«EL ARTE DE EMPOBRECER CON ESTILO»

ALEXANDER VON SCHÖNBURG

Me ha sucedido pocas veces en mi vida. Con un libro esta vez.

¿Cuántas veces hemos despreciado algo -o incluso a alguien- simplemente por su aspecto, por su nombre o por nuestros simples prejuicios?

Me encontraba leyendo la traducción al alemán de Ensaio sobre a lucidez de José Saramago.

Mejor dicho, me encontraba luchando por meterme a la novela y por salir de las primeras páginas.

(Al final me rendí. Aburrimiento puro y simple.)

Tenía la novela del Nobel portugués en mis manos, cuando eché un vistazo a lo que estaba leyendo mi esposa a mi lado.

Me llamó la atención el título de su libro.

Le pregunté en tono de chanza si ahora se dedicaba a leer libros de los llamados de autoayuda.

(Si te ayuda a ayudarte, ¿por qué se llama de autoayuda?)

Traducido al castellano el título era algo así como El arte de empobrecer con estilo.

“Ah, un típico título de esos libros”, me dije.

El subtítulo –por más que era más de lo mismo- aumentó mi curiosidad: Como hacerse rico sin dinero.

Como Alemania vive una época muy interesante, puesto que la crisis económica está haciendo cambiar a la gente en muchos aspectos y forzándola a pensar de manera difertente, me animé a echarle una ojeada.

(Curiosamente, el diccionario de la Academia consigna la palabra hojear para “pasar las hojas de un libro, leyendo deprisa algunos pasajes”, pero no hojeada. Sí, en cambio, ojeada, “mirada pronta y ligera que se da a algo o hacia alguien”.)

-Préstamelo un momento –le rogué a mi esposa.

Pero entonces me entusiasmé inmediatamente con el libro, mandé al diablo a Saramago, le corté la lectura a N. (con su complicidad) y me soplé su libro en un par de horas.

(Era el cumpleaños de una de nuestras hijas y lo celebraba en el claro de un bosque vecino con unos veinte amigos. Nuestra función consistía en acompañar al grupo por si alguien necesitaba ayuda. Se trata de un lugar que se alquila y tiene un par de comodidades como retrete, parrilla debajo de un cobertizo y basureros.)

Por esas cosas que tiene la vida, empecé a leer el libro por uno de sus últimos capítulos, pero que resultó siendo también uno de los mejores. No sé si habiendo empezado por el comienzo habría terminado de leerlo, a pesar de su calidad como texto.

Alexander von Schönburg (Somalia, 1969), un alemán nacido en África, periodista y escritor, sabe de lo que habla.

No solo perdió un trabajo muy bien remunerado y en el que pensaba pasarse gran parte de su vida, él mismo proviene de una familia (“que empobrece desde hace siglos”) de la llamada nobleza europea, nobleza que aquí en Alemania ha dejado de tener hace mucho tiempo ya asidero legal.

(Admirable la consecuencia de los alemanes en este punto -a diferencia de holandeses, ingleses y españoles, entre otros-: si la civilización moderna clama la igualdad de derechos para todos, la ley no puede amparar por lo tanto la existencia de ningún priviliegiado desde el nacimiento.)

Además de saber qué es empobrecer, pasó a lo largo de toda su infancia por castillos y palacios de sus familiares, mientras sus propios padres apenas tenían para vestirse a veces, es decir, von Schönburg conoce los dos lados de la medalla.

Además de eso, en un mundo que tras entregarse desenfrenadamente al culto del Dios Dinero acaba de recibir la visita de un antidios más grande llamado Bancarrota, von Schönburg sabe burlarse de la riqueza.

De la riqueza material excesiva y especialmente de aquella que deslumbra (a los que se dejan deslumbrar), cuando en el fondo no satisface ni llena medianamente a sus poseedores.

Al contrario, quien tiene más que suficiente de algo, difícilmente podrá soñar con ese algo.

Esta es tal vez la enseñanza más clara de este entretenido libro, lleno de anécdotas divertidas y datos bien fundamentados: la felicidad es algo que se debe estar persiguiendo permanentemente.

Y que el deseo deja de existir cuando se cumple o se alcanza lo deseado.

En alemán existe la palabra Vorfreude.

Traducible como ‘alegría anticipada’, es la que se experimenta por algo que está por suceder: un viaje, una fiesta, un encuentro o día especial, una compra determinada.

Alegría que, por definición (‘anticipada’), termina cuando ocurre el suceso en cuestión.

Bien visto, me puse a pensar, es de lo que ha vivido el capitalismo desenfrenado de las últimas décadas.

Si antaño se construían automóviles que duraban más de un cuarto de siglo y hasta se heredaban, pronto la industria se dio cuenta de que así no podría vender cada vez más vehículos ni podría aumentar la producción.

Entonces se inventó una nueva necesidad: la de comprarse el último modelo en intervalos cada vez más cortos de tiempo.

Hoy sabemos que ese sistema de negocios no funciona o funciona solo bajo circunstancias especiales (que nadie sabe cuáles son o cómo crear, dicho sea de paso).

Todos conocemos a alguien que si no tiene el último modelo de su marca favorita, termina desplazándose por la vida como un apestado, a pesar de hacerlo en un automóvil guapo, moderno, seguro, casi nuevo y funcional.

¿Cuánta gente existe que si no sale a la calle vestida a la última moda preferiría no hacerlo o lo hace avergonzada, sintiéndose mal?

La lectura del libro me hizo recordar también que en mi niñez se puso de moda el modelo aviador de una conocida marca de gafas de sol.

Hasta que llegó el momento de la saturación y pasamos a burlarnos de ese modelo porque nos hacía recordar los ojos de un insecto gigante.

Durante muchos años, cada vez que me veía en las fotos con esos lentes, me reía de mi aspecto tan grotesco. Y reía también porque recordaba que en ese momento era la moda absoluta.

Ahora resulta que esas mismas gafas se han vuelto a poner de moda y mis hijas quieren tener unas así.

El consumismo, pues, es una quimera.

Un canto de sirenas.

Un fantasma que sabe seducir.

Pajaritos en el aire que hoy nos pueden deslumbrar y mañana hacernos reír por el absurdo que representan.

(¡Hace doscientos años no existía siquiera la publicidad!)

Quien no sabe reconocerlo y termina siendo una marioneta de los dictados publicitarios, nos recuerda von Schönburg, es el verdadero pobre.

$ …..

HjorgeV 17-05-2009

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