ÚLTIMO DÍA DE CARNAVAL


MIÉRCOLES DE CENIZA

-¿Y? ¿Celebraste bien el carnaval? –me pregunta uno de los vecinos del pueblo.

Como yo, está esperando que su hijo termine su clase de gimnasia de los miércoles por la tarde.

Tengo un libro en mis manos, levanto la vista y debo suponer que no ha notado que estoy leyendo.

Como hace buen tiempo, es decir, no está lloviendo, muchos de los adultos que esperan han salido al aire libre o han regresado a sus casas para volver al final de la clase de gimnasia. Vivimos en un pueblucho de las afueras de Colonia, las distancias se recorren a pie o en bicicleta y muy raras veces en automóvil.

-¿El carnaval? –repito la pregunta, porque no sé qué responderle, me ha pescado concentrado en mi libro.

 

 

Normalmente yo mismo suelo hacer la pregunta a los demás de otra forma:

-¿Y? ¿Has sobrevivido al carnaval?

Lo digo así, porque es sabido que muchos coloneses huyen de su propia ciudad en estos días. Muchos extranjeros hacen lo mismo, si pueden. Pero esto es un pueblo. En el centro de Colonia, el rostro de la ciudad se transforma notablemente para recibir (y sobrevivir) el carnaval.

¿Alguien puede pensar que exagero?

En las calles más críticas, se construyen barreras provisionales para impedir que el gentío destroce con su simple paso fachadas, escaparates, jardines, maceteros y ventanas.

Los dueños de los bares más concurridos cubren las paredes de sus establecimientos con varias capas de papel metálico de colores: aparentando decoración, lo que hacen en realidad es proteger las paredes contra todo tipo de golpes, secreciones humanas y devoluciones estomacales.

No estoy exagerando. Una vez vi a un tipo orinando en una maceta de un negocio. Dentro del negocio, quiero decir.

El negocio era mío.

He sido testigo de lo mejor y de lo peor del carnaval colonés en todos estos años y sigo siendo de los que prefieren mantenerse lo suficientemente alejado de él, a pesar de haber vivido algunas buenas aventuras en los primeros tiempos (cuando el sida apenas se conocía).

-Me he mantenido al margen, como siempre –le respondo al hombre, con una de mis respuestas estándar.

Debe haber empezado la treintena y lleva el cabello al rape, como está de moda en aquellos que ya a esa edad les queda muy poco pelo.

-¿Cómo? –pregunta él, asombrado-. ¿No has celebrado el carnaval?

Manteniendo el libro entre mis manos, pero sin cerrarlo, me lo quedo mirando y no se me ocurre qué diablos responderle.

¿Cree este tipo verdaderamente que todo el mundo lo celebra por estos lares? Pienso un momento, y concluyo que todo lo que quiere es buscar un poco de conversación.

Le cuento que cuando llegué a Colonia hace más de veinte años viví por primera vez el carnaval colonés sin que me hicieran ninguna advertencia.

-Fue una experiencia desconcertante –le empiezo a contar-. De pronto, los tímidos se habían vuelto unos payasos programados para reír y cantar durante varios días, y los más abiertos te querían abrazar todo el tiempo. El resto hacía cosas que no le habías conocido el resto del año. Creo que sigo sin soportar ese tipo de metamorfosis temporal.

-Eso es justamente lo bueno del carnaval –me dice él, con una sonrisa de complicidad.

-Puede ser –le respondo-. Lo malo fue que a la semana siguiente, inocentemente, quise hacer lo mismo con mis amigos y conocidos coloneses (ya había acabado el carnaval) y me ignoraron por completo. Otros se molestaron en serio. Desconocía que la gente aprovechaba el carnaval para soltar el cerdo, como se dice en tu idioma.

-¿No celebran el carnaval en tu país?

Trato de hacer memoria. Recuerdo fiestas de adultos con orquestas, mascaritas y mucho confeti. Recuerdo el juego con agua en las calles, tan molesto para los afectados, tan divertido para los jugadores. Recuerdo las magníficas fiestas del Club Regatas Unión de La Punta, en mi época de remero de ese club. Las chicas guapísimas.

A esas fiestas nos colábamos subiendo una simple escalera desde los dormitorios destinados a los bogas. Como no estaba prohibido hacerlo, entrábamos disfrazados de salvavidas. Se lo cuento. No me entiende.

-¿Cómo que disfrazados de salvavidas?

-Con una simple ropa de baño –le explico.

-¿Y el frío? –pregunta él.

-En nuestro hemisferio es verano.

-Ah.

Mientras me cuenta que él no se ha perdido ningún día del carnaval y que lo ha aprovechado para presenciar varios desfiles en diferentes lugares, recuerdo que uno de los últimos desfiles que presencié voluntariamente se celebraron a -18ºC. Sí, a 18 grados bajo cero.

¿Por qué varios desfiles?, quiero preguntarle, pero enseguida recuerdo la razón: la mayor atracción de los desfiles para muchos la constituye el lanzamiento de caramelos, dulces, flores y chucherías diversas desde los vehículos participantes del corso.

Muchos adultos gozan pescando caramelos y chocolates en el aire, o recogiéndolos del suelo, en una actividad que se podría tomar como neta y exclusivamente infantil. Pero, no, paradójicamente, muchos adultos gozan como niños peleándose por un par de caramelos lanzados al paso por los carnavalistas.

Mientras me cuenta sus hazañas carnavaleras, me pongo a pensar en mi lectura, un magnífico libro de Ray Bradbury, con un extraño título: Zen en el arte de escribir.

Luego me lo imagino levantando sus brazos y gritando para exigir el lanzamiento de caramelos. Llenando con contento sus bolsas. Llegando a casa y esparciendo todo el contenido sobre el suelo, como un niño.

¿Y si alguna vez no hubiera carnaval?, me pregunto.

¿Qué haría toda esa gente que espera estas fechas del año para sacar afuera el cerdo (diablo, tigre, cucaracha, serpiente o vampiro) que llevan dentro?

Los coloneses, por lo menos, se han dejado arrebatar muy pocas veces su carnaval.

Desde su aparición en 1823, solo las guerras han podido interrumpir la celebración que empieza puntualmente el 11 del 11 (noviembre) a las 11:11 horas, y que incluye reuniones multitudinarias, diversas ceremonias y desfiles (siendo el principal el Lunes de Rosas), y la quema del Ño Carnavalón la noche del martes al dar las doce y pasar al Miércoles de Ceniza, hoy.

En 1871 fue por la guerra franco alemana.

Luego, la Primera Guerra Mundial y la ocupación de Renania hicieron imposible la celebración durante más de una década, de 1915 a 1926.

La pausa a la que obligó la Segunda Guerra fue ligeramente más corta, de 1940 a 1949.

Pero tal vez uno de los carnavales más interesantes que haya vivido esta ciudad fue el del año 1991.

Debido a la Guerra del Golfo, el comité organizador decidió cancelar esa vez los desfiles oficiales para no coludir con diversas manifestaciones antibélicas.

Sin embargo, y para sorpresa de toda la ciudad, los manifestantes y los carnavalistas terminaron recorriendo juntos las calles de la ciudad, reunidos bajo el lema: Kamelle statt Bomben (‘Caramelos en vez de bombas’).

(¡Kamelle! ¡Kamelle! es el grito de las masas exigiendo el lanzamiento de caramelos y demás golosinas al paso de las comparsas.)

Había resucitado, así, y haciendo honor a su nombre, el casi olvidado Desfile de Fantasmas.

Una especie de desfile alternativo –y con marcado carácter político contestatario- presente desde el comienzo, 1823, y que había sido prohibido en la Primera Guerra Mundial.

En el Desfile de Fantasmas, el Geisterzug, puede participar cualquiera con cualquier tipo de disfraz y cuando lo desee, a diferencia del carnaval oficial que tiene normas muy estrictas de participación.

Los grupos que más suelen llamar la atención en los últimos años y que se han puesto de moda en el Desfile Fantasmal, son las Escolas de Samba alemanas.

Si bien al comienzo había que saber qué tipo de música era la que estaban tocando para poder entender de qué iba la cosa, me cuentan que ya no es tanto así.

Vuelvo a la realidad.

Salen los niños de su clase de gimnasia, me despido del vecino del pueblo y regresamos a casa.

En el camino me encuentro con una joven vecina, una rubia de cabello corto, madre de un niño compañero de mi hijo.

-¿Qué te oprime? –le pregunto, porque la conozco y la veo especialmente descompuesta.

Echa a reír.

-Es el carnaval –me dice-. Hoy es el último día.

-Caramba –digo, más para mí, al imaginarme qué es lo que ha tenido que beber todos estos días para que se le vea así.

Luego recuerdo haber escuchado en la radio que los casos de peleas callejeras se han multiplicado por cuatro en este carnaval y que la cajera del supermercado (una turca con aspecto de alemana) me contó que las señales de tránsito de la vía que une este pueblo con el suyo amanecieron destruidas el domingo.

En el camino procuro aguzar mi vista, y descubro en las calles principales del pueblo restos minúsculos de envolturas de los caramelos y demás dulces lanzados por los carnavalistas en su desfile.

Aguzo más la vista y veo que esas partículas de colores están por todas partes: aceras, pistas, jardines y parques.

Los vehículos de limpieza trituran los restos y luego los barren, pero no pueden evitar que queden diminutos restos.

Solo es cuestión de prestar atención a ese mosaico de colores.

Concentrándose bien es posible reconstruir la misma imagen repetida: adultos con sus niños al lado presenciando el desfile carnavalesco.

Los niños son un pretexto, estoy seguro.

A lo que en verdad han venido esos adultos, es a llenar sus propias bolsas con golosinas y a elevar los brazos, y a gritar al paso de las comparsas.

Luego, la mayor parte de esos dulces y chucherías terminarán en el basurero porque son mayormente de pésima calidad.

Y pasará un año más y la misma gente traerá a sus niños y volverá a levantar las manos para gritar:

¡Kamelle, Kamelle!

Como cuando ellos mismos eran pequeños.

Para sacar -también- el niño que cada uno lleva dentro.

$ …..

HjorgeV 23-02-2009

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2 comments

  1. Hola Libreta.
    Tengo una mas:
    “Los hombres tienen sexo para sentirse bien, las mujeres necesitan sentirse bien para tener sexo”.
    Puedes cambiar la palabra “sexo” por “hacer el amor” segun sea el caso y/o la circunstancia.
    Salud.

    Rpta.: Está buena, Carpeta. Según eso, mi caso sería un círculo vicioso. Salud y saludos. HjV

  2. Ufff… no sabía que se celebrara un carnaval en Köln por estas fechas, que extraño, se supone que el carnaval es originaria de una celebración estival pagana.

    De todos modos, se me hace una imagen inverosímil -cuando no alegre- ver a adultos alemanes agitando los brazos al grito de “caramelos!” con 18° C bajo cero… pero la verdad, creo que eso es mas saludable que andar con miedo a que te mojen hasta la ropa interior si uno anda caminando por las calles limeñas -o chalacas- y que además en domingo, una turba de pandilleros-pirañas te llene de pintura y betún a la prepo, so excusa del “carnaval”.

    Antes pensaba en eso de “todo tiempo pasado fue mejor” y demás mezquindades (en la mayoría de las veces) sobre “los carnavales de antaño”, hasta que leí la descripción que hizo Gerstäecker del carnaval de Lima a mediados del siglo XIX… cuya única diferencia con el de ahora era la ropa que usaban las personas y el año que marcaba el calendario.

    Saludos Jorge, siempre un gusto leer tu blog.

    PD. La Municipalidad de Lima Metropolitana ha sancionado pecuniariamente con multas a aquellos revoltosos empapa-transeúntes estivales… aunque muchas veces dicha ley es letra muerta.

    PD2. Este año si que hubo una verdadera celebración de carnaval con corso desde Barranco hasta Chorrillos por la playa, en un gesto de cordialidad intervecinal sin precedentes, enmarcado dentro de las normas del respeto mutuo.

    Olvidaba colocar un link simpático:

    Nos vemos!

    Rpta.: ¡Recomiendo ver este video del carnaval de barrio de Barranco! Esto es otra cosa, Eduardo. Como una fiesta en casa, pero multitudinaria: cada uno en su onda y a su aire, con mucha libertad de movimientos y de acción, relajo completo, cosas ricas para comer en el camino. Qué envidia. Y con calor, además. Saludos y gracias mil por tus comentarios. HjV

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