PASEO POR LOS PUEBLOS

Me desplazo por un paisaje de campos de cultivo, apenas interrumpido por la carretera rural que los cruza y la ciclovía paralela por la que me muevo.

Es domingo y apenas circulan automóviles.

Vuelvo de un pueblo vecino  a cinco kilómetros de distancia del nuestro al que me he llevado mi esposa por la mañana en la camioneta.

El sinuoso panorama de verdes que completan el amarillo verdoso de sembríos de colza y pequeños bosques a lo lejos en casi todas las direcciones reafirma la sensación de irrealidad que provocan ciertas escenografías naturales como esta.

Si no fuera por las torres de electricidad que laceran el paisaje a la distancia, bien se podría estar frente a un cuadro rural de hace cien o más años.

Bajo velozmente por las faldas de una suave colina, después de vencer un largo ascenso, el viento me da en la cara y vuelvo a sentirme como un niño aventurero.

Voy en patinete, lo cual potencia esta sensación.

Antes, al salir de la localidad vecina en la que he trabajado hasta las cinco de la tarde, podía pasar como un adulto al que se le ha ocurrido pasear en este artilugio de dos ruedas.

Ahora, sobre esta vía rural sé que soy un caso raro.

Estoy seguro de que a nadie antes se le ha ocurrido pasar por aquí con este minúsculo medio de locomoción.

Aunque mi decisión se debe a una simple cuestión práctica (como el servicio público de transportes se reduce a un mínimo los domingos y feriados, frente a la disyuntiva de tener que esperar una hora por el autobús o llevar el patinete y usarlo para el regreso, preferí esta última), sé que debo llamar la atención de los pocos automovilistas con los que me cruzo en mi ruta.

Ahora son menos de cinco kilómetros los que me separan de mi hogar.

Levanto la vista al cielo incomensurable apenas maculado por alguna nube.

Samuel Butler (Inglaterra, 1835-1902) decía en uno de sus aforismos, que todo progreso parte del profundo deseo de todo organismo de vivir por encima de sus posibilidades.

¿Cuáles son las mías ahora, si apenas me desplazo en un pequeño vehículo al que tengo que impulsar con mi propio cuerpo?

Recorro estos campos sinuosos, alternando la pierna de apoyo y trato de tomármelo como un paseo.

Es la primera vez que voy por esta ruta y lo he hecho para evitar la vía principal. He querido tomar un atajo, pero de pronto he empezado a dudar.

Todo se ve muy diferente desde aquí.

No sé verdaderamente si debo continuar o si debo abandonar el carril paralelo a la carretera que estoy siguiendo.

La idea es acercarme al pueblo más cercano, comprobar la ruta y de allí proseguir el camino hasta el nuestro.

Me decido por la última posibilidad.

Ya encontraré a alguien a quien preguntar, me digo. Soy todo entusiasmo, el sol me da en la cara. Sé que me espera mi familia a un par de kilómetros de distancia y eso me anima mucho más.

El camino que desde lejos y cierta altura se veía como una alternativa atractiva, no está asfaltado y a duras penas me puedo desplazar por él con el patinete.

Plantaciones de cebada o trigo flanquean mi paso. Elevados árboles solitarios deben marcar límites que desconozco.

Por contemplar el paisaje, tropiezo con una piedra y casi voy a parar al suelo.

Sonrío, porque no me ha pasado nada.

Sonrío también porque no tengo la más mínima idea de dónde estoy verdaderamente y siento que este es un sentimiento que deberíamos experimentar más a menudo en nuestras vidas.

Reconocer que lo que nos une al espejismo del que formamos parte son apenas simples pero complejos mecanismos automáticos como la respiración y la circulación de la sangre.

Olvidar que pertenecemos a una sociedad y que dentro de ella formamos una familia o vivimos solos.

Olvidar por un momento nuestros vínculos a todo lo demás.

Llego a lo que supongo que es el vecino pueblo de Geyen, pero no puedo reconocerlo desde la entrada absolutamente secundaria (trasera) que he escogido para hacerlo.

Abandono los campos de cultivo y regreso al paisaje urbano.

Me decido a preguntar por información al primero que se me cruce en el camino. Es domingo por la tarde. No hay nadie en las calles.

¿Dónde están los niños?, me pregunto.

Avanzo un par de cuadras y de pronto reconozco una calle, luego otra más y ya sé dónde me encuentro.

Ahora avanzo más confiado. No necesito preguntar a nadie para orientarme.

Paso por la escuela a la que va uno de mis hijos.

Dejo atrás el campo de fútbol en el que entreno a un equipo juvenil del pueblo y una cancha de baloncesto. Veo la mesa de tenis de mesa que la flanquea.

Desiertos.

Veo a una pareja mayor con su perro. Luego una mujer que también pasea con su can.

Empiezo a ascender el último tramo de mi ruta: pequeñas calles empinadas de mi pueblo alemán ahora totalmente solitarias.

¿No habrá empezado la Gran Evacuación del planeta y este peruano no se ha enterado?

Es domingo en Alemania, me doy como explicación.

Cuando volteo la última esquina antes de llegar a casa, me sorprendo porque finalmente en la entrada de la especie de pasaje en el que vivimos veo a dos niños jugando.

Están acuclillados, pintando algo sobre el piso frente a la fila de tres garajes que precede nuestra angosta bocacalle.

Por fin veo a niños jugando en la calle, casi al llegar a mi destino.

Están tan concentrados en su juego que apenas notan que voy hacia ellos.

Cuando me acerco más, constato, aún con más sorpresa, que se trata de mis propios hijos.

$ …..

HjorgeV 01-06-2009

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