunfo de Obama.

Basta un ejemplo de muchos.

El diario conservador Chicago Tribune, que en sus 161 años de existencia (!) nunca había apoyado a un candidato demócrata en una elección presidencial, esta vez pidió abiertamente el voto para el candidato hijo de un africano.

Nada menos que un diario conservador.

Después de 161 años.

Pidiendo un voto para un contrincante político, un demócrata.

Y para el hijo de un africano.

Para un mestizo descendiente de una etnia que muchos de los republicanos siguen considerando peligrosa, ignorante e incapaz de nacimiento, o, por lo menos, indigna de compartir con ellos –lo mejor de- su país.

Y es que bastaba solo con saber leer.

El hombre que ha arruinado a su país, que también mintió campantemente al mundo para poder invadir Irak y que sigue sin ser juzgado por eso, dijo lo siguiente en una entrevista en el 2003:

“Oh, no. No vamos a tener caídos en Irak”.

El hombre que se apareció sorpresivamente en Irak el Día de acción de gracias, el cuarto jueves de noviembre del 2003, para hacerse fotografiar con un pavo ante sus tropas, mientras su servicio secreto transformaba Abu Ghraib en un centro de tortura, dijo:

“Ningún presidente ha hecho más por los derechos humanos que yo.”

El tejano campechano que ordenó la tortura y el secuestro en nombre de una supuesta Libertad que lleva el nombre de Guantánamo y vuelos ilegales (y secretos, con la ayuda de Europa), y que ha hecho aumentar en su propio país la cifra de presidiarios de 1,9 a 2,3 millones en apenas ocho años, dijo:

“La libertad es el regalo de dios para la humanidad.”

El presidente del país que gana premios Nobel a granel, pero en el que existen casi 50 millones de personas sin seguro médico, para los que se ha agravado su situación con su gobierno, dijo:

“Todo el mundo está celoso de nuestro sistema de salud”.

El presidente que en agosto del 2005, después que su gobierno desoyera las alarmas de los expertos que llevaban años anunciando los peligros inminentes en los diques ruinosos de Nueva Orleans, y que recién se apareció días después por la zona de la catástrofe, dijo muy tranquilo de huesos:

“No creo que alguien podría haberlo previsto.”

Hace un par de meses nomás, en julio de este año, cuando ya se sabía que era solo una cuestión de tiempo que la burbuja financiera creada por las hipotecas basura explotara, emitió otra vana frase:

“La economía crece, la productividad aumenta, el comercio florece.”

¿Son estas las frases de una persona normal, de alguien capaz de percibir la realidad más o menos adecuadamente?

¿Son estas las frases de alguien que fue elegido por dos veces consecutivas por millones de personas del país más poderoso de la Tierra?

¿Son estas las frases del mandatario de un país que alguna vez fue más conocido por la Estatua de la Libertad y que ahora lo es por Abu Ghraib y Guantánamo?

No.

Hoy, que ya existe un consenso mundial en el sentido de que el capitalismo no se puede autorregular y que, por lo tanto, el sistema financiero internacional tiene que ser por lo menos reglamentado, Bush dice:

“No existe mejor sistema en el mundo.”

No.

Decididamente, no. No puede ser.

En el mundo existen hombres sinvergüenzas, tontos y locos.

Bush, con sus palabras y hechos, los ha superado con creces.

Un diario alemán ha dicho que el mayor avance del que no cabe ninguna discusión en la Casa Blanca tiene que ver con Bush.

Se ha convertido en un apasionado y arriesgado ciclista de montaña.

Al llegar a la Casa Blanca dijo:

“Soy fanático del béisbol. Para mí, lo que cuenta son los resultados”.

Ahora sabemos cuáles son esos resultados.

El hombre al que le importaron un pito los tratados internacionales, los acuerdos de la Cuarta Convención de Ginebra, el protocolo de Kioto sobre el cambio climático y la Corte Internacional de Justicia, fanfarronea hoy:

“Le prometí a mis amigos que no dejaría que Washington y la política cambien mi forma de ser. Sigo siendo la persona que conocían. Soy más juicioso y tengo más experiencia, pero mi corazón y mis principios siguen siendo los mismos.”

No, me digo.

No.

Este hombre no puede ser normal.

¿Cómo es que ‘nadie’ se haya podido dar cuenta de que hemos estado frente a alguien que se conduce y expresa como un pobre demente, peligroso e irresponsable de sus actos?

El resto del mundo tendría que enjuiciarse a sí mismo por haber sido tan estúpido.

C.

Continúa…

HjorgeV 10-11-2008

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