EL FUEGO PERDIDO (Relato)

Corre el año 2093 de nuestra era.

Deseo hacer mi visita de costumbre al siglo XX. Me interesa la historia del siglo pasado, el auge y el inicio de la caída del capitalismo, la función de la televisión en esa historia y en la historia de la humanidad. Pero me equivoco al dar la orden mental y llego a parar como visitante al año 2009.

Sé que el Sistema lo va a registrar como un error neuronal, salvo que yo haga algo a tiempo para evitarlo. Pero sucede que a mí me ha empezado a gustar la idea.

Lo malo es que si el Consejo de Filósofos se entera de que este tipo de errores no me importan, sino al contrario, podría resultar fatal para mí y ser obligado a restituir gran parte de mi conjunto neuronal, con toda la pérdida real de memoria que eso podría significar.

Los Filósofos condenan los saltos al pasado más o menos inmediato –a los Matemáticos les importa un comino-, pero a mí Recordar me resulta más interesante que preocuparme por el futuro y la vida verdaderamente longeva, si se puede llamar así a la miseria de doce siglos que ahora llegamos a vivir.

Entiendo que el problema es claro: saltos en el tiempo inferiores a cien años, atentan contra la ética del Sistema. Un suicidio puede echar a perder décadas de exhaustiva planificación.

Se ha visto a gente acabar con su vida por el solo hecho de no poder soportar haber cometido tantos errores en ella.

Es decir, sin haber podido alcanzar la distancia temporal y emocional necesaria. El tiempo puede curar, sí. Pero hasta el tiempo necesita tiempo para operar, para surtir efecto.

Me decido a afrontar las consecuencias de mi equivocación y me apresuro a tocar la puerta de mi casa.

Es el 14 de abril del 2009.

Sé dónde he estado todo el día y mi memoria interactiva me permite recordar una serie de detalles. Lo que no puedo saber es mi estado emocional concreto de este momento del día. A tanto no ha llegado el desarrollo tecnológico humano en el año 2093.

Toco la puerta de mi casa.

He seguido todas las directrices éticas necesarias para el caso: llevo el cabello de forma diferente, una prótesis en la nariz y mi vestimenta la he escogido de tal manera que para mi Ser Pasado sea imposible reconocerme por ciertos detalles o manías. Además, presento un estado atlético envidiable aún para un treintañero antiguo, tal como están obligados todos y cada uno de los integrantes de nuestro Sistema.

Mi Ser Pasado -yo 84 años atrás- me abre la puerta.

Lo primero que me hace sentir con su mirada es que lo estoy importunando y que no piensa soportarlo. Sé que espera un buen pretexto, una buena jugada de mi parte para no tirarme la puerta en pleno rostro.

Le muestro mi cara de asustado.

Estoy asustado, es verdad.

Es decir, hay sinceridad en mi gesto. Y lo estoy, porque no sé qué decir. Todo ha ocurrido demasiado rápido como para poder pensar en los detalles. De paso que cuento con que en cualquier momento saltarán las alarmas y el Consejo de Filósofos me ordenará el regreso. Desde ahora sé que pasaré un buen par de meses sin poder leer y que me obligarán a eliminar más grasa de mi región abdominal como castigo.

-¿En qué lo puedo servir? –me pregunta mi Ser Pasado, obviamente intrigado por el miedo que ha leído en mi rostro.

-No sé –le digo, procurando ser lo más sincero posible, sabiendo que eso es algo que siempre ha funcionado en mi vida, en los dos sentidos-. Quería conversar con usted.

-Lo siento. ¿No lo ve? No nos conocemos. No sé de qué podamos conversar. Y aunque así fuera así. Si me disculpa…

-¿Qué está haciendo? –le pregunto, porque la curiosidad me ha atacado como un puñal aparecido repentinamente de la nada.

Se hace un silencio entre nosotros.

Por un momento, pienso que mi Ser Pasado me va a lanzar una bofetada.

Por otro lado, sé que sería incapaz de atacar a una persona por el simple hecho de dirigirle la palabra y decirle que desea conversar con él. Puedo percibir su tensión. Calculo que debe estar por los 9,2 grados de la escala Honra de tensión emocional. También puedo percibir que se trata de una tensión superpuesta. Lo he interrumpido en medio de un trabajo absorbente y desea reemprenderlo lo más pronto posible.

Sin decir nada más, veo que se apresta a cerrar la puerta.

-Espere, espere –le digo, atreviéndome a poner un pie para detener la puerta.

-¿Qué…? ¿Qué se ha creído usted…? –empieza a preguntar él, y yo puedo leer en sus ojos ese fuego, esa llama del que está convencido de lo que hace, del que sabe que no declinará en su misión hasta verla cumplida.

-¿Qué está haciendo? –le pregunto, clavando mi mirada en la suya, con la vana esperanza de que pueda reconocer mi verdadero interés en lo que hace-. Solo me gustaría saber qué está haciendo.

No me atrevo a decirle que no puedo recordar del todo cómo me he sentido exactamente en esta fecha, martes 14 de abril del 2009, sentado en mi escritorio. Emocionalmente, quiero decir. Él no podría entenderme. Y, de poder hacerlo, no podría entender cómo, teniendo toda la tecnología a mi favor, no puedo ser capaz de recordar ciertos detalles de mi propia vida.

-Mire, señor –me dice él, bajando los brazos-. No sé quién es usted. Discúlpeme, no me interesa tampoco saberlo. Solo es que, mire… Me encontraba trabajando y ahora quiero continuar. No sé qué lo trae por aquí. Si solo es una pregunta, la que ha hecho, lo siento mucho, no se la voy a responder. Le ruego que saque el pie de mi puerta. ¿Sí? ¿Le parece?

Me veo gobernarme, controlarme 84 años atrás. Siento un orgullo infinito. Pero también una gran decepción, porque me había preparado para levantarme y sobarme el mentón del golpe que yo mismo me pensaba dar hace 84 años.

No es que me guste el dolor, claro, pero quería ver el fuego en mis ojos. Eso que ni los más grandes científicos de nuestro Sistema no han podido volver a recuperar.

¡La gran tragedia de nuestra civilización! ¡Hacemos todo sin mostrar verdaero interés por lo que hacemos!

Por eso quería ver la determinación absoluta en mi mirada.

Me gustaría explicárselo. Explicármelo.

Hemos avanzado tanto, hemos conseguido vivir siglos enteros con una salud perfecta y vamos camino de alargar aún más nuestras vidas, pero la humanidad, lo que queda de ella, ha perdido el fuego en la mirada, en la propia visión. Vivimos sin motivación verdadera.

¡Qué paradoja!

El control del fuego decidió probablemente el desarrollo del Homo Sapiens en su evolución, y la pérdida del fuego en su propia mirada es uno de los problemas por ahora irresolubles a los que se enfrenta miles de años después y que ha empezado a corroer el Sistema.

Mi fuga es un ejemplo de ello.

La tentación ha sido tan grande que no me importan demasiado los castigos, con tal de ver lo que ya no existe y nadie sabe cómo recuperar.

-Mire, buen hombre –me dice mi Ser Pasado-. Si puedo servirlo en algo, no sé, tal vez algo material, dígamelo. Quiero volver a mi escritorio y continuar.

-¿Y si se lo impido? –se me ocurre preguntarle.

Lo veo sonreír. Me veo sonreír, 84 años antes.

-¿Qué? ¿Volver a mi escritorio? ¿O continuar lo que estaba haciendo?

Como no digo nada, él insiste, con una sonrisa que ahora me parece diabólica:

-¿Quiere impedirme continuar lo que estaba haciendo? Discúlpeme, no creo que lo pueda conseguir -me dice, empezando a reír-. ¿Tengo que llamar a la policía? ¿Se encuentra usted armado? Son preguntas tontas, lo sé. Dígame qué es lo que quiere y luego váyase. Me acaba de hartar. Y quiero continuar con mi trabajo.

Sonrío. Acabo de volver a ver la determinación, el fuego en su mirada.

Me propongo volver otra vez, si es que el Consejo de Filósofos no me cierra todas las puertas. Estoy contento porque sé que existe. Que existió en mis ojos el brillo verdadero. ¡La sangre corrió por mis venas y hubo tiempos en los que podía quemar con mi mirada de pura determinación!

Sin decirle nada más y esperando que me crea un loco cualquiera, me doy media vuelta y empiezo a alejarme.

Como sé que me ha quedado observando, a los pocos metros giro y le guiño un ojo.

-¡No permita que le quiten esa determinación que brilla en sus ojos! –le grito, sin esperar que me pueda comprender-. ¡Todo lo demás es adjetivo, secundario!

Al llegar a la esquina me lanzo a correr y sigo mi camino por los campos vecinos. Al pasar por unos arbustos doy la orden mental correspondiente y desaparezco.

Sé que al llegar la Guardia Filosofal me estará esperando. Sé que cumplirán los guardias su labor con la frialdad de siempre. Perfectamente, pero sin determinación. Sé que soportaré el castigo.

Allá ‘abajo’ en el Tiempo, también sé que mi Ser Pasado ahora ha vuelto a su escritorio.

Sé que continuará escribiendo el relato futurista que acababa de empezar y que había situado en el año 2093 de nuestra era.

El relato que había empezado cuando a mí se me ocurrió interrumpirlo hace una hora desde este anodino futuro, 84 años después.

….

HjorgeV 14-04-2009

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