EL FUTURO NO ES NUESTRO

67 ESCRITORES LATINOAMERICANOS NACIDOS ENTRE 1970 Y 1980

Pie de página es una revista de libros colombiana.

En estos tiempos digitales y cibernéticos una revista de libros es un proyecto loable. Lo cual no garantiza absolutamente nada, claro.

De hecho, los editores lo declaran en voz alta:

La revista impresa que valientemente consiguió llegar hasta el número 12.

He llegado buscando una antología de narradores latinoamericanos. Y el título es lo primero que me llama la atención.

El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Prólogo y edición por Diego Trelles Paz
Texto introductorio de Naief Yehya

El futuro no es nuestro, ¿es una declaración de impotencia, de resignación o de ambas cosas? (Hay quien, sintiéndose impotente, no se resigna.) ¿Una simple constatación?

Al ver la fotografía que muestra al antólogo, no puedo evitar pensar en la siguiente frase de una persona ya fallecida:

“Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad.”

En la imagen que acompaña el prólogo, Diego Trelles, el recopilador, está sentado frente a una mesa de una terraza en un día de verano (debo suponer). Está acompañado de dos jóvenes que llevan gafas de sol. Sobre la pequeña mesa hay una jarra de cerveza llena y los vasos respectivos.

Hablar de lujo en este caso es una exageración, en verdad.

Por lo que he podido entender, Trelles ya debe haber cumplido o estar por cumplir los 32 años. Sin embargo, sigue manteniendo ese aspecto irremediable de estudiante universitario eterno. De esos estudiantes –además- que prefieren la tertulia improvisada regada con abundante cerveza a tener que pudrirse en alguna clase por más universitaria que esta sea.

Recuerdo mis épocas de estudiante limeño y mi paso por dos universidades nacionales: la cerveza era un claro artículo de fin de semana.

Además, una terraza era algo que no podíamos permitirnos así no más. (En Lima apenas existe la gastronomía al aire libre.)

Por eso lo de la frase mencionada.

“Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad”.

¿Quién es el autor de ella? ¿Un contemporáneo de nuestros abuelos?

Frío, frío.

Son palabras de Sócrates. Nadie menos. Como para ponerse a hablar de la modernidad, ¿no?

Empiezo a navegar en el sitio:

67 ESCRITORES LATINOAMERICANOS NACIDOS ENTRE 1970 Y 1980

Es decir, los autores tienen entre 28 y 39 años.

Escriben, han publicado libros y muchos de ellos son reconocidos y famosos.

El prólogo anuncia:

“El instante literario capturado como en un encuadre fotográfico para dar cuenta de la violencia del cambio.”

Mi emoción se dispara cuando compruebo que es posible acceder en línea a todos los relatos de la antología.

Los cuentos o relatos están a golpe de ratón, como quien dice.

Mis latidos se aceleran. Tengo material interesante para leer.

(Acabo de toparme con El padrino de Mario Puzo –versión alemana- en la biblioteca municipal del pueblo vecino, y me lo he traído a casa un poco por saber si puedo recordar la lectura que le hice cuando tenía unos 18 años. Puzo llegó a afirmar sin ningún empacho que había escrito El padrino para ganar dinero y que se aprestaba a corregir el manuscrito cuando su editor le comunicó que ya lo había enviado a la imprenta. También declaró que todo lo que conocía de la mafia era por lecturas de sus trabajos de investigación y que fue él el que propuso que Brando hiciera de Corleone en la versión cinematográfica de su novela.)

Pulso la pestaña o botón correspondiente al primer cuento: Tal vez 1600 Asas, de Eunice Shade (Guadalajara, 1980).

Leo el relato hasta que llego al siguiente pasaje:

Sentado frente a la barra del Amatl Café, con los dedos rodeando la cerveza, más el semblante atristado, es blanco de la mirada de Fiorella Cassirer.

Martín, un poeta de ideologías resignadas. Sus textos, papeles vistiendo dudas. Saliva negriseca desfilando en la pasarela blanca. Su cerveza, profesora de ligeras construcciones, la mayoría, resucitadas por la hierba.

La cerveza, otra vez, constato. No está mal, pero continúo leyendo más por miedo a no perderme nada verdaderamente importante que por otra cosa.

Interesante.

Sin embargo, termino de leer el texto y me queda la sensación de haber estado escuchando una conversación ajena, de esas que los adolescentes realizan a pulmón abierto en las calles, puesto que es necesario que se sepa que ya son adultos y tienen su propia vida (interesante).

Lo cual siempre es bello e importante, claro.

Paso al siguiente relato: Niños sandinistas, de Rodrigo Peñalba.

El nombre del autor me dice algo.

Entonces recuerdo que Peñalba me propuso mantener una bitácora en su portal –MarcaAcme.com-, pero que todo quedó en nada cuando quedó claro que mis textos tendrían que pasar por un filtro. Por su filtro.

(Le dije que no porque me pareció una forma de censura.)

Leo su corto texto y no sé qué decir.

Curiosamente, el final también es con cerveza:

Rolando aprovecha que las clases fueron suspendidas y se va con unos broderes a echarse unas vichas.

Paso al siguiente.

El título es Al maestro con cariño, de María del Carmen Pérez Cuadra.

No puedo evitar recordar la canción de Lulu que fue el tema principal de la película del mismo nombre: son las mismas calles del Londres (convulso) de estos días.

TO SIR WITH LOVE (AL MAESTRO CON CARIÑO) (1967)

Intento mantener la ecuanimidad. Si no estuviera escribiendo estas líneas, me habría lanzado a leer directamente el cuento de Roncagliolo y de allí habría pasado a ver si tengo algún emilio nuevo (en mi buzón electrónico), olvidando este libro.

Pero continúo. Leo.

Otro cuento ambientado en un bar. Por lo menos al comienzo. Y eso que recién voy por el tercero. (En la foto, la escritora no tiene aspecto de terminar fulminantemente su carrera literaria afectada por una cirrosis.)

Leo cinco o seis líneas, me aburro y cierro la página para pasar al siguiente relato.

Estoy buscando algo que me atrape y ya no me suelte como lector. Algún relato sin cerveza, tal vez.

En un libro de narrativa -como este- espero el estado nirvánico que sucede al chute del drogadicto.

Sigo tratándolo. Navego como un adicto que busca su dosis en las palabras.

Ya no puedo más y me voy directamente al cuento de Santiago Roncagliolo. Qué cerveza ni ocho cuartos, de mi compatriota espero un buen trago de pisco literario.

Su relato se llama El pasajero de al lado.

Empieza bien. Roncagliolo conoce su oficio, me digo, mientras voy degustando su texto:

Fue sólo un susto.

El frenazo y el golpe. Los golpes. Estás un poco aturdido, pero puedes moverte. Abres la portezuela y te bajas sin mirar al taxista. No te duele nada. Eres un turista.

Continúo leyendo encantado, hasta que llega el primer momento crucial, el que nos hace abrir bien los ojos en toda narración y aguzar los sentidos, y que a la vez nos prepara para la bajada del gran tobogán que nos está preparando el escritor. El vértigo de todo buen relato.

(Un buen cuento es como un viaje raudo y vertiginoso. Cuando vuelves a poner tus pies en tierra, el corazón tiene que latirte más aprisa y la emoción tiene que verse reflejada en tu rostro, si se me permite la exageración.)

En la primera parada, sube una chica. Tiene unos veinte años y es muy atractiva. Rubia. Todos aquí son rubios. Es la chica que siempre has querido que se siente a tu costado

Me desaliento un poco, porque inconscientemente esperaba algún tema ¿menos trivial?, pero continúo con la lectura:

¿Por qué me miras tanto? ¿Ah? Ya sé. -Ahora se entristece-. Se me nota ¿No? ¿Se me nota? Pensaba que no. -Sonríe pícara-. ¿Te la enseño?

Al leer esto último, lo primero que se me ocurre es que la rubia está embarazada y quiere enseñarle al turista desconocido su panza incipiente.

(Me ha sucedido. Estoy convencido de que las mujeres embarazadas se mueren por comunicar su estado a todo el mundo. Lo he probado con desconocidas en las calles de Colonia. No he conocido a ninguna embarazada que no quiera hablar del ser que lleva dentro y de las incidencias de la gestación.)

El siguiente tramo del relato me deja como si me hubiera caído un baldazo (un cubo) de agua fría:

Se abre el abrigo y deja ver una enorme herida de bala en su corazón. El resto del pecho está bañado en sangre.

Ríe pícaramente y se pone repentinamente seria para anunciar:

-¿Ves? Estoy muerta.

No puedo seguir leyendo. Lo siento, Roncagliolo. Será para otra oportunidad. (Me he sentido como en la actuación de un mago al que se le ha caído el pañuelo dejando sus trucos al descubierto.)

El siguiente cuento lleva el título de Jaguar. Una tipa embauca a un tipo diciéndole que quiere mostrarle su Jaguar. Este accede pensando en una aventura sexual y termina devorado, literalmente. Quiero decir que al final, resulta que se trata del animal y no del famoso y exclusivo automóvil británico.

El relato me parece bien escrito. El problema está en la trampa de tener que escribir el sustantivo ‘jaguar’ con mayúscula inicial para hacer pensar que se refiere a la marca de automóviles y no al animal.

No apruebo la maña.

Un texto tiene que defenderse por sí solo, es mi opinión.

Quiero leer un cuento más. Trato de orientarme, buscando algún nombre conocido.

Leo: Andrés Neuman.

(Por si a alguien le interesa, se debe tratar de un apellido alemán y se lee Noiman. Por lo general escrito con doble ene final: de Neu, ‘nuevo’, y Mann, ‘hombre’.)

¿El mismo argentino que acaba de ganar un importante premio (el Alfaguara) en España?, me pregunto.

Sí, es él.

Lo puedo reconocer por la fotografía que he visto repetidas veces en los últimos días en diferentes medios.

Alumbramiento se llama su relato y tiene un inicio poético, que ya es bastante recompensa para haber estado esperando con tanta expectativa algo verdaderamente bueno en esta antología.

Es la última narración de esta lista especialmente cervecera. Empiezo a leer.

Leyéndolo, se me viene enseguida a la mente una palabra: Redención.

Con la sensación de haber encontrado un tesoro especialmente valioso, dejo estas líneas. Me despido de la realidad.

Quiero sumergirme a solas con la palabra de Neuman.

…..

HjorgeV 03-04-2009

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One comment

  1. Hola. Me encontré este texto tuyo. Tengo 31. Es cierto que tengo aspecto de universitario pero ya dejé de ser uno. Las tertulias están bien. Tuve algunas clases interesantes. Rara vez falté a una clase interesante por quedarme en una terraza tomando pero cuando vivía en Lima sí había terrazas y no eran un lujo. La jarra de cerveza costaba 10 soles y solíamos ser seis. Citar a Sócrates para hablar de los “jóvenes de hoy” me resulta un poco complicado. Sí, desprecio la autoridad ligada a la prepotencia. Agradezco tu texto. Suerte,
    D.

    Rpta.: Hola, Diego. Felicitaciones por tu antología, por tu trabajo dedicado a ella. Como los tiempos han cambiado, aquí mismo en Alemania, muchos universitarios inauguran el inicio de cada noche con su chela bien heladita. Cuando llegué a Colonia a finales de los 80 una terraza era algo muy raro de encontrar. Ahora el panorama es completamente diferente (hay terrazas por todas partes) y desde hace unos años ya es común ver a jóvenes por la calle con su botella de cerveza o espumante en la mano. El comentario de Sócrates me fascina por su universalidad en el tiempo y en el espacio. A propósito de tu comentario final, hoy leí esta frase de Caballero Bonald: “La gran literatura la han hecho siempre los desobedientes”. Saludos. HjV

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