MICHAEL CLAYTON

Al comienzo solo se escucha la voz algo maltrecha y claramente alterada de un tipo que habla cosas que parecen incoherencias, pero que tienen mucho ritmo y cierto sentido interno.

¿Se trata de un sueño, de la descripción de un sueño?

Es demasiado convincente la voz del que habla para ser una simple descripción. Es penetrante, como queriendo hacerle notar a su interlocutor que lo que dice es verdad.

¿Un demente?

No. Le falta el toque verdaderamente confundido, perdido, irreal, del que ha perdido contacto con la realidad.


La cámara ha empezado en un fundido total y está ocupándose de planos triviales de un gran edificio de oficinas.

Estamos en Nueva York, en un gran bufete de abogados.

-¿Puedes poner los subtítulos? –le pregunto a mi esposa, porque temo no estar entendiendo demasiado.

-¿En alemán o inglés? -me pregunta ella-. No hay en castellano.

-De ser posible en el original en inglés con subtítulos en alemán –le respondo, por si aparecen demasiadas palabras anglosajonas que no conozco o cuyo significado he olvidado y me pueda perder parte del argumento.

De hecho, he tenido dificultad para entender el comienzo por lo que me ha parecido falta de incoherencia en su discurso: ¿de qué diablos está hablando el hombre?

La descripción de las opciones del menú no es clara y al volver a la película resulta que todo está en alemán.

-Déjalo así –le digo y me concentro en el actor principal.

La voz que le han puesto a George Clooney en el doblaje al alemán es pasable. Como no conozco la suya original, no me molesta. (Sino, podría resultar insoportable. Ya me ha sucedido varias veces: con De Niro, Allen, Gere, por ejemplo.)

El protagonista recibe una llamada mientras se encuentra en lo que debe ser un garito clandestino de juego. Es un ludópata.

Sale a la calle con el teléfono pegado a una oreja, sube a su automóvil y se dirige a la dirección que le acaban de dar al otro lado de la línea.

Escenas más adelante (se trataba de un caso de atropello y fuga), está conduciendo por carreteras rurales a no poca velocidad a juzgar por la forma como su automóvil salta debido a las sinuosidades del terreno.

De pronto, se detiene, inexplicablemente. En medio de un paisaje rural, se detiene.

¿La prisa que tenía se ha disuelto en el aire?

Sale a los campos. Desea pasear.

Ah, dice uno. Al fondo hay tres caballos, recortados contra el horizonte. Se ha sentido atraído por los animales y el paisaje.

Mientras los contempla, su automóvil explota.

Su paseo inesperado lo ha salvado.

Son dos errores crasos.

Primero. El director de la película no ha estado jamás en una timba nocturna y clandestina: el ambiente es otro, como más pesado y sucio. La mayoría de los presentes en una reunión así son trasnochadores profesionales, pero también hay gente con horarios de los llamados normales. Aparte de que debe existir la tensión por tratarse de algo clandestino. No se trata de gente que realiza un paseo en ómnibus o autobús y juega a las cartas para matar el tiempo.

(Lo sé porque lo he vivido, lo he visto de cerca en mis correrías juveniles en Lima.)

Segundo. La escena en la que de tener prisa pasa a detenerse para contemplar unos caballos es demasiado forzada.

Está amaneciendo, y un tipo como él tiene que estar tan cansado que lo único que puede tener en la cabeza debería ser su cama. Sin embargo, Clooney está fresco, sereno. No tiene apuro.

Yendo más al fondo, vemos que la construcción narrativa es mucho más porosa de lo que parece.

El protagonista es un abogado que ha recibido una llamada en la madrugada. Pronto queda claro que es el ‘bombero’ del bufete. El que se encarga de apagar el fuego (desagradable) por otros.

¿Quién se quiere levantar a las tres o cuatro de la mañana a atender un caso de atropello y fuga del lugar del accidente?

Pero el tipo lo cumple como si fuera cualquier hora corriente del día.

No está especialmente cansado. Ni siquiera está molesto por que le han interrumpido su vicio.

Cuando amanece está conduciendo a través de unos campos, tiene la paciencia, el tiempo y las ganas de ver las siluetas de tres caballos que se recortan sobre el horizonte.

Tiene la paciencia, el tiempo y las ganas de detenerse, además, para dejar su vehículo y acercarse a contemplarlos.

Y eso lo salva.

¿Un abogado y jugador compulsivo no tiene que dormir también?

Si ya ha amanecido (seguramente todavía es invierno en la película), entonces tienen que ser por lo menos las seis o siete de la mañana. (Nueva York tiene la misma latitud que Madrid.)

Este tipo no va a dormir ya, está claro. Se irá directamente a su oficina.

Sin embargo, está como si recién hubiera empezado la jornada. (Pero ni siquiera se ha lavado los dientes, diría uno de mis hijos pequeños.)

Cuando su automóvil explota dos veces (la primera vez por la bomba que le han puesto dentro, la segunda al incendiarse el tanque de gasolina), en vez de tratar de esconderse y ver qué es lo que sucede y si no hay peligro de que le puedan disparar desde lejos –por ejemplo-, el tipo se acerca corriendo al coche en llamas sin ningún cuidado.

Al repetirse la escena (gran recurso de la película esta repetición de los hechos, vistos desde otra perspectiva), esta acción va a tener sentido, porque él la va a utilizar para arrojar todo lo que lleva (documentos, reloj: menos sus ropas) en dirección al fuego.

Quiere que lo tomen por muerto.

¿Y sus huesos?, podría preguntarse alguno. En todo caso, ¿para qué lanzar su billetera con dinero y sus documentos (de papel y plástico) al fuego si será lo que se consumirá primero casi sin dejar huellas en el incendio?

Termino de ver la película porque estoy acompañando a mi esposa, estoy en casa y debo reconocer que George Clooney es muy buen actor en un film que tiene sus méritos. Pero estas no son las únicas inconsistencias del guión.

Toda narración vista como una construcción puede tener sus licencias: sus comodines.

A veces es necesario aceptar una o más premisas tontas o absurdas porque sí, porque así lo exige el juego narrativo. Para poder embarcarte en el cuento, debes aceptar sus reglas. (Como en las religiones.)

El problema surge cuando la narración está usando continuamente comodines para salir del paso y seguir avanzando. Y tienes que cerrar los ojos ante los errores del mago, como si se tratara del payaso del circo que está usurpando el puesto del primero.

Entonces, no hay Clooney que pueda salvar ningún relato.

Película: Michael Clayton.

Año: 2007.

Dirección y guión: Tony Gilroy.

Producción: Sidney Pollack.

Consistencia del relato: Desaprobado.

…..

HjorgeV 09-04-2009

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