EL PAPEL SERÁ MONEDA

El domingo maternal que se acaba me regala con un interesante artículo de John Carlin en El País de hoy sobre el periodismo y su futuro (comercial) en estos tiempos digitales.

Arranca con la siguiente cita de Charles Dickens:

«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación».

Es el inicio de su novela Historia de dos ciudades.

(El original se puede consultar aquí.)

La siguiente frase es más punzante aún:

«Lo teníamos todo ante nosotros, no teníamos nada ante nosotro.

Dickens la escribió en 1859 durante una época especialmente escabrosa de su propia vida: se acababa de divorciar, y cerraba su revista Household Words a la vez que lanzaba una nueva, All the Year Round.

Según Carlin, habría tres corrientes definidas frente al caos mediático actual: los bitacoreros (los llama blogueros), los dinosaurios (o viejos roqueros), y los inciertos.

Estos últimos llamados en la misma fuente “los de mentes abiertas” o “confusas”.

Las definiciones no solucionan la confusión general existente:

Tanto los que podemos llamar –por hacerlo de alguna manera- la Nueva Trova como los de la Vieja Trova pasan por un momento de incertidumbre inmensa.

Los periodistas profesionales mucho más, se entiende, puesto que en esta discusión se les va el sueldo, las vacaciones y la jubilación: el presente, la diversión y el futuro juntos.

Los blogueros, o bitacoreros como prefiero llamarlos, lo tienen (lo tenemos) relativamente fácil.

Muy pocos creen o esperan poder ganar algún dinero con lo que escriben –casi- a diario en la Red.

De tal manera que la cuestión sobre el futuro de los blogs o bitácoras ya está decidida: existirán mientras los bitacoreros tengan ganas de escribir, puesto que lo hacen voluntariamente.

Es decir, mientras encuentren, bien un motivo de inspiración (siempre habrá uno en este mundo de grandes sorpresas digo yo) o bien un público lector que los aliente.

Existe, incluso, el tipo de bitacorero que vive solo para mantener despiertos (y hambrientos) a sus usuarios, alimentando a diario la sed de los cibernautas ansiosos de leer algo que les guste, atraiga, convenza o conmueva.

(A veces la relación es mucho más trivial y los contenidos apenas juegan un papel importante.)

Digamos que el Mapa de la Bitacorería está determinado por la necesidad de expresarse y comunicarse, y que el grueso de ‘países’ lo forman todos aquellos que escriben sin saber bien por qué lo hacen pero con unos afanes inmensos de dejar huella o abrir camino.

Luego están los bitacoreros profesionales: por lo general periodistas de profesión que escriben por encargo (pagado) del medio al que pertenecen.

Los límites son difusos y van alterándose continuamente, por otra parte: pienso en los periodistas que se quedan sin trabajo y empiezan a escribir su bitácora. O en aquellos bitacoreros que terminan siendo fichados por un gran medio.

Muy al borde del mapa estamos los bitacoreros sin mayores pretensiones o sin ninguna en especial, como el que esto escribe:

No es la idea crear un determinado público lector (aunque se aprecia y se agradece) ni pretender conseguir ingresos con lo que se escribe.

Personalmente, me defino en la cabecera:

Bitácora Inútil.

Inútil en el sentido de llegada, pero no de partida, obviamente.

Sin profundizar mucho en el tema, por lo menos quiero decir que preparo mis textos con el esmero del que se preocupa seriamente por el contenido sin importarle apenas el destino de ellos.

¿DEJARÁ DE EXISTIR LA PRENSA DE PAPEL?

Creo que mi especial situación de hispanohablante habitante de suelo alemán me permite aventurarme en el pronóstico del futuro del periodismo y de las bitácoras de la Red.

Me explico.

Consumo la prensa digital española, latinoamericana y alemana a diario.

Visito asiduamente El País, El Comercio de Lima, la Revista Ñ argentina y Der Spiegel, entre otros.

Una o dos veces por semana me desplazo a una localidad cercana a comprar el diario español, tratando de no perderme en ningún caso la edición sabatina con su suplemento cultural Babelia.

Para no redundar en la lectura, no leo -disciplinadamente- este suplemento en la Red.

Lo hago así, porque me he dado cuenta de que muchas veces basta que haya empezado un artículo en la pantalla (a veces basta que haya leído el título) para perder luego el interés por él en la edición impresa.

El quiosquero del pueblo vecino sabe que paso siempre a recoger El País sabatino y él me lo guarda religiosamente. (Ha sucedido, incluso, que por razones de viaje recién lo he podido recoger una o dos semanas después.)

De tal manera que cuando llega a mis manos el diario paisano de los sábados separo el suplemento cultural como si fuera un tesoro y solo le doy un repaso al resto de su contenido (que ya he leído por lo general en la Red).

El artículo de John Carlin que ha originado estas líneas, hace recordar que justamente El País fue uno de los medios que no supo bien cómo reaccionar frente a la revolución digital hace unos años y cometió un grave error.

Como otros medios, al comienzo intentó cobrar por la suscripción pero el experimento solo le duró poco tiempo.

Y es que la Red exige apertura casi total.

La excepción son quizás las redes sociales, en las que hay que pasar primero por el trámite de la inscripción antes de usarlas. Como son gratuitas, el asunto funciona.

Sin embargo, así como Facebook ha resultado ser uno de los portales más exitosos de toda la (corta) historia de la Red, otros como Twitter han empezado a hacerles la competencia justamente por su carácter más inmediato y directo, y menos burocrático.

Para mí, Babelia es papel que vale oro, culturalmente hablando.

El trato fortuito nacido con el quiosquero que me vende El País (una vez le dije que me guardara la edición sabatina porque recién podía recogerla el lunes y se hizo después costumbre), es algo que ahora The New York Times ya ha considerado como parte del negocio: una suscripción al diario limitada al fin de semana.

Babelia es un suplemento que leo con la atención, reverencia y concentración que no le presto al resto del tabloide.

Por eso creo que ese podría ser el futuro de la prensa de cualquier país: una mezcla inteligente de papel y Red.

¿Todavía hay margen (de negocio) para el papel?, es la pregunta de fondo.

Por supuesto, me atrevo a afirmar.

La idea es comprar el diario como quien compra un libro. Por los excelentes artículos que trae o por la gente que en él escribe.

Vale decir, tener una especie de garantía de lectura profunda con cada compra. (La Red se podrá concentrar en las noticias y novedades.)

Eso, aunado al (inocente) placer de tener el objeto de nuestro deseo entre las manos, es lo que barrunto como el futuro.

El papel visto como moneda que vale por su peso.

$ …..

HjorgeV 10-05-2009

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