UNA DROGA VENEZOLANA LLAMADA DUDAMEL

Tiene que haber sido hace dos o tres años.

Me encuentro conduciendo de noche por las calles de Colonia y tengo que haber sacado un disco para poner otro en el equipo, porque la radio se ha conectado automáticamente, como cada vez que no hay un disco dentro.

Escucho los vibrantes compases finales de una obra desconocida para mí y luego el vítor eufórico del público, que casi se puede tocar con las manos, a pesar de tratarse de simples ondas de radio transformadas en ondas sonoras las que llegan a mis oídos.

Entonces, la voz emocionada de una comentarista, con la apoteosis del público como fondo, confirma un bis de la orquesta. Por lo que puedo entender, se trata de una formación latinoamericana.

Se hace un silencio absoluto.

La comentarista radial anuncia que se va a interpretar un fragmento de las Danzas Sinfónicas que Leonard Bernstein compuso para el musical West Side Story.

¿Una orquesta latinoamericana interpretando en una gran sala de conciertos de Alemania un fragmento de un musical, compuesto, además, por nada menos que el gran Bernstein?

¿Y todo eso transmitido por una de las estaciones principales de radio de este país?

De pronto, el disco que he puesto empieza a sonar. Como la curiosidad ya me ha ganado, pulso el botón correspondiente para volver al programa radial.

Entonces, empieza el despelote.

No me lo puedo creer.

¡Lo que está interpretando la orquesta es un contagioso mambo!

¿Un mambo?

¿De Leonard Bernstein?

¿En un programa alemán de música clásica?

No me lo puedo creer.

Como soy fanático de la música latinoamericana del siglo pasado, las geniales interpretaciones de Dámaso Pérez Prado (Matanzas, 1916-Ciudad de México, 1989) y su orquesta, es algo que he aprendido a reconocer más o menos inmediatamente.

No era este el caso.

Pero los músicos de esa orquesta de la radio -aunque estaban interpretando una forma muy especial de entender el mambo: bernstiana-, bien podían haber pertenecido a alguna de las bandas del famoso Foca.

No había equivocación alguna.

La información de la presentadora era correcta.

Esa fue la primera vez que escuché al barquisimetano Gustavo Dudamel -de pura casualidad- dirigiendo una orquesta.

Al final de la audición radial -que fue bastante extendida porque el público no cesaba de aplaudir frenéticamente de pie- me enteré que había escuchado a la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar.

Hoy Gustavo Dudamel y la Orquesta Simón Bolívar son reconocidos en el mundo entero y se han convertido en sinónimo de garantía de excelencia musical sin discusiones.

Que los músicos de un país latinoamericano se codeen sin ningún tipo de complejos con los mejores músicos de todo el mundo y hayan llegado a conquistar el corazón musical clásico de Europa -entre otros continentes-, es algo que suena a cuento infantil.

Sobre todo teniendo en cuenta que esa orquesta se creó con fines sociales, con el fin de rescatar de un futuro incierto -muchas veces criminal- a niños de la calle o con problemas familiares graves.

Pero el cuento es real.

Su fabulador y creador tiene un nombre: José Antonio Abreu, un economista venezolano que fundó en 1975 la Acción Social para la Música.

Existe un documental, titulado Tocar y luchar, al respecto.

Dudamel, por su parte, llegó a la dirección más o menos casualmente.

En las oportunidades que se le presentaron para hacer algún reemplazo urgente, no dudó en ningún momento y tuvo el valor de asumir el reto.

Así fue cuando estaba por tomar un avión que lo debía llevar a Colombia y recibió una llamada inquiriendo si estaba dispuesto a reemplazar perentoriamente al sueco Neeme Jaervi en la dirección de la Sinfónica de Gotemburgo.

A pesar de que apenas conocía el programa –Francesca da Rimini de Tchaivkovski, los Rückert-Lieder de Mahler y la 5ª Sinfonía de Sibelius-, aceptó.

Dudamel, aparte de haber dirigido prestigiosas orquestas como la Sinfónica de Stuttgart, la Philharmonia de Londres, la Orquesta Filarmónica de Israel, la de Birmingham, la Estatal Sajona de Dresde y la Filarmónica Real de Liverpool, es actualmente el titular de la Sinfónica de Gotemburgo y director musical de la Filarmónica de Los Ángeles.

Y por si esto fuera poco –como diría un vendedor callejero- dirigirá el próximo verano en el Festival de Música de Salzburgo, nada menos que a la Sinfónica de Viena, formando una terna con los directores Riccardo Muti y Nikolaus Harnoncourt.

(No olvidar que nombrar a Viena, en cuestiones de música clásica, es referirse a Mozart y a la ciudad en la que vivió, se hizo famoso y murió. Pero aún más, el mismo Festival de Salzburgo fue creado en 1877 en homenaje al genio y lleva el nombre y se celebra, justamente, en la ciudad en que nació.)

El significado de los logros de Dudamel es también democrático.

Durante más de siglo y medio -aproximadamente desde 1750- el acceso, la difusión, la representación y la interpretación de la música llamada clásica, fueron territorios herméticamente cerrados y restringidos a una élite que no permitía el paso a ningún intruso, salvo que éste respetara las férreas reglas de su mundo.

Empero, con la música clásica ocurre como con la libertad.

En lugares donde hay que caminar más de media hora para obtener agua, la libertad para decidir si tomar determinada agua o no, no existe.

La música clásica está abierta para todos, cada quien es libre de acceder a ella.

Sin embargo, los antecedentes sociales y culturales –casi siempre de carácter económico- son los que deciden quiénes acceden a ella, haciendo de esa libertad un simple embudo con carácter elitista.

Dudamel y los jóvenes venezolanos del proyecto de Abreu han roto esas barreras.

En el Festival Proms 2007 de Londres, después de que la gente aplaudiera vitoreando a la orquesta, sus miembros se retiraron por un momento y volvieron vistiendo una chaqueta deportiva con los colores y el nombre de Venezuela.

A continuación ejecutaron dos piezas del folklore venezolano, una de ellas, el segundo himno nacional de su país: Alma Llanera.

Como el público no se quedó contento con ese bis y siguió aplaudiendo, los músicos se levantaron y, mostrando sus instrumentos, saludaron y agradecieron.

Entonces, empezó la locura.

No voy a describirlo otra vez.

Lo pueden ver y escuchar ustedes mismos.

ORQUESTA BOLIVARIANA SIMÓN BOLÍVAR

Otra característica de Dudamel es su versatilidad.

Tanto puede hacer folklore y música popular, como puede continuar con su orquesta interpretando piezas de Beethoven, Mahler o Shostakovich.

Antes de dedicarse a la dirección ya había sido un joven violinista prodigioso.

Como pocos, entiende que la dirección de cualquier grupo humano tiene, por lo general, dos alternativas: obtener lo mejor potenciando lo negativo, aprendiendo a partir del látigo, por así decirlo.

O, potenciar lo positivo, obligando al intérprete a mejorarse y superarse siempre por deseo propio, con un añadido:

Su buen humor.

Carismático y sencillo como pocos, Gustavo Adolfo Dudamel Ramírez (Barquisimeto, 1981) confiesa que, cuando vuelve a Venezuela, su trabajo con los niños de la Orquesta Bolivariana es lo que le permite cargar energías para volver a sus otros trabajos y actividades por todo el mundo.

En su página de la Red, cuenta que su padre era músico de una orquesta de salsa y de niño, una de las primeras cosas que aprendió, fue a bailar.

“Yo soy un producto de El Sistema. Desde los cuatro años pertenecía a esa familia”, dice Dudamel, refiriéndose a la Fundación del Estado para el Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela (FESNOJIV), que es el origen de todo este fenómeno.

Su fundador, José Antonio Abreu, afirma:

“Es evidente que la música tiene que ser reconocida como un elemento de sociabilización. Como un elemento de desarrollo social en el más alto sentido. Porque transmite los más altos valores sociales: la solidaridad, la armonía, la mutua compasión. Y la capacidad para unirse toda una comunidad y expresar sentimientos sublimes.”

La pasión y la energía casi mística que los 800 cientos niños bajo su batuta le transmiten es algo que Dudamel no puede explicar con palabras.

Si la música clásica es aquella especializada en hacer vibrar las más sensibles fibras humanas, pero solo a condición de haber sido rigurosamente educadas antes para ello, entonces esta historia es el equivalente a una revolución en el mundo de la música clásica y de la música en general.

La explicación es fácil.

Se trata de una nueva droga.

Su primer nombre es Gustavo y es producto venezolano.

.

. HjorgeV 17-11-2008

.

DUDAMEL: PREPARANDO LA 5ª SINFONÍA DE BEETHOVEN

DUDAMEL: PREPARANDO LA 5ª SINFONÍA DE SHOSTAKOVICH

FUENTES:

http://talentovenezolano.blogspot.com/2008/11/jvenes-que-toman-la-batuta-los-nuevos.html

http://talentovenezolano.blogspot.com/2005/08/dudamel-el-director-venezolano-triunf.html

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Dudamel/estrenara/Filarmonica/Viena/Festival/Salzburgo/elpepucul/20081113elpepucul_3/Tes

http://www.gustavodudamel.com/artistmicrosite/DUDGU/es/index.htms

http://es.wikipedia.org/wiki/Gustavo_Dudamel

Anuncios

One comment

  1. ¡Mambo!

    Si lo que queremos todos en realidad es belleza, calor y emoción, bien ejecutado, por supuesto.

    Qué divertida esta entrada.

    Saludos ritmados desde un Montreal fresquito.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s