SI OBAMA ES ‘NEGRO’, ERGO TAMBIÉN ES ‘BLANCO’

LA VIOLENCIA OCULTA DEL LENGUAJE

Hace unos días leí un artículo titulado “Los maricas están destruyendo el lenguaje”.

Pensé que sólo se trataba de un título provocador, porque la página pertenecía al portal de Ñ, una revista argentina de cultura.

En el mencionado artículo, el autor defendía cierta libertad para decir las cosas “como son” y no como lo pide la llamada corrección política.

Al final, hacía conclusiones como la siguiente:

“La corrección política choca siempre contra la corrección lingüística. El resultado está abierto, es una batalla que se libra cada día y no se sabe todavía quién ganará. Quizás los santurrones acaben matando las buenas maneras lingüísticas“.

VIDEO: EL LENGUAJE

Para seguir en su línea, me permití llamarlo abiertamente RETRÓGADO en un comentario, provocando la indignación de una comentarista.

Le respondí, preguntándole si conocía lo que significaba el término y me defendí con las siguientes citas del mismo artículo:

“El caso de los negros es insigne”

“Los indios ya no se llaman indios”

“Con los homosexuales ya me rendí”

Según mi parecer, lo que más quedaba claro por parte del autor (aparte de sus claras dificultades para orientarse con el uso del idioma en ciertos círculos sociales), es que tenía una relación bastante dificultosa, pesada vamos a decir, con el tema de la homosexualidad.

Dificultad que se había visto agravada, según su relato, en su trato con ciertos homosexuales masculinos.

Transcribo:

“En el sitio de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) explican las diferencias entre una cosa y otra (por ejemplo, entre un homosexual y una lesbiana, pues aparentemente las lesbianas no son homosexuales). Resulta muy iluminador, muy instructivo. Pero también, hasta no hace mucho, había fotos de “nuestras/os activistas” y entonces uno tenía que dejar de leer porque era más interesante reírse de las musculosas que usan los activistas. ¿A quién se le ocurre fotografiarse (o vestirse) con una musculosa y esperar que alguien se lo tome en serio?”

Estas líneas me parecieron penosas, porque, si bien es natural que la vestimenta de otras personas nos pueden llevar a veces a reír, esto no tiene por qué influir en lo que esas personas tengan que decir u opinar ni tiene que afectar a su condición de ciudadanos con derechos y obligaciones como todos los demás.

Digo esto, porque bastaría mostrarle al autor del artículo alguna fotografía de los jueces británicos con sus pelucas, de los muniqueses con sus cortos (pantaloncitos) de cuero y sus sombreritos, los bigotes acaracolados de los coloneses tradicionalistas o el disfraz bufo que tuvo que vestir el escritor hispanoperuano (¿todavía podrá decirse que es nuestro compatriota o ya sólo medio?) Mario Vargas en Alicante no hace mucho, para hacerle notar que eso de vestir ridículamente no solo es algo especialmente relativo sino que es mucho más común de lo que nos parece.

vargas-llosa-estrella-digitalFOTOGRAFÍA TOMADA DE ESTRELLA DIGITAL

Y, sin embargo, no solemos reír.

Muchas veces por simple educación. (Bueno, yo sí he reído al ver la fotografía y me ha vuelto a llamar la atención el sentido de pompa y ‘dignidad’ que tienen ciertas instituciones y personas. ¿Estaría disfrazado de Gran Bonetón?)

Añadí luego en mi comentario, que, simplemente y basándose en esas afirmaciones, era fácil darse cuenta de que quien había escrito el artículo se consideraba ‘blanco’, no se creía homosexual y para colmo era argentino.

Aclaré que lo último era un chiste, porque mi caso era peor, por ser yo mismo peruano. (Otro chiste.)

Aclaré que decía que se creía ‘blanco’, porque no existen las etnias ‘puras’ (¿qué podría ser ‘puro’ en este caso?) y todos provenimos de un tronco común africano.

(¿Un albino africano, qué es?)

Quien no sabe esto en pleno siglo XXI, o no lo aplica, agregué, es un retrógrado. De allí el adjetivo en mi comentario.

El lenguaje (solemos ignorarlo) es materia viva en constante transformación y movimiento.

Algo que va adquiriendo forma con el uso y mal uso que se le da y con las normas que tratan de fijar y orientar ese uso.

Por lo general, termina imponiéndose el uso masivo o mayoritario de las palabras.

Usar adjetivos que pueden ser ofensivos para quienes (obviamente) no son como el que habla y que sufren realidades que el que habla no conoce ni las ha sufrido directamente, es por lo menos irresponsable, no solidario y retrógrado.

Demuestra falta de sensibilidad y respeto, o simple ignorancia.

Quien se cree con derecho a usar el adjetivo ‘negro’ indiscriminadamente, ignora el caso (uno entre millones) de Ann Nixon Cooper, por ejemplo, quien ha relatado cómo en la época segregacionista, le escupían en la cara e insultaban por su doble condición de mujer y descendiente de africanos.

Para ello, los cobardes y abusivos racistas usaban un solo adjetivo: “¡Negra!”

Pero este caso es sólo un ejemplo extremo, porque en la vida diaria también tenemos que cuidarnos permanentemente de saber usar las palabras adecuadas en el momento correcto.

Un periodista que escribe un artículo sobre profesiones callejeras, por ejemplo, usará tranquilamente el término ‘prostituta’ para referirse a las mujeres que viven de alquilar su cuerpo en la calle.

Pero no creo que los hombres que utilicen los servicios de esas mujeres se dirijan a ellas llamándolas así.

(“Hola, prostituta, ¿qué tal?”

De la misma forma que no la llamarían ‘mujer que vives de alquilar tu cuerpo’.

¿Se imaginan a un hombre abordando a una mujer en cierta calle conocida por su especial ajetreo y preguntándole: “Hola, ¿eres prostituta?”?)

Quien entiende esto sabe también -para poner otro ejemplo- que el adjetivo ‘viejo’ es más o menos preciso y, sin embargo, es algo que nos cuidamos de usar con mucho cuidado.

Simplemente, porque es otra de esas palabras que pueden usarse en varios sentidos y con diferentes intenciones y sería necio sustraerse a esa realidad.

(Sobre esto, los colombianos podrían dar buenos ejemplos, porque he escuchado a algunos llamar ‘viejas’ a unas jóvenes presentes en una fiesta. Así como a otros hispanohablantes, la expresión “viejo de mierda”.)

El lenguaje sirve para comunicarse, y no necesariamente para crear  y provocar más sarpullidos porque sí, porque me da la gana de hablar como quiero.

Nadie habla como ‘quiere’.

CANTINFLAS: ¿QUÉ ES LA GRAMÁTICA?

Nuestra forma de pensar (prejuicios, fobias, ignorancias, traumas, soberbias, complejos, buenas y malas intenciones) es la que determina primero cómo hablamos.

Que fulano o mengano, hombre o mujer de la calle, hable como le da la bendita gana, no tendría por qué llamar la atención.

Pero quien tiene cierta formación y conciencia cívica y lingüística (es decir, quien tal vez también ha aceptado racionalmente que este mundo requiere de mucho esfuerzo para repararlo y que el lenguaje es una herramienta necesaria para ese fin) no se puede permitir hablar así porque sí.

Es decir, sin criterio.

Decir negro a lo negro o indio a lo indio debería ser lo natural y correcto. Y de hecho, lo es.

Pero hacerlo sin más y en cualquier situación es no haber comprendido que todo tiene un contexto determinado y que determinadas palabras (no todas, por suerte) tienen cierta carga negativa que no se puede ignorar así nomás.

Y que, así como las palabrotas nos las reservamos para cierto círculo especial de amigos (o no) y otros términos más específicos los usamos sólo en otros determinados, lo mismo estamos haciendo todo el tiempo con el resto del lenguaje.

Si la corrección política choca con la corrección lingüística permanentemente, es porque somos seres pensantes, conscientes de lo que hablamos y decimos.

El periodista no escribe como habla en casa con sus niños.

El escritor no escribe como habla cuando juega un partido de balompié entre amigos, salvo que esa sea su intención específica.

Una novelista no utiliza sus técnicas estilísticas al comentar los acontecimientos del día con su esposo o una amiga.

Una dentista o médica no usa tantas palabras provenientes del latín en una conversación con alguien que acaba de conocer en una fiesta.

Un argentino enterado, informado o medianamente culto, sabrá que el uso que otros hispanohablantes le dan al verbo ‘coger’ nada tiene que ver con lo que él aprendió en la Argentina.

Un muchachito cualquiera sabe que no podrá hablar con el director de la escuela con la misma naturalidad y frescura con que lo hace con sus compañeros cuando ha concluido la jornada escolar.

¿Que hay gente que lo hace?

Por supuesto, pero no es la norma.

Ni lo deseable.

Sería estúpido vivir en África y llamar abiertamente ‘negro’ a todo el mundo (aparte de que, personalmente, no quisiera garantizar por la seguridad de esa persona).

O vivir en el Cuzco, por ejemplo, y dirigirte a los cuzqueños llamándolos ‘indios’.

Sería tan necio como prohibir a los cordobeses -y otros argentinos más- que llamen ‘negro’ a sus seres queridos o amigos.

El lenguaje, justamente por ser una herramienta de comunicación, es algo que está tanteando el terreno, escogiendo caminos y formas, filtrando posibles errores y censurándose todo el tiempo, consciente e inconscientemente.

Nadie le habla a la madre como le habla a la pareja.

Ni al vecino como a los seres queridos.

Solo un palurdo habla con desconocidos como habla con sus pares, sin tener en cuenta la procedencia, situación específica o cultura de esos desconocidos.

Y no sólo en cuanto a las palabras que se usan.

En alemán existe un dicho que, lamentable y paradójicamente se aplica muy poco en este país, tan necesitado de comunicación verdadera e íntima, por lo demás:

El tono hace la música.

Es decir, una misma palabra adquiere distintas connotaciones no solo por el contexto en el que se usa, sino también por la carga emocional, la intencionalidad y la musicalidad (o falta de esta) que la acompaña.

Así, hay palabras cotidianas que sólo para ciertos cavernícolas o enfermos mentales pueden adquirir otro sentido con solo usarlas con determinada intención.

‘Mujer’, por ejemplo.

No es una broma.

Hace unos días en España, por ejemplo, un tipo escribió una carta (obviamente lo hizo por correo anónimo: machista suele ser casi irremediablemente también sinónimo de cobarde) en la que decía cosas como la siguiente:

“¿Sólo matan a 60 mujeres cada año? Es una pena. ¡Habría que matar a 600.000!, a todas, eso sería lo normal.”

Dejando a un lado el obvio –pero no por eso menos peligroso- desequilibrio mental del que la escribió, para tipos como este desquiciado la palabra ‘mujer’ tiene significados y connotaciones totalmente diferentes a los normales.

Es un caso patológico, sí, pero ilustrador de la violencia oculta que pueden llevar las palabras.

El llamar ‘negro’ a un descendiente de africano o a una persona de piel ‘oscura’ (¿no es ‘oscuro’ acaso siempre algo que dependerá del color de la piel del observador?) tiene por lo general poco sentido y sí mucha peligrosidad como palabra, por haber sido un término con un pasado más que maligno y que aún no ha perdido esa malignidad.

Justo ayer, como otro ejemplo, leí un artículo en El País que refería una riña especialmente violenta que había terminado con la muerte por asesinato de un subsahariano.

¿Cómo que subsahariano?, me pregunté.

¿Después de haberse pasado llamando a Obama ‘negro’ con motivo de las elecciones de EEUU (pero también asombrándose y burlándose porque Chávez y Castro hacían lo mismo), los periodistas de El País empiezan a escoger su vocabulario, algo que deberían haber hecho antes y con más tino?

¿Por qué, de pronto, ya no escribieron, por ejemplo “Negros matan a negro”?

SI OBAMA ES ‘NEGRO’, ENTONCES TAMBIÉN ES ‘BLANCO’

¿Que es agotador eso de tener cuidado con todo lo que se dice?

Seguro.

Todo uso consciente y responsable del lenguaje lo es.

Lo lamentable de haber llamado ‘negro’ a Obama (que no lo es, de acuerdo a esas mismas categorías, porque en todo caso sería un mulato y por el color de la piel hasta podría comparársele a muchos españoles andaluces) es que, por resaltar que alguien como él haya accedido a la presidencia de uno de los países más racistas del mundo (todos los países lo son en diferentes medidas), se ha permitido remarcar toda una línea demarcadora del mundo basándose solo en el color de la piel.

No tengo muchas ideas de cuál sea la forma más efectiva de combatir el racismo.

Lo que sí sé a conciencia, es que se trata de una de las lacras más pegajosas, indelebles y perniciosas que puedan existir, junto a la pobreza, la falta de recursos y la falta de educación.

Tal vez la peor lacra dejada por la antigua Colonia Española en nuestros países.

Empero, el no saber cómo combatir exactamente un problema (lo mismo sucede con el caso del sistema financiero mundial) no quiere decir que nos tengamos que cruzar de brazos y resignar a no emprender nada en contra.

Criterio, sería tal vez la palabra clave en este asunto de cuándo y cómo usar qué palabras.

Solo alguien que no lo tiene se podría asombrar de que el mismo adjetivo que en ciertos círculos no llama siquiera la atención, en otros, en cambio, podría servir para que lo bañen con miel y le echen plumas encima antes de ponerlo de patitas en la calle.

Y es que no se debe esperar que alguien sea ‘políticamente correcto’ (en el fondo sinónimo de ‘educado’ o ‘con criterio y tacto’) si sólo hace uso de ciertas convenciones que, en realidad, no las entiende.

Se trata de saber respetar la dignidad de los demás.

(Y no solo porque mañana, 10 de diciembre, se conmemora el Día de los Derechos Humanos y de la dignidad de todas las personas.)

Porque el lenguaje, como herramienta que es, puede ser usado bien o mal. De acuerdo al momento, al interlocutor y al contexto.

De allí la necesidad de usarlo con tacto, permanentemente.

Con criterio, tino y buen olfato. Con sensibilidad, en suma.

Y ya que estamos en esto, tengo una duda.

Si se llama ‘negro’ a Obama por el origen africano de su padre, ¿por qué no llamarlo también ‘blanco’ por el origen de su madre?

….

HjorgeV 09-12-2008

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