TROFEO ‘GRAN CONCHA DE CORCHO’: 2ª Edición

No hace mucho, incapaz de quedarme cruzado de brazos ante los sucesos mundiales, instituí un trofeo en esta ridícula bitácora.

La primera Gran Concha de Corcho se la conferí -por unanimidad, ¡ja!- al Gran Capital.

Tengo que confesar que me emocionan esto de los trofeos. Casi hasta las lágrimas.

Pienso que el esfuerzo debe premiarse y ser recompensado.

El noble material del trofeo donado -el corcho puede salvar vidas- estaba determinado no solo por mis limitadísimos medios, sino también por la no improbable posibilidad de que a alguno de los premiados se le ocurriera empeñarlo o fundirlo como un simple y vil metal para venderlo al peso.

Casos se han visto.

HEMOS VUELTO A LA NORMALIDAD

Esta vez son tres grandes empresas automovilísticas de EEUU las concretas merecedoras del trofeo.

VIDEO DE UN 1 MIN. CON UN AUTOMÓVIL AL COMIENZO

Se trata de los tres grandes del automóvil, los que piden -no suplican: exigen- ahora un plan de rescate.

Demostrando, de paso, la gran capacidad humana para adaptarse a las nuevas situaciones.

Nada menos que los tres responsables de la General Motors, la Ford y la Chrysler se han apersonado al senado de EEUU hace unos días para pedir su limosna.

Perdón, su parte del pastel.

(Van a disculpar las lágrimas de este no creyente.)

Reclaman –sí, reclaman– una inyección estatal de nada menos que 20.000 millones de dólares para “evitar el colapso de la industria automovilística”.

Resulta que ahora el Apocalipsis está a la vuelta de la esquina y que se trata de “salvar toda la economía” de EEUU.

¿Habrán leído El Capital del olvidado Carlitos estos así llamados Tres Grandes de Detroit?, me pregunto.

(Las librerías alemanas han registrado en estas semanas un aumento considerable en sus ventas de la Biblia Marxista.)

Lo pregunto, porque eso de “salvar toda la economía”.

De advertir de la posible “destrucción de tres millones de empleos”.

De querer evitar “pérdidas del orden de los 150.000 millones de dólares en conceptos de impuestos para el Gobierno”.

Y eso de evitar que “los efectos se extiendan a la economía de todo el país”, parece sacado de un panfleto de un partido socialista o de izquierda cualquiera.

¿Desde cuándo se interesan los Grandes por los mismos puestos de trabajo que, cuando se trata de exorbitar sus ganancias, no tienen ningún empacho en aniquilar por miles?

¿Desde cuándo las corporaciones se preocupan por la marcha económica de un país, cuando, dadas las circunstancias, nunca han tenido ningún escrúpulo en abandonarlo y reimplantar sus fábricas en otro?

¿Transnacionales preocupadas por los impuestos que dejarían de pagar, cuando siempre -y lo consiguen en gran parte con argucias legales- han tratado de evitarlos?

¿La lógica del capitalismo al revés?

¿O es que nunca ha tenido una verdadera lógica el capitalismo?

Tal vez tendríamos que preguntárselo a mi compatriota Mario Vargas, me digo. El mismo que hace poco, y no muy lejos de aquí -en Fráncfort-, hizo la siguiente afirmación:

“El estado debe moderar mediante leyes el desenfreno y la codicia de los banqueros.”

Todo esto no es un chiste.

Ni menos de otro planeta.

Volviendo al asunto pedigüeño de los Tres Grandes de Detroit, cómo tienen que haber sonado a amenazas sus peticiones, que hasta el mismísimo Christopher Dodd (no Chávez, no Castro ni Evo Morales), demócrata y presidente del Comité de la Banca del senado, les repondió:

“La industria busca tratamientos para heridas que, creo, son autoinfligidas hasta cierto punto”.

Diplomáticamente, usó ‘creo’ y ‘hasta cierto punto’, con lo cual le quitó un poco de punta a su lanza. Y ‘autotinfligidas’, nada menos.

Pero la puya está.

Y bien puesta.

Tendríamos que darle un Nobel a Dodd, por lo menos, ¿no?

Felizmente (lo digo, porque este ejemplo mendicante podría empezar a cundir por el mundo entero), el senado usamericano ha reaccionado muy críticamente frente al pedido de los Tres Grandes de Detroit y les ha exigido -como le ocurre a todo ciudadano que solicita un préstamo o a una ayuda bancaria- que elaboren un modelo de negocios demostrando la viabilidad a largo plazo.

¡Zas!

Chúpate esa.

¿Si no son tan tontos esos señores del senado (las mujeres suman el 15%) , me digo, cómo se puede explicar que eligieran y soportaran a W nada menos que ocho años consecutivos?

Por otro lado, ahora resulta que las más grandes empresas quieren auparse a los favores de uno de los puntos fuertes de cualquier modelo socialista: una economía planificada.

En una economía planificada es posible apoyar determinados sectores con el fin de que la economía de un país no se desbarranque.

En realidad, es una práctica que hace casi todo el mundo, pero de forma muy solapada y generalmente bajo la forma de los llamados subsidios.

Lo practica masivamente EEUU y Europa, por ejemplo.

Por lo general, con simples intenciones electoreras detrás.

Estrictamente hablando, algo así, hecho en forma masiva, conduciría a autarquías, es decir, a estados aislados e incapaces de incluirse en la economía mundial porque los precios de sus mercancías no serían reales.

Algo de eso sucede hoy con las multimillonarias subvenciones europeas a sectores como la agricultura y la pesca.

En este caso, además, es posible ver cómo las mismas naciones que predican la ayuda al desarrollo y se comprometen formalmente a ello, no tienen ningún empacho en perjudicar por la puerta trasera a las economías de países más pobres, porque estos simplemente no pueden competir con los precios de esos productos subvencionados.

El gran problema de la economía libre de mercado y del capitalismo entendido como la promoción del capital como instrumento más óptimo para potenciar la primera, es que toda empresa tiene que tender desde el inicio a crecer y expandirse: a competir.

Si no quiere correr el riesgo de desaparecer en esa competición.

No es algo nada malo en sí.

Lo que sí es malo es que, si bien es cierto que eso promueve la iniciativa propia, la inventiva, el ansia de superación y el trabajo tenaz, eso solo funciona así cuando las condiciones son ideales.

Es decir, cuando por lo menos se tiene un colchón sobre el que caer en caso de peligro o tropiezo (honesto, se entiende).

Algo que, por supuesto, no garantiza nadie, salvo algunos estados europeos y otros países con programas muy concretos de ayuda para algunos empresarios en dificultades.

Sin embargo, eso es lo que se está haciendo actualmente y en forma masiva pero solo con los más grandes.

¿Son verdaderas soluciones?

¿O solo una forma de postergar los verdaderos problemas para más tarde?

¿No se estará potenciándolos, más bien?

¿Y potenciando, a la vez, la Desvergüenza que ya empezó a cundir, como lo acaban de demostrar los llamados Tres Grandes de Detroit, que también han demostrado ser Grandes a la hora de ser pedigüeños?

Tal vez -labor de otros bitacoreros- habría que instituir otro trofeo para gente como esta.

Propongo el Mendigo de Oro.

¡Vaya con gusto por ahora la 2ª Gran Concha de Corcho para estos tres!

Pero, ojo, que a mi entender se está fraguando otra Gran Burbuja.

Los mismos personajes que antes se creían con el derecho a ganar mil veces más que el más fiero empleado de su empresa (no es invento mío, pueden verlo aquí), pero que también son corresponsables de la calamitosa situación actual, son los mismos que ahora exigen traslados de fondos (no son préstamos, atención) de las arcas del estado bajo la simple promesa de transparencia.

Para mi forma de ver las cosas, se ha puesto en marcha el más grande Desfalco Estatal -de recursos del estado- de todos los tiempos. Algo así como el Mayor Timo Público de la Historia.

Esto sí que va a ser un verdadero faenón.

Ya lo veremos.

.

. HjorgeV 20-11-2008


Nota: El término ‘faenón’, de ‘faena’ (que significa ‘trabajo corporal’, pero que también se usa en el mundo de los toros), se ha puesto de moda en mi país, a propósito de una conversación telefónica interceptada en un grave caso de corrupción. En ella, uno de los pillos, se refiere así –“Hemos hecho un faetón”– al hecho de haber podido llevarse una buena tajada del pastel corrupto.


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