POSTALES DE ALEMANIA: LA NIEVE

Por fin nevó.

Hasta ahora Irmela (el nombre -femenino para variar- de la borrasca de turno) ha causado, felizmente, más caos vehicular que nada en esta región de Alemania.

En otras regiones ha causado más estragos: un camión volcado por vientos huracanados sobre un puente en Winningen, árboles derribados sobre pistas y vehículos en Mainz, el techo de un supermercado que voló por los aires en pleno centro de la misma ciudad, y un muerto en Neetze al patinar su automóvil y estrellarse contra un árbol.

(No he cambiado voluntariamente el tamaño de las letras. Se debe a uno de esos misterios de la Red que todos experimentamos alguna vez. He intentado corregirlo y no me ha sido posible.)

El anuncio de la borrasca trajo como consecuencia la suspensión de una serie de actividades al aire libre.

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Actividades que, por lo menos este fin de semana pasado, no hubiera sido necesario suspender porque, a pesar de haberse anunciado nieve, granizo, lluvias, aguanieve y tormentas, hasta ahora todo no ha pasado de unos minutos de granizo y un poco de nieve en esta zona.

El sábado que pasó, por ejemplo, el partido del equipo de muchachitas U15 (menores de quince, del Pulheimer SC) que entreno, fue suspendido porque había nevado por la mañana y se temía que la nieve terminara cubriendo el campo de juego.

Sin embargo, a partir del mediodía, el sol empezó a brillar con tal intensidad, que toda la nieve caída desapareció en un par de horas como por arte de magia.

Hoy, lunes, muchos colegios -o escuelas- han suspendido algunas de sus clases y cursos, para permitir a los escolares jugar y realizar actividades al aire libre con la nieve.

Por otro lado, la venta de pequeños trineos y otros artilugios semejantes se ha disparado repentinamente.

(Sospecho que muchos, cuando los desempaqueten, van a tener que resignarse a esperar hasta el próximo año.)

El sábado, viendo los partidos de la Bundesliga –la primera división o liga profesional del fútbol alemán-, por ejemplo, vi también cómo las excavadoras retiraban grandes cantidades de nieve hacia los costados de los campos de juego antes del inicio de varios encuentros.

Las líneas demarcatorias se tuvieron que hacer con cal de color rojo y los partidos se empezaron a jugar con una pelota especial, de color anaranjado, para evitar la confusión con el blanco del agua congelada y la nieve.

¿Se imaginan jugando un partido en plena nevada?

Creo que lo que más divirtió a los periodistas deportivos alemanes este fin de semana pasado, fue anunciar que varios jugadores sudamericanos –varios brasileños y un chileno- no solo jugaban por primera vez sobre campos nevados, sino que también era la primera vez que veían nevar.

Personalmente, conozco eso de jugar sobre nieve.

Al final uno termina con los dedos de los pies entumecidos y adoloridos y con la sensación de que te los tienen que cercenar porque los has dejado de sentir desde el comienzo del partido.

Creo que no hay cosa que te enseñe más a amar la vida y a todos tus miembros que un partido sobre la nieve.

Sobre todo cuando el agua helada llega a penetrar los zapatos después de mojarlos (y algo más que los zapatos), y corres con la ropa mojada por los continuos resbalones y caídas, algo en lo que suelo ser un experto.

Con todo, puedo decir que es una experiencia que repetiría varias veces con ganas.

(Eso sí, si inventaran la calefacción rodante, sería mejor.)

Pero es lo mismo que le sucede a los niños cuando juegan en la nieve.

Si están bien abrigados, se divierten y gozan de lo lindo.

A mí me gusta mucho ese espectáculo.

Me apasiona.

En esos casos, me hago un té u otra bebida muy caliente y me siento a contemplarlo a través de alguna ventana.

Si quiero contemplarlo más de cerca, me acerco a la ventana.

Para los niños es lindo.

Sobre todo porque pueden realizar diversas actividades y juegos que normalmente no son posibles: desde arrojarse bolas de nieve simulando una batalla, y construir castillos y hombres de nieve, hasta descender por las cuestas con trineos y patinar sobre hielo.

Pero también porque se produce otro efecto interesante: se activa un mecanismo de termorregulación que hace de esa experiencia única.

En contra de lo que pudiera pensar alguien que nunca lo ha vivido y viene de una zona de clima cálido, puede resultar más que agradable hacerlo.

Por un lado, los músculos, al moverse, producen calor (como cuando tiritamos), creando una agradable sensación interna contrarrestante del frío exterior.

Por otro lado, los capilares de diversas partes del cuerpo, especialmente de las zonas del cuerpo sin cubrir, aumentan su trabajo (la circulación sanguínea) para mantener la temperatura corporal adecuada y constante.

De tal manera que, después de cierto tiempo –partiendo de que se trata de una persona sana y que ha empezado a hacer la actividad física al aire libre suficientemente abrigada y con el calzado adecuado-, aparece una gran sensación de bienestar corporal.

Como si todas las partes del cuerpo se hubieran puesto de acuerdo por unanimidad para mantenerlo a uno activo y caliente.

Bueno, esto es la teoría.

Pero esto explica realmente cómo los niños se pueden pasar horas jugando en la nieve, aunque parcialmente tengan las manos, la cara o las piernas mojadas. Y también que los futbolistas y otros deportistas sigan jugando con pantalones cortos y hasta con camisetas de manga corta a lo largo de más de una hora al aire libre.

¿Cómo carajo lo harán?

Les doy un ejemplo concreto.

Ayer domingo, mis dos hijos menores estuvieron más o menos una hora jugando fuera, y, a pesar de estar con botas de nieve, doble pantalón, triple camiseta, chompa (peruanismo derivado del inglés ‘jumper’, y más o menos sinónimo de otra palabra inglesa muy usada, ‘jersey’), chaqueta polar, guantes, chalina y gorro de lana, después de media hora ya tenían las manos mojadas, así como diferentes partes de las piernas.

Sin embargo, sus manos estaban calientes (me encargué de comprobarlo) y el resto de su cuerpo también.

Como no me lo podía creer, después de unos minutos los hice entrar y como seguían calientes, yo mismo me puse un termómetro para ver si todo andaba bien conmigo.

Por lo general, cuando nieva, no corre viento.

De tal manera que la sensación térmica puede llegar a engañar con facilidad.

A mí me gusta la nieve porque me hace olvidar que vengo de un clima más cálido y que sigo sufriendo con el frío a pesar de los más de veinte años que llevo por aquí.

(Incluso, he llegado a empezar a acomplejarme por eso.)

Como cuando cae nieve pienso en un helado de mi país llamado raspadilla y que se hace -justamente- raspando hielo, me imagino que estoy en el (sub)trópico limeño. Todo esto detrás de la ventana, claro.

Me ha sucedido hoy al sacar las compras de la camioneta, por ejemplo.

Recién después de unos dos minutos a la intemperie, me di cuenta de que no hacía tanto ‘calor’ como creía.

A la tercera ronda, ya me había tenido que poner guantes, otra chaqueta, chalina y gorro, a pesar de tratarse de un trayecto de solo unos pocos metros a la intemperie.

Interesante es recalcar esto último, lo de los guantes.

Como el calor del cuerpo se escapa más rápidamente por las extremidades -pies y piernas, manos y brazos, cuello y cabeza- es importantísimo llevar bien cubiertas y aisladas esas partes del cuerpo en casos así.

Se puede estar muy bien abrigado por todo el cuerpo, pero basta que una sola de esas partes mencionadas del cuerpo no lo estén, para empezar a pasar mucho frío.

Por el contrario, muchas veces una cabeza bien abrigada puede ayudar a ahorrar abrigo en otras partes del cuerpo, especialmente si se cubren las orejas que por su gran superficie y situación, es por donde más se debe –supongo- perder calor corporal.

Pero son cosas que se llegan a aprender con el tiempo y a punta de resfríos.

(¿Será por eso que los orejones que conozco siempre andan resfriados?)

Un buen par de zapatos (basta que sean bien cerrados y con la suela gruesa), guantes (los de lana dejan pasar el viento), chalina y un gorro o sombrero, mantienen mejor la temperatura corporal, porque impiden la pérdida de calor por donde más rápido se pierde.

Por este mismo motivo, los jugadores sudamericanos que mencioné, se habían puesto todos guantes para jugar. Algunos, incluso, unas pantalonetas (¿medias pantalón?) debajo.

De todas maneras, creo que yo no podría jugar en la Bundesliga. Salvo que, con nieve, me permitieran jugar con gorro, chalina y calzoncillo con calefacción propia.

Todo esto me ha hecho recordar algo que siempre me causó curiosidad en los viajes por los Andes de mi país.

Me refiero a un gorro más conocido por su nombre en lengua aymara: el chullo.

Interesantísimo, además, porque aún hoy es muy común ver cómo incluso a grandes alturas y a bajísimas temperaturas, muchos indígenas se pasean calzando sólo ojotas, pero, en cambio, sin que les falte su chullo. O un sombrero.

Es decir, calzando sandalias (sí, sandalias, hechas generalmente del caucho de las llantas –neumáticos- inservibles de los automóviles) o, hasta con los pies completamente descalzos.

¿Cómo es que no sienten frío?, fue una pregunta que me hice siempre en esos viajes, sin poder quitarme la sensación de estar frente a seres infinitamente superiores a mí.

Mejor dicho: ¿Cómo era posible que yo, con zapatones, pantalón grueso, guantes, chompa de alpaca, chaqueta, calzoncillos largos y chalina, siguiera sintiendo frío y ellos no?

No es una broma.

Basta ver las fotografías -no son trucadas- del gran maestro Martín Chambi que siguen.

.

Continúa…

HjorgeV  24-11-2008gigante

pies-desnudos

Fotografía: MARTÍN CHAMBI, PERÚ 1934

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