HISTORIAS DE METROS Y SUBTES (I)

Mi afición por la novela negra me ha llevado a más de un buen descubrimiento.

De adolescente me leí todas las novelas de Agatha Christie en las tardes de un frío invierno limeño, con una manta sobre las piernas y un té de Ceilán (hoy Sri Lanka), tan amargo y oscuro que nadie lo quería beber en casa y que estuvo a punto de ir a parar al basurero.

Es un sabor que no he podido rescatar.

(¿O inventamos más que recordamos a veces?)

Por otra parte, dudo de que me pueda volver a soplar las novelas de la británica de un tirón como lo hice aquella vez.

(¿Volveré a leerla?)

Simplemente, porque cada literatura o narrativa tiene su momento en la vida de una persona y me imagino que solo la verdadera literatura logra sobrevivir a los años, a los cambios personales -ideológicos y físicos, sentimentales y morales- de una persona.

DANZANTES ACRÓBATAS EN EL METRO DE NUEVA YORK

Me gusta la llamada novela negra por su capacidad para pescarte del cuello como lector, para meterte a un mundo que no es tuyo y llevarte (arrastrarte) hasta al final más o menos sin que te des cuenta.

Pero no me atrae la violencia, ni la sangre.

A pesar de que en mi juventud llegué a hacer por lo menos dos cursos de Anatomía en la facultad de medicina de San Fernando y supe lo que era comer una merienda entre los cadáveres de la vecina Morgue de Lima que teníamos que diseccionar, esquivo las historias que se recrean en la maldad gratuita humana.

Lo mismo que eludo la violencia por la violencia misma.

(Una novela del británico Lee Child me está esperando sobre la cama. Voy por la mitad y ya empiezo a lamentar la paradoja de un buen libro: conforme avanzas porque te gusta, lo vas disminuyendo. He leído un par de obras de ese autor británico y  puedo recomendarlo casi a ciegas, a pesar de algunas de sus escenas de ‘acción’.)

Leyendo la peor novela que conozco hasta ahora de Jeffery Deaver, El bailarín de la muerte, me topé con un párrafo interesante que tenía que ver con el subte o metro de Nueva York.

El libro me aburrió, lo lancé a la basura (con placer, además), pero me quedé fascinado con las siguientes líneas:

Fue en la década de 1860 cuando Alfred Beach, el editor del New York Sun y el Scientific American, decidió adaptar su idea de transmitir mensajes a través de pequeños tubos neumáticos al transporte de personas por vías subterráneas.

¿Quién era ese Beach?

¿Cómo llegó a su idea de transmitir mensajes subterráneamente?

¿Para evitar que las cartas, mensajes, documentos y los periódicos se mojaran en los días de lluvia o nieve?

El tema de los medios de transporte y su historia es uno de los que más me fascinan.

Gracias a la Red me ha quedado aún más claro que le debemos mucho más a los medios de transporte por nuestro llamado progreso industrial de lo que podríamos creer.

(No todo lo que se considera como progreso tiene que serlo. No me llamaría la atención, por ejemplo, si alguna vez se demostrara que la televisión nos está acercando al fin de lo que llamamos tan orgullosamente civilización.)

Si el descubrimiento de la agricultura significó el verdadero inicio de nuestra civilización, porque implicó tener que aprender a organizarnos para sembrar y cosechar (con un tipo de orden social diferente al de la caza y la recolección), volvernos sedentarios y tener que dejar de preocuparnos por la lucha del día a día por comer.

Si el invento de la imprenta y la máquina de escribir significaron el empuje y la propagación de ideas, la difusión mundial de conocimientos y tecnología.

Si la aparición de la industria significó el reemplazo parcial y masivo de la fuerza bruta por máquinas en la producción.

Si las modernas tecnologías significan el casi dominio absoluto del hombre sobre la naturaleza. (Es una gran exageración, pero esa es la etiqueta con la que se vende a la tecnología.)

Entonces, sin los medios de transporte no hubieran sido posibles todos esos avances y descubrimientos, ni sus respectivos desarrollos.

Sino hubiéramos aprendido a utilizar las bestias de carga, no habríamos podido sembrar ni cultivar masivamente la tierra ni vender nuestros cultivos en otros lugares.

Sino hubiéramos aprendido a navegar ni a desplazarnos ayudándonos de botes, barcos, ayudados por caballos y otras bestias, no habríamos conocido otras civilizaciones ni comerciado con ellas ni aprendido de sus conocimientos y tecnologías.

Sino hubiéramos inventado el tren, no se habría desarrollado la industria ni el comercio internacional tal como lo conocemos hoy.

(Como peruano, uno se pregunta qué habría sido del Imperio Incaico de haber sabido utilizar la rueda y de haber tenido animales de carga, tracción y transporte como el caballo. Y lo mismo para el Imperio Azteca y otras grandes culturas prehispánicas.)

Concretamente, sino se hubiera inventado el Metro de Nueva York, no conoceríamos tal ciudad como lo que hoy es y significa.

Y, por encadenamiento factual, tampoco seguramente a EEUU como la potencia mundial que –todavía- es.

¿Conoce usted, conoces tú, lectora o lector improbable, el Metro de Niu Yol?

¿Es posible imaginar que su historia empezó el 4 de julio de 1870 con la inauguración de una vía de apenas 95 metros de largo?

¿Con un solo vagón que se desplazaba entre dos esquinas vecinas, de Broadway y la Murray Street?

Hoy el Metro neoyorquino cuenta con 468 estaciones oficiales.

1.056 km de vías principales de servicio.

Casi 300 km de vías secundarias, talleres y cocheras.

24 horas de funcionamiento todos los días del año (solo tres en el mundo lo hacen).

La flota más grande del mundo con 6.221 coches o vagones.

Con casi 5 millones de usuarios diarios, es el transporte público urbano más grande de EEUU y uno de los más grandes del planeta.

Pero no transporta tanta gente como el de Tokio o el de Moscú, ni fue el primer subte del mundo.

….

Continúa…

HjorgeV 16-03-2009

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