LIBROS QUE SE ATRAGANTAN

SE ME CAYÓ EL PODER DEL PERRO DE LAS MANOS

Se me cayó la novela El poder del perro de Don Winslow de las manos.

¿Cuándo sucedió, que apenas me he dado cuenta?

¿En qué momento perdió (perdí) su magia que me había llevado a dosificar su lectura como si de un magnífico manjar o de una droga singular y de alta calidad se tratara?

¿En qué momento pasó a las huestes del Desencanto, esa dama a la que le tienes que rogar mucho para que se vuelva a animar?

¿Cuándo se me escapó de las manos y pasó a formar parte de ese contingente de libros que no he podido terminar de leer y que mantengo en un estante de cristal en una esquina de mi dormitorio para poder tenerlos siempre presente y recordar que siguen como tareas pospuestas?

Me había entusiasmado tanto que había llegado a escribir algunas líneas sobre la novela de Don Winslow en estas páginas.

GOMAESPUMA: EL VENDEDOR DE LIBROS

Aunque sabía que se trataba de un libro del género sangriento (por decirlo de alguna manera, así como hay películas hemorrágicas, es decir, cuyo primer fin es satisfacer a esos millones y millones de dráculas visuales que parecen poblar este planeta), género que suelo detestar y evitar, el libro me fascinó desde un comienzo.

Las primeras 200 páginas se leen de golpe, con frenesí.

Pero, entonces, el pulso de la narración empieza a decaer también de golpe. La sangre parece habérsele terminado al narrador y éste llega casi a desaparecer, tal vez porque es el único acreditado para ir a conseguir más combustible carmesí.

El relato se llena entonces de lugares comunes gringos como aquel de la supuesta maldad innata de los mexicanos.

Y no es que crea que los mafiosos narcotraficantes de ese país son unos santos y que no sepa que se están matando actualmente con especial empeño y fantasía. Pero, ¿qué podríamos decir para hablar de maldades -por comparación- del lindo trabajo de EEUU en Afganistán e Irak y del de Israel en un par de semanas en Gaza?

Que esas son cosas de ejércitos, podría decir alguno, es decir, de matanzas oficiales. (Lo cual es, obviamente, peor.)

(¿O tengo que mencionar Hiroshima, Nagasaki y Vietnam? ¿O bastaría con Al Capone y su época? ¿O con esos muchachitos que despiertan un día y se bajan a tiros a medio colegio o universidad?)

Luego, aparece en el relato una guapísima prostituta usamericana de alto nivel, quien, justo cuando está en el centro de la Ciudad de México, y habiendo vivido momentos atrás un terremoto que la ha sacado de su hotel, se entiende de buenas a primeras con un sacerdote mexicano (en castellano), a quien le confiesa inmediatamente cuál es su profesión.

Reproduzco el diálogo en mención:

-¿Vives en la Ciudad de México, Nora?

-No, vine por negocios.

-¿A qué clase de negocios te dedicas?

Ella le mira a los ojos.

-Soy una call girl.

-Me temo que no…

-Una prostituta.

-Ah.

-¿A qué te dedicas tú?

Él sonríe.

-Soy cura.

-No vas vestido de cura.

-Tú no vas vestida como prostituta –replica él-. De hecho, soy algo peor que un cura, soy un obispo. Un arzobispo.

Hay que tener en cuenta que la conversación anterior no tiene lugar en un cóctel de bienvenida ni nada por el estilo, sino en plena calle y muy poco después de haber ocurrido el gran terremoto de 1985, es decir, cuando toda la ciudad se encuentra todavía totalmente conmocionada y preocupada solo por rescatar a los posibles sobrevivientes.

Detallitos como el anterior y otros más (especialmente memorable el de la invención de unos ‘lavabos públicos que hay alrededor de la plaza’, en los que después se encuentran dos mafiosos y uno de ellos ‘empieza a examinar los cubículos para ver si están vacíos’) son los que seguramente contribuyeron a desinteresarme más de la lectura.

¿Lavabos públicos alrededor de la plaza con motivo de unas festividades en una provincia mexicana?

De ser cierto, tendría que felicitar a los mexicanos, porque ni aquí en Alemania se llega a tal nivel de organización para muchas festividades.

Lo peor es que el narrador luego vuelve con fuerza a lo suyo (narrar bien), pero ahora el tema de fondo es El Alcance de los Chorros de Sangre, es decir, una guerra especialmente sangrienta en la que Winslow, como buen useño (de USA) no deja de recurrir a uno de los temas y lugares comunes más trillados de la cultura de su país: El Salvador Solitario del Mundo.

Sí, creo que ese fue el momento en que se me debió caer la novela de las manos y, cuando me volví a dar cuenta, El poder del perro había terminado en el grupo de los libros de mi estante de cristal.

Una pena.  Sí.

Aunque me he propuesto insistir con su lectura. (En este específico caso, la curiosidad por el desenlace de la historia es grande.)

A ese grupo de libros casi-descartados que mencionaba al comienzo, acababa de agregar varios libros interesantes más:

1. Tokio blues, de Haruki Murakami.

El japonés me tenía fascinado con todo lo que había leído de él (más bien poco) hasta empezar esta novela, que bien me ha hecho recordar las nunca bien reconocidas cualidades somníferas de la lectura a ciertas horas o momentos del día.

¿Por qué la he dejado?

¿Por qué tendría que haberla seguido?, sería mi contrapregunta.

Creo que se trata de un asunto de concepciones. Para mí, una novela que no sea un relato coherente y con un principio y fin definidos, tiene que tener mucho de otras cosas (magia narrativa, personajes interesantes y vivos, humor) para poder seguir leyéndola.

Tokio blues no tenía mucho para ofrecerme en ese otro sentido.

Algo que podría hablar también muy mal de mí (por no saberlo apreciar), claro.

2. El mal de Montano, de Vila-Matas.

El barcelonés es un tipo divertido, al cual muchas veces no se le entiende el chiste. Su novela seguramente lo es también, o tendría que haberlo sido, y no está mal para tratarse de un Mal tan importante para gente como el que esto escribe (su personaje es un enfermo de literatura), pero me dejó pronto con la sensación de estar observando al mago por detrás. Sin que él lo sepa, se entiende.

Peor, tal vez.

La sensación del que descubre cómo la bailarina que tanto admiramos en sus funciones nocturnas, cuida de día sus afeites, postizos y prótesis que la convertirán de noche en otra persona.

Ver los mecanismos y trucos de un escritor no tendría por qué haber sido decisivo para mi abandono (porque bien podría haber aprendido mucho de él), pero su texto saturado de citas y guiños literarios me cansó rápidamente.

Me hizo recordar el caso de un amigo escritor al presentar su último cuento.

La noche de la presentación notamos que el texto estaba tan salpicado de citas ajenas, que a punto estuvimos de preguntarle al final de la velada si no había traído algo suyo.

3. El ruido y la furia, de Faulkner.

Considerada una de las obras claves del gran escritor usamericano, me ha servido varias veces para cuajar una buena siesta.

Como se dice que el título de la novela alude a una escena del Macbeth de Shakespeare, que la novela sería una síntesis del verso que inspiró a Faulkner y que describe la vida contada por un idiota, me siento aliviado.

Porque, así, puedo ampararme una y otra vez en mi idiotez para justificar mi aburrimiento.

Curiosamente, cada vez que menciono que no he podido pasar de las primeras páginas de esta novela de puro tedio, siempre aparece alguien y me lo vuelve a recomendar con especial encomio.

4. Guerra a la luz de las velas, del limeño Daniel Alarcón.

Este libro ha sido alabado, loado y vuelto a alabar.

A pesar de las loas y alabanzas, no he conseguido –en varias oportunidades- siquiera amistarme con él.

Del libro de Alarcón debo decir que, a pesar de que sus relatos se suponen localizados en el Perú (donde vivió de niño, ahora debe ser useño), no he podido evitar la sensación de extrañeza: de estar leyendo algo que teniendo que ver conmigo (con mi pasado), no lo siento así.

Lamentablemente, su prosa (traducida del inglés) no me ha atrapado lo suficiente en su magia, como para pasar por alto esa rara sensación. Estoy seguro de que lo volveré a intentar.

5. Fever Pitch, de Nick Hornby.

Este es un libro que cada año (¡es del 1992!) me propongo terminar de leer, sin haber podido pasar en todos estos años de las primeras páginas.

¿A qué se debe?

Del libro de Hornby debo decir que solo conozco la versión en alemán y que tal vez en el subtítulo esté la razón de mi atragantamiento: La historia de un fanático.

La gente que sabe que me fascina el balompié y que sigo jugándolo regularmente –además de ser entrenador de un equipo de muchachitas- me lo sigue recomendando.

Aquí en Alemania tiene muy buena fama y goza de un estatus de gran culto.

No obstante, una cosa es amar el balompié (mi caso), y, otra, ser fanático del fútbol.

Para empezar, el balompié es la versión original y no necesariamente comercial de este último.

Para terminar: a los fanáticos, no los entiendo.

Y a estos últimos pertenece Hornby. Para mi desgracia. Aunque no pierdo las esperanzas de poder continuarlo alguna vez.

¿Considero a estos libros que se me han atragantado como malos o mal logrados?

De ninguna manera.

La interacción libro/lector es mucho más compleja y un fenómeno del que –curiosamente- no se ha ocupado la publicidad.

Porque un buen lema propagandístico de muchas grandes obras podría ser el siguiente:

¡Compre este libro: alguna vez llegará a gustarle y a comprender su importancia!

$ …..

HjorgeV 17-02-2009

2 thoughts on “LIBROS QUE SE ATRAGANTAN

  1. Quisiera aportar un par de obras a tu lista.
    Exit Ghost, de Phillip Roth.
    Aunque inicialmente la trama te envuelve, pues trata de un sexagenario que padece cáncer de próstata aderezada por la elección robada por Bush en 2004, luego te termina adormeciendo un poco, para mí, por la abundancia de ideas inconclusas. Pero quién soy yo para criticar a Felipe.
    The Falls de Joyce Carol Oates.

    Rpta.: Sigo sin conocer a la Oates. De Roth, en cambio, me ha gustado casi todo. Curiosamente, Exit Ghost (versión alemana) me la leí de un tirón en un viaje en automóvil y es obvio que el carácter perentorio de la situación debió aligerar la lectura. Me pareció una gran despedida de ese gran judío useño que alguna vez se llevará el Nobel. Pero él continúa escribiendo como si nada. Saludos. HjV

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