LA FICCIÓN MAYOR

Domingo por la mañana.

Salgo a dar un corto paseo por los campos vecinos con nuestro perro Tito.

Los demás duermen. Hace muy buen tiempo. Llevo en las manos el suplemento de un diario español y el de un semanal alemán.

Últimamente, en vez de correr, suelo leer mientras cumplo mis obligaciones de perrero familiar.

Como casi siempre, me he levantado muy temprano, sin importarme el desguace natural del calendario, es decir, que el domingo sea el día ideal para dormir largo y tendido.

Después de revisar mi correo electrónico (no tenía ningún mensaje, salvo un poco de correo basura: ¿Cómo se habrán enterado de que necesito viagra y una operación de extensión peniana? es la pregunta que suelo hacer a mis amigos y los desavisados no saben si mirarme con compasión, admiración por mi franqueza o empezar a sospechar que les estoy tomando el pelo) me he puesto a trabajar en mis cosas como si de ese trabajo de escritura dependiera la manutención de mi familia.

El paseo con Tito es una recompensa por eso.

Dejar el escritorio, salir al aire libre. Hacer una pausa mental.

(A veces, cuando encuentro mi correo electrónico vacío tengo que pensar en la tercera novela del colombiano García. El coronel no tiene quien le escriba la pergeñó en su paso por París como corresponsal de un diario, allá por 1961, cuando era feliz e indocumentado y rebuscaba con ansias cada mañana su buzón postal en espera del cheque salvador que debía llegar desde Colombia; dinero epistolar que no podía llegar porque habían cerrado el periódico para el que trabajaba. Llegó a escribir tres versiones de la novela en la Ciudad Luz y fue rechazada por varios editores antes de ser publicada.)

Es temprano, apenas hay gente por los senderos de estos campos que rodean el conjunto de localidades vecinas de esta zona de las afueras de Colonia.

Miro en dirección a la catedral colonesa (cuyas dos torres puntiagudas, que fueron en su momento las edificaciones más altas del mundo, se pueden divisar perfectamente desde aquí) y los veinte kilómetros de distancia me parecen un juego, una bicoca, algo que se podría salvar de un par de buenos saltos gigantescos.

He tomado la costumbre de llevar algo para leer en estos paseos perrunos (antes los aprovechaba para trotar, pero desde que he vuelto a retomar el trabajo de entrenador de un equipo juvenil de la localidad ya no lo hago), porque la conducta de nuestro perro es bastante impredecible y prefiero ponerme a leer mientras él retoza y hace sus necesidades sin importarle mucho la existencia de relojes ni itinerarios humanos.

Leo mientras camino –como lo hacía también de niño- o busco un lugar tranquilo bajo la sombra de un árbol para hacerlo.

Este un día especialmente soleado y agradable. Alemania se ha sacado la lotería climática en estos días. (Para mañana ya han anunciado una tormenta.)

Veo a lo lejos una mujer que se acerca en nuestra dirección y preparo el saludo de cortesía que tengo por igual para conocidos y desconocidos.

Cuando está ya a unos pocos metros, Tito se acerca a ella dando saltitos (es un perro manso, tontón y juguetón, un típico Labrador Retriever) y veo que la mujer hace gestos que no son de miedo sino más bien de asco.

-No hace nada –me apuro a decirle para calmarla, pero sintiéndome mal porque sé que es más o menos inútil mi observación: algo así no se puede saber nunca de ningún animal, incluido el ser humano.

(Una vez alguien me dio una réplica genial: “El perro no lo sabe.”)

-¡Pero no me gusta! ¡Lo detesto! –exclama ella sin detener su paso y haciendo aspavientos para que se retire nuestro perro.

La mujer debe estar a finales de los treinta. Es rubia. Lleva el cabello ondulado y que ha pagado por la ondulación, es más que obvio.

Pienso cruelmente que es de las que no incluirían su fotografía en un anuncio para buscar pareja, por más que no sea fealdad la palabra adecuada para describirla. ¿O es su ostensible mal humor lo que determina mi apreciación?

-Lo siento, lo siento –le digo, al notar su reacción, nada usual por estos lares, por estos caminos que cruzan los campos vecinos y que son recorridos por gente que gusta de caminar, pasear a sus animales; de cuando en cuando pasa alguien con su caballo caminando y solo el paso de un tractor o un vehículo verdaderamente rural rompe la monotonía del conjunto.

Repito mis disculpas porque la entiendo perfectamente. A mí mismo me ha sucedido que se me ha acercado algún perro sin conocer sus intenciones.

Me acerco para sujetar a Tito. Tozudamente, espero que la mujer me dé las gracias, pero ella pasa de largo como si fuera la única persona en el mundo con derecho a existir.

-Se va a encontrar con más perros en esta ruta –le advierto tímidamente, pero creo que ya no me escucha.

Detestar a los perros, por más juguetones e inocuos que sean, y escoger para pasear un camino por el que garantizadamente se encontrará con muchos de esos animales a su paso, ¿qué es?

Entonces recuerdo otra escena de hace unos quince años: una mujer, una cliente de un restaurante que se sentó a decirle al camarero que nada le gustaba y que en verdad nada le iba a gustar por más que insistiera.

El empleado gastronómico se quedó extasiado, anodadado, porque apenas había abierto la boca.

-¿Y qué diablos hace aquí, entonces? –tendría que haber sido su réplica; pero, claro, algo así no se dice a los clientes.

(Volví a ver a la mujer, hace poco en otro establecimiento, en el Bauturm de la avenida Aachener de Colonia.

Seguía con el aspecto aquel de que no había nada en este mundo que le pudiera gustar. De relativamente pequeña estatura, llevaba el cabello despatarrado y más o menos corto, anteojos y el ceño inconfundible de quien se mantiene en su propia realidad y que la nuestra es solo una más de sus infinitas posibilidades de acción.

¿En su propio mundo le gustará algo?, no pude evitar preguntarme al reconocerla.)

El artículo cuya lectura he interrumpido tiene un título imposible: Las ‘fanfictions’ y el Centro de Tiempos.

Sí, a mí también me pareció el título de una novela de ciencia ficción. Pero no lo es.

Los fanfictions, fanfic o fic, a secas (sin ka al final), son los relatos que los fans de una obra escriben por cuenta propia basándose en ella.

A muchos autores no les gusta que se metan con sus personajes.

Joanne K. Rowling, por ejemplo, le ganó un juicio a una pequeña editorial por la publicación de un diccionario de la saga de Harry Potter que un fanático había escrito.

En una de las audiencias llegó a expresar con lágrimas en los ojos que consideraba ese diccionario un robo de su propiedad intelectual.

El juez –porque hay jueces así- le dio la razón. (Lo dejo así, sin comentar. ¿Para qué?)

Agustín Fernández Mallo, el autor del artículo, bien nos hace recordar que todo el tiempo se habla de los derechos del autor, pero ¿dónde quedan los derechos del lector?

¿Acaso no recrea cada nuevo lector –y cada uno de ellos en una nueva lectura- una obra con solo leerla?

De hecho, agrega Fernández, hasta la inclusión de una simple cita en un texto cualquiera se podría considerar como un tipo de fanficción.

Tras llegar a casa me he puesto a escribir estas líneas, recordando a la tipa del perro y a la otra del gusto insatisfactible.

¿Cuántos de nosotros nos levantamos a diario con la misma ficción -la mayor posible- en nuestras cabezas?

Esa ficción que parte de que la naturaleza y el tiempo (esas coordenadas sin las que nuestro cuerpo y nuestra mente no nos servirían de nada), el mundo de afuera, las personas que lo conforman, en fin, están allí para acomodarse a nuestros deseos y órdenes. Y para ceñirse a nuestro paso y nuestra velocidad.

Conforme aumentamos la densidad de nuestra invasión tecnológica sobre el planeta (empezamos con nuestra vestimenta y calzado, seguimos con nuestros medios de locomoción y nuestra rutas viales, con nuestras casas, aparatos y muebles; desde hace poco con la Red y pronto con Internet 0, la Red de las cosas) crece esa ilusión.

La ilusión de que lo tenemos todo controlado.

Y de que lo malo que pasa y puede/a pasar, no son sino anécdotas de nuestra existencia a las que no deberíamos prestarle mayor atención, puesto que todo está bajo control. Incluso nuestras emociones y sentimientos.

La realidad es otra.

A la naturaleza, al tiempo, al mundo de allá afuera, le importamos un pito.

Llueve, nieva, corre el viento, se oculta el sol o amanece con absoluta independencia de nuestros deseos, esperanzas y acciones.

Un paraguas, una chaqueta, zapatos y vestimenta adecuada; o aparatos de refrigeración y ventilación nos pueden hacer olvidar solo parcialmente que es así.

Pero nada más.

Yo sueño que estoy aquí
de estas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.

(Pedro Calderón de la Barca)

A la gente con la que nos cruzamos le importamos un pepino más grande aún.

Pero muchas veces nos movemos por el mundo como la rubia del perro.

Como si fuéramos castos y puritanos e intentáramos ver una película pornográfica, y pretendiéramos interesarnos solo por el contingente argumento romántico de la misma.

¿De qué tendríamos que quejarnos en un caso así?

Como la vida tiene sus propios e insondables métodos de enseñanza, un día de estos abriré un diario colonés.

Y me enteraré de que la mujer a-la-que-no-le-gusta-nada-no-insista-no-cambiaré-de-opinión, es una de las más grandes críticas gastronómicas de este país.

…..

$ …..

HjorgeV 25-05-2009

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