EINSTEIN Y UN ENFERMO DE LA RED

-No puedo más, hermano –me dijo.

Tenía los ojos rojos y la posición de sus hombros era la de un hombre derrotado.

-Tenías un buen trabajo, me contaste. ¿Lo perdiste?

-Es a lo único que me aferro –me respondió, dándole la espalda a su escritorio.

Tenía la computadora encendida (él la llama ordenador) y de cuando en cuando se volteaba para abrir una nueva página a la que solo le podía echar un vistazo desganado debido a nuestra conversación.

Me había contado que su nuevo trabajo consistía en confeccionar textos para libros escolares. Al comienzo se había entusiasmado con él.

Su gran sueño era escribir una novela, o, mejor dicho, terminar de escribir alguna, porque había escrito varias a lo largo de sus poco más de treinta años de vida y todos los intentos habían terminado en la papelera.

-¿Cuál es tu problema? –le pregunté-. Déjame serte franco, tienes el aspecto de estar endrogado con algo.

-Estoy enfermo de la Red, hermano.

-¿Juegas?

-Bueno fuera. Tal vez así podría obtener algún beneficio económico de mi vicio.

Le pregunté cuál era su vicio. No podía imaginármelo. ¿Sexo a la distancia?

-¿Te acuerdas que te contaba que cuando mi abuela descubrió la televisión poco antes de morirse después nunca más abandonó su sillón favorito?

Algo así recordaba vagamente.

Que la madre de su madre se había marchitado frente a la caja tonta, esas habían sido más o menos sus palabras. Creí intuir adónde quería llegar.

-¿Y tu novela? –traté de animarlo-. Me contaste que la habías empezado y que habías empezado a hacer varias versiones.

Me había contado un par de años atrás que las nuevas posibilidades tecnológicas (la corrección automática del texto, el cambio de formato casi instantáneo y la posibilidad de poder ver lo escrito en cualquier tamaño y tipo de letra) lo habían entusiasmado y que la creación se había convertido en algo verdaderamente liberador para él.

-Me siento durante horas frente a la pantalla y no atino a hacer otra cosa más que zapear por la Red.

-Le pasa a todos. Muchas compañías están considerando seriamente restringir el uso de la Red para sus empleados.

-Lo mío es peor. Empiezo revisando mi correo y luego paso a las noticias del día. Cuando menos me doy cuenta, ya me he pasado cuatro horas frente al ordenador.

-Me ha sucedido alguna vez –traté de consolarlo-. Pero no tan drásticamente.

-Me sucede a diario, Jorge. No tengo quien me controle. Ese es mi gran problema. ¿Te acuerdas que lo primero que me gustó de mi nuevo trabajo era que no tenía que salir de casa ni rendirle cuentas a nadie? Ahora preferiría tener a alguien controlándome por encima del hombro. Hablo en serio.

-Lo dices por decir, vamos.

No sabía cómo reaccionar, qué decirle, cómo animarlo.

-¿Y cómo haces para entregar tus trabajos? –le pregunté, con preocupación-. ¿Los terminas?

-¿Los textos para los libros escolares?

Se levantó de su sillón giratorio, empezando a sonreír tristemente.

Su departamento era un caos casi insoportable para el visitante. Él parecía no poder percibir más la realidad a su alrededor. O tal vez era la confianza que me tenía. Había cajas para pizza por todas partes, latas y botellas vacías colocadas con cierto esmero absurdo junto a la pared desde la entrada hasta su habitación principal.

Siempre había sido un desordenado del carajo, como él mismo solía anunciarse cada vez que recibía a un visitante nuevo en su departamento, pero ahora, con el paso a la vida adulta, todo se había vuelto más patético, más pronunciado en su conducta.

“Lo que se perdona en los niños, se condena amargamente en los adultos”, me había dicho una vez tratando de justificarse al respecto.

-No me digas que estás a punto de perder el trabajo –le dije, casi con piedad.

Me encontraba sentado sobre uno de los brazos de lo que alguna vez había sido un sillón y ahora era una especie de objeto de arte: una instalación que abarcaba desde libros hasta prendas de vestir, pasando por envases vacíos de comestibles, tazas y vasos vacíos y un par de zapatos sin pareja.

Cortado y pegado. A eso me dedico. Así de sencillo –respondió a mi interés, cuando ya me había olvidado qué le había dicho-. Me pongo a buscar textos, los corto, los adapto y luego los pego.

-Ya.

Me ofreció un poco de vino, pero no se lo acepté.

Después me acompañó hasta la puerta, al abrirla dejó caer un par de botellas vacías que había colocado con esmero demasiado cerca de ella.

-No vuelvas a visitarme, por favor –me dijo, empujando con un pie las botellas caídas hacia un lado.

Sonreí.

Nos conocíamos hacía mucho tiempo y eso solo podía ser una broma de su parte, aunque lo había expresado con absoluta seriedad.

-Tú fuiste el que me invitaste -me apresuré a defenderme.

-Quiero decir que no se te ocurra venir sin que te lo haya pedido.

Le pregunté si era una broma, poniéndome a calcular cuánto tiempo nos conocíamos ya.

-Claro que es una broma –me dijo él, sin sonreír-. Estoy atravesando una grave crisis.

Recordé unos pensamientos atribuidos a Alberto Unapiedra, la traducción del alemán del nombre de Albert Einstein. Le rogué que me permitiera usar su computadora.

Leímos juntos, después de encontrar lo buscado:

Wir können nicht davon ausgehen, dass sich Dinge verändern, wenn wir immer dasselbe tun.

Eine Krise iste der größte Segen, der einer Person oder einem Land passieren kann, denn sie bringt immer Fortschritt. Die Kreativität entsteht aus der Panik, genau so wie der Tag auf die Dunkelheit der Nacht folgt. Krisen gebären Innovationen, Erfindungsgeist und große Strategien. Wer eine Krise übersteht, überwindet sich selbst, ohne bezwungen zu werden.

-¿Sabes qué? –me dijo, tras terminar de leer el corto texto.

-Dispara.

-Hace tiempo que no hago una traducción. Creo que eso me podrá servir para airearme un poco la mente.

-Pásamela cuando la termines –le rogué por decirle algo antes de despedirme y dejarlo enfrascado en la traducción.

No podemos esperar que cambien las cosas, si siempre hacemos lo mismo.

Una crisis es la mejor bendición que le puede suceder a una persona o a un país, porque siempre trae consigo progreso.

La creatividad nace del pánico, tanto como el día sucede a la oscuridad de la noche.

Las crisis generan innovaciones, creatividad y grandes estrategias.

Quien supera una crisis, se supera a sí mismo sin sentirse forzado.

(ALBERT EINSTEIN)

$ …..

HjorgeV 05-06-2009

Nota: Existen varias versiones en castellano del mismo texto atribuido a Einstein. Un ejemplo pulsando aquí.


One thought on “EINSTEIN Y UN ENFERMO DE LA RED

  1. Hola : perdona que no haya visitado mucho tu pagina últimamente pero es que estoy como ese de tu post , figurate que he dejado de escribir los comentarios de las noticias y en los blogs de veinte minutos donde en solo ocho meses habia conseguido 144400 visitas . Si quieres saber como estoy de deprimido visita el Blog del becario de 20minutos donde me han puesto en dos meses unas catorce veces. Ya te iré contando mis problemas. Un saludo con abrazo de amigo de siempre.

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