SE TAMBALEA EL TREN TEUTÓN

Pasa ya toda una época bastante difícil, Alemania.

Lo que había empezado más o menos a comienzos de este siglo como un claro problema económico (era uno más antiguo y más complejo, estructural, en realidad), se transformó primero en una buena oportunidad para poner a prueba al alemán moderno, quien aceptó de mala gana el reto, pero consiguió hacer de tripas corazón.

Luego, la economía pareció recuperarse: en el país en el que la calidad y el número de vacaciones al año es el tema principal para grandes y pequeños, ricos, pudientes y menos pudientes.

Los alemanes habían tardado en comprender que la fiesta se había acabado y que la resaca (económica) comenzaba, pero cuando llegó el dolor de cabeza lo aceptaron.

EL TREN BALA ALEMÁN (1931)

Y se portaron con disciplina y estoicismo, algo que pocos habían esperado en una situación así.

¿Había que ahorrar?

Los alemanes ahorraron sistemáticamente con lápiz y papel en mano y candados en los bolsillos.

Consiguiendo inmediatamente que la producción de productos como el lápiz, el papel y los candados azuzaran al resto de la economía.

(Es un decir, pero algo así sucedió realmente: aumentó la venta de ciertos productos que demostraban que se estaba ahorrando pero sin sacrificar –todavía- ciertas comodidades y placeres.)

¿Había que soportar cambiar de trabajo o trabajar más para ganar menos?

Los alemanes, calladitos, aprendieron a soportar horarios abiertos y obvio mal pago.

Aprendieron lo que era imposible o muy raro hasta hacía diez años: tener que trabajar en un ramo o especialidad diferente a lo aprendido o habitual.

Apenas alguien se quejó, porque se vio que el mal se repartía más o menos por toda la sociedad.

(No era cierto, los verdaderamente ricos se volvían escandalosamente más ricos, solo que se quejaban más y exigían un Estado más liberal. Y los verdaderamente pobres se volvieron más pobres, pero –como siempre- nadie los escuchó o no tenían voz, en un proceso que parece no tener fin.)

¡Se había salvado la cara ante la crisis!, pensaron los alemanes.

Después de todo, la historia de los vuelos baratos (¡las sagradas vacaciones!) acababa de comenzar (ahora ya está terminando) y la cerveza seguía teniendo buen precio.

Ni siquiera el precio de la cerveza ha conseguido más que irritar a mis convivientes, a pesar de que en el término de apenas un lustro, ha subido en más del 50% en muchos lugares su precio y hasta 100% en algunos.

(Me refiero al precio en bares y tabernas. Curiosamente, el precio del vino, la bebida de los más pudientes, se ha reducido enormemente en los supermercados, además de haber aumentado y mejorado claramente la oferta.)

Entonces, llegó el Mundial del 2006 en casa, y, aunque las cosas seguían sin aclararse, el pueblo germano se lanzó a celebrar(se) a las calles y tabernas, y dejó que fueran los políticos los que se encargaran de la dirección del barco, perdón, locomotora, mientras ellos celebraban.

¿No habían esperado acaso décadas desde la guerra para poder lanzarse sin pudor a las calles y lucir la bandera alemana, otrora símbolo de oprobio?

Los alemanes, como gente de gran sentido práctico, sabían que no tenían que estar enamorados de sus políticos –ni éstos de ellos- para poder confiar en su trabajo.

Muchos matrimonios se soportan así, décadas incluso, después de todo, ¿por qué no aplicarlo a la política?

Los políticos, sin embargo, ¿por qué iban a cambiar de la noche a la mañana?

¿Por qué debían interesarse seriamente en el rumbo del país cuando lo que se les pide desde siempre es saberse vender bien cada par de años en las elecciones?

Algo que tampoco le importó al alemán común.

Encima, se enteró de que Siemens se había mantenido internacionalmente en lo alto no solo a punta de calidad, sino también gracias a un (casi) perfectamente regulado sistema de sobornos, y alimentado éste por una banca negra interna.

Se enteró también de que Volkswagen hacía lo mismo y que los directivos de los bancos podían ser todo, menos personas interesadas en el bien común del país.

Se enteraron de que los grandes managers y directivos vendían una imagen de sabios y gurús, manejaban a sus empleados como un harén, cobraban como estrellas de fútbol, pero manejaban el dinero de sus clientes como en un casino y se portaban como niños a la hora de asumir su responsabilidad.

¿Qué era esto?, debió preguntarse más de uno.

Pero entonces, los alemanes se decidieron por cerrar los ojos.

Y aceptaron la doctrina que hasta hace poco hacía furor en el mundo: “Sacrifiquemos nuestras vidas y nuestro país por el comercio, que el resto vendrá solo”.

El resto vendrá solo.

Resto vendrá solo.

Vendrá solo.

Solo.

Ya parecía la letra de una canción.

Solo que nunca vino.

Y los alemanes, teniendo toda la formación y la infraestructura necesaria para ser uno de los primeros del mundo en plantear una nueva respuesta global –como país, como sociedad- a la crisis generalizada de este planeta, dejaron pasar la oportunidad y se concentraron en otra cosa.

¿Había que ahorrar?

Ahorraron también en educación y formación profesional.

En las universidades.

Ahorraron en los jardines de la infancia y en las escuelas iniciales.

En la verdadera ciencia, aquella que no busca necesariamente el lucro.

Ahogaron a sus verdaderos sacerdotes: a sus maestros y profesores.

Es decir, ahorraron en su propio futuro y lo invirtieron todo en la maquinaria del llamado mercado libre.

Por otro lado, siguieron persiguiendo el rito -ya mito- de las vacaciones como el bálsamo para todo: estrés, frustración, simple cansancio, estatus social, aburrimiento o, simplemente, para que nadie fuera a hablar mal de uno si en vez de dejar la ciudad, se quedaba en las vacaciones en casa.

¡Como si la humanidad no hubiera podido sobrevivir cientos de miles de años sin ese rito!

(¿O es eso, por el contrario, lo que explica que hayamos poblado todos los rincones del planeta, tan hábiles para ello solo como las ratas y otros bichos menores pero al parecer más inteligentes que nosotros?)

Pero entonces, cometieron un error más grave aún: se dejó que la industria fuera la que tomara las grandes decisiones.

Incluso aquellas relacionadas directamente con las ciencias y la formación universitaria.

El alemán se concentró en eso: trabajar, darle duro al trabajo industrial, producir, producir, vender, vender.

Al resto se cerró los ojos.

Ya vendrían los resultados del mercado libre, ya se regularía todo por sí solo.

Por sí solo.

Pero no ha sido así, como ya todos sabemos.

Ahora que empieza a llegar el verdadero remezón sísmico y se afirma que “la locomotora alemana está frenando a marchas forzadas”, los alemanes vuelven a recurrir a su gran sentido práctico y aceptan que solo queda evitar el mal peor: una verdadera recesión económica.

Por ahora, el consumo no se ha detenido especialmente, la gente ha cambiado claramente de gustos e intereses, hay más interés en ahorrar, pero se sigue dando lo máximo.

Vale decir, la fórmula de estirar deportivamente hasta fin de mes todo lo que entra en sueldos a la canasta familiar, se trate de 800 ó 3.000 euros.

No se ve, no se ha visto todavía pánico en este país, tan conocido por su capacidad para esconder sus verdaderos sentimientos.

(Sin que esto signifique que no los tenga o que los falsee: simplemente evita expresarlos).

Pero llegará el momento en que su sentido práctico –es mi opinión- tendrá que hacerles ver que esa tampoco es la solución.

Quiero imaginarme a la misma locomotora de la siguiente manera:

Se ha perdido el control sobre ella y nadie sabe adónde va.

Los pasajeros están de acuerdo en que lo más importante es salvar el mayor número posible de vidas, no vaya a ser que su vehículo termine estrellándose y no lo hayan previsto.

Dentro de esa locomotora, me imagino la posibilidad de que existan varias cabezas pensando en cosas en las que normalmente nadie piensa.

Gente que, por pensar en esas otras cosas, no ven el peligro o no les interesa porque ya hay suficiente gente concentrada en él. Lo suyo es de otra naturaleza.

Me imagino a esas contadas cabezas como niños inmersos en sus propios mundos de preguntas y búsqueda de respuestas, moviéndose por los vagones –acaso inspeccionando puertas, ventanas, techos y suelos para acabar de entender el todo- y preguntándose cosas tan elementales como:

¿Alguien sabe si la locomotora tenía verdaderamente un destino original?

En caso de accidente inevitable, ¿será posible reconstruirla y darle un nuevo rumbo?

¿Quién lleva realmente el control (mecánico) de la locomotora?

¿Quién decide verdaderamente qué se hace con ella (por contraste con el control mecánico)?

¿Lo deciden todos los pasajeros o solo unos cuantos?

¿Con qué objetivos?

¿Están asumiendo los responsables de lo que sucede su responsabilidad?

¿Qué hacen estos concretamente en ese sentido?

¿Sabe realmente la gente en lo que está metida?

Pero esas cabezas infantiles (por ingenuas, es decir, por no corruptas) son insignificantes y apenas son tomadas en serio en este país.

¡Qué falta hacen ahora que he descubierto en estas semanas con verdadera estupefacción, que los alemanes están tan concentrados en sí mismos -pero sin atinar a ocuparse de cuestiones verdaderamente trascendentales-, que muchos le han dado prácticamente todo su apoyo al Terrorismo Consentido de Estado israelí, sin detenerse a pensar que de ese tipo de apoyo irreflexivo, arrogante con el débil e irracional en su lógica, se sirvió el Nazismo en su ominosa época en este mismo país!


HjorgeV 19-01-2009

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