¿POR QUÉ SALVAR AL SISTEMA FINANCIERO…? (y III)

EL SUEÑO GRINGO

Como es conocido, a mediados de este año, y tras cuatro largos años de debates, la Unión Europea aprobó la ampliación de la jornada de trabajo hasta las 65 horas semanales.

La pugna entre Inglaterra, que defendía hasta 78 horas, y un grupo de países liderados por Francia, partidarios de un límite de 48 horas, quedó así en un término medio.

En la votación decisiva se abstuvieron España, Bélgica, Chipre, Grecia y Hungría.

Un siglo después de que se debatiera y aprobara el régimen de 48 horas (considerado en su momento como un paso histórico civilizado), Europa retrocedía en varios sentidos y aprobaba un incremento de casi el 50% de esa cifra.

DATOS SOBRE EL CONSUMO MUNDIAL

La misma directiva aprobada permite que los acuerdos al respecto se tomen solamente entre empleado y empleador y nunca de forma colectiva.

Si alguien no ha prestado atención: no estoy hablando de las condiciones laborales en China.

Se trata de las nuevas directivas válidas para toda Europa.

Curiosamente, en Alemania los empresarios empezaron a criticar la semana de 35 horas semanales introducida en 1984, justo veinte años después, en un año como el 2004 en el que el país sobresalía en el mundo por el volumen de sus exportaciones.

¿Cómo podía ser esto posible?

¿Mientras mejor trabajaban los alemanes, más horas de trabajo se les exigía?

Pero volvamos a nuestro tema iniciado y que hoy acaba:

¿Por qué se tendría que salvar al sistema financiero mundial?

Aquí en Alemania, no se había llegado todavía a cumplir el ideal de riqueza, bienestar y educación para todos, pero las cosas andaban relativamente bien por ese camino hasta finales del siglo pasado.

De las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, Deutschland se levantaba ordenadamente y enseñaba al mundo que con trabajo, una buena administración, educación y disciplina se podía sacar a su país adelante.

Hasta que llegó el American Dream, el Sueño Gringo.

Y nació Yérmani.

Es decir, entre otras cosas, la Codicia Sin Fin. Algo que los alemanes desconocían mayormente.

Baste decir que cuando llegué a este país, era muy mal visto mostrar símbolos de riqueza.

¿Un reloj de oro o una limosina inmensa?

¡Pfuiiii!, decían los alemanes, demostrando asco.

Hoy (tiempos de crisis) el alemancito común y corriente se contenta con no tener que sacrificar su televisión, su calefacción, su pan, su cerveza y sus vacaciones al extranjero una vez al año.

¿Cultura? ¿Educación? ¿Verdadero progreso social? ¿Arte?

No me hagan reír.

Pero, en caso de un colapso de la economía mundial, ¿saldría este país verdaderamente mal parado?

No lo creo.

Los alemanes han demostrado en estos últimos años un alto sentido de la adaptación a los malos tiempos, del que nadie –ni ellos mismos- se creían capaces.

Después de pasar un par de años bastante duros, la economía alemana se vuelve a recuperar, por ejemplo.

Opino que en caso de un debacle económico, las mentes pensantes del país serían capaces de guiar a su pueblo por el camino que se empezó a abandonar a comienzos de este siglo: consumo inteligente y moderado, educación y formación profesional efectiva para todos, conciencia social y ecológica, solidaridad interna e internacional.

Lo digo, porque puedo percibir a diario el descontento de la gente con las fanfarronadas capitalistas que han llevado a la economía mundial al borde del colapso.

Puedo poner un ejemplo no callejero, también.

Mientras que los Tres Gigantes de Detroit en EEUU ruegan por ser rescatados, la gran mayoría de empresas y bancos privados alemanes se han negado en las últimas semanas a recibir ayuda estatal, porque eso significaría automáticamente pasar a un régimen de control y dependencia por parte del Estado.

¿Qué sucedería en otras partes del mundo en caso de una quiebra del sistema financiero mundial?

¿Saldría usted, latinoamericano que vive en su país de origen, mal parado?

Podría ser.

Dudo que peor de lo que estuvimos en los años ochenta y noventa, cuando el FMI todavía podía hacernos creer que su veneno era medicina, podríamos estar.

Además, muchos de nuestros países han dejado de llamarse subdesarrollados para pasar a considerarse las llamadas Economías Emergentes.

A diferencia de los europeos y usamericanos, en nuestros países se trabaja duro de verdad (no digo eficientemente) y en condiciones que recuerdan muchas veces a esa barbarie que se creía superada y que se llama esclavitud.

Pero así lo quiso el llamado Primer Mundo, así lo decidió cada vez que compró barato, barato, barato, sin interesarse para nada si esa prenda, ese artefacto o ese alimento que compraba (y sigue comprando) había sido muchas veces confeccionado, fabricado o recogido por niños o por hombres y mujeres con un sueldo de perros. (Y eso que los perros no tienen sueldo.)

Y así lo potenció ese mismo mundo –todavía- rico con sus reglas de comercio internacional que hoy sigue manteniendo.

¿Libre comercio?

¿Cuándo existió eso?

Siempre fue un Comercio Conveniente.

(Cuando le pareció injusto el reparto, Europa inventó la piratería en el Caribe, por ejemplo.  )

Comercio Conveniente para el que tenía la posibilidad y el poder para imponer sus condiciones.

Sigamos.

¿Saldrían mal parados los países asiáticos?

Salvo China, probablemente pronto una de las dos mayores potencias mundiales, los demás países asiáticos podrían correr igual suerte que los latinoamericanos mencionados como economías emergentes.

¿POR QUÉ SE DEFIENDE UN SISTEMA CADUCO E INJUSTO?

¿Por qué entonces defiende El País –para poner un solo ejemplo entre muchos- la manutención del sistema financiero actual?

¿Por qué de pronto las famosas leyes del capitalismo (las que incluían tener que aceptar la injusticia y la pobreza como parte de un Sistema Ganador), las mismas que fueron defendidas con ejércitos, guerras e invasiones por todo el mundo, ahora han dejado de valer?

¿Por qué cuando quebraban las pequeñas y medianas empresas –y alguna grande-, llevando a miles de personas al paro y a la miseria, no era importante revisar el sistema?

¿Por qué ahora se defiende rescates que, al final de cuentas, se hace con el dinero del contribuyente?

Ojo aquí.

Porque esos rescates hechos con el erario público, son una forma de emprobrecer a esos contribuyentes o de –por lo menos- poner en riesgo sus riquezas.

Es decir, esos multibillonarios rescates ya están afectando a todos en conjunto en sus respectivos países.

El diario El País es una gran empresa -que pertenece a un grupo mayor, PRISA- que podría venirse abajo más o menos de la noche a la mañana en caso de una debacle financiera global.

De allí su interés en que no suceda.

Pero, ¿qué podría pasar realmente si quebrara ese diario, para ponernos un ejemplo práctico?

Sus periodistas y empleados tendrían que buscarse otros trabajos.

Los mejor pagados tendrían que dejar los buenos vinos, la buena mesa y las buenas vacaciones y volver a los tiempos en los que no era siquiera necesario tener una casa de campo o playa.

Es decir, pasarían a formar parte del gran contingente de españoles que trabajan duro por poco.

Con una gran diferencia, no solo para los españoles.

¿Usted –profesor, maestro, médico, jurista, ingeniero, traductor, periodista- perdería el nivel social alcanzado?

¿Nivel social o solo su Nivel Adquisitivo?

Usted perdería, para empezar, su nivel adquisitivo.

Algo que no lo aceptaría, ¿verdad?

Porque usted está convencido de que se lo ha merecido con su trabajo y esfuerzo, es decir por su excelencia o cualidades personales.

Pero, un momento, ¿desde cuándo la excelencia en el trabajo es (si alguna vez lo fue realmente) algo que se traduce automáticamente en un buen sueldo en el mercado laboral?

Al contrario.

Una sarta de incapaces parece copar los mejores puestos de todas las administraciones –públicas y privadas- de todo el mundo, recibiendo incomparables mejores sueldos a cambio de bancarrotas, quiebras, despidos y pánico mundial.

Bastaría mirar a Bush.

Probablemente el hombre más incompetente, ignorante, cruel, peligroso e irresponsable de la Tierra (todo a la vez), se mantuvo nada menos que 8 años al mando de la potencia que ha empezado a declinar.

Tal vez usted (profesional consciente, empleado responsable y trabajador, obrero leal y pugnaz, investigador científico, ama de casa responsable del hogar de casi todos), precisamente usted, podría tener mayores expectativas y perspectivas en un Nuevo Reacomodamiento Mundial.

Uno en el que se apreciara verdaderamente el valor social de cada profesión, oficio u ocupación pero no por la cantidad de dinero que fuera capaz de fabricar.

Permítanme tomar el ejemplo de Alemania y sus gentes, y ponerme en un caso hipotético.

Desbaratado el sistema, es decir teniendo que:

-compartir el coche para ir a trabajar o asistir a cualquier otra actividad,

-que caminar o

-usar la bicicleta para ir al trabajo,

-cultivar en el jardín previendo tiempos peores,

-confeccionar uno mismo los regalos de cumpleaños,

-usar la ropa y el calzado que llena nuestros armarios solo porque no está de moda,

-reciclar el papel que arrojamos con una estupidez y naturalidad que debería asustarnos,

-armar más fiestas en casa para ahorrar,

-prestarnos los libros de amigos, porque no los podemos comprar (o teniendo que fotocopiarlos),

-visitar más a menudo las bibliotecas públicas (descubrirlas, muchas veces),

-regalar la ropa y los artefactos que definitivamente no volveremos a usar, o venderlos,

-recurrir a los vecinos para ayudarse en problemas menores, aumentando la comunicación social,

-aprender a cocinar más económicamente y más sabroso (porque ya no sería posible visitar tan seguido un restaurante),

-descubrir el turismo en las comarcas vecinas (las que visitan turistas que viajan miles de kilómetros para hacerlo),

-saliendo a pasear por los parques vecinos como si fueran de París,

-visitar los museos y las galerías de arte locales (que seguimos sin conocer, porque solo visitamos los de otros países),

-en fin, teniendo que ver las películas que se podrían alquilar en grupo para ahorrar, entre muchos más ejemplos.

¿Qué perderíamos?

¿No seríamos capaces de conseguirlo sin creer que se nos ha acabado el mundo?

No sé.

Lo digo, tratando de pensar como una persona común y corriente, como un peatón más que no se ha dejado obnubilar por los fuegos fatuos del consumo irracional.

Suponiendo que no se perdieran comodidades elementales como una calefacción eficiente en casa, luz, agua, alimentación, educación, transportes ni el seguro médico, ¿se reduciría o aumentaría la calidad de nuestras vidas?

Creo que tal vez hasta se podría volver a un estilo de vida más sano, solidario y feliz.

A una existencia verdaderamente creativa y consciente.

E inventiva -quién sabe- hasta con los problemas de los verdaderamente necesitados de este planeta.

De esos a los que se les muere un niño dos o tres segundos de hambre o pobreza en general, mientras grandes equipos de científicos construyen naves espaciales para pasear a los verdaderamente ricos de este mundo por la Luna y más allá.

Tal vez se podría alcanzar una verdadera calidad de vida, algo que no nos ha podido dar hasta ahora el consumo desenfrenado y sus burbujas de sabores, colores y luces artificiales y adormecedores.

Algo que no nos ha podido dar la Codicia Sin Fin.

Ni la Idolatría del Dinero.

Sí, todo eso que no ha sido capaz de darnos el Capitalismo.

El famoso Sueño Gringo que ahora amenaza con convertirse en una pesadilla.

.

.HjorgeV 06-12-2008

Nota: Las cifras del video no las he comprobado ni corroborado personalmente, pero sí he partido de que son ciertas en general. Su inclusión obedece más a razones ópticas que ideológicas. HjV

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