PAUL AUSTER: EXPERIMENTOS CON LA VERDAD

Es un libro de tapa amarilla que compré con cierto tremor en uno de mis pasajes por España.

En la portada aparece una especie de bandera cuadrangular deportiva dividida diagonalmente en tres.

La banda central muestra una fotografía parcial –también diagonal- del rostro de Paul Auster como quien ha tenido que sacar una tira de papel de encima rasgando los bordes para conseguir descubrir la imagen.

Auster es un autor que me fascinó de manera tremenda y misteriosa allá a finales de los años 80 cuando recién acababa de salir de mi país y no tenía mayor idea de qué iría a ser de mi vida en este país.

De allí el tremor que menciono al comienzo.

Ese temblor (ante obras de arte, ciertos sucesos o personas) que sin ser temor, nos anuncia experiencias singulares y profundas.

Esta es la cuarta o quinta vez que leo este libro, Experimentos con la verdad (2001, Anagrama, traducciones de Damián Alou, María Eugenia Ciochinni y Justo Navarro).

No solo no lo he sentido repetitivo o releído, al contrario, me ha llevado a aprender y descubrir nuevas cosas y reconocer otras perspectivas que había pasado por alto en las lecturas anteriores.

(Lo recomiendo por eso como un verdadero libro de cabecera. De esos que uno nunca se puede cansar de leer ni consultar.)

Recuerdo la lectura estremecedora de su obra más famosa, La trilogía de Nueva York, allá a finales de los años ochenta.

Esa forma de contar las cosas, haciendo compartir misterio y una visión borrosa y desenfocada del mundo (marca casi inconfundible para mí de la prosa austeriana) como si se tratara de una cualidad inmanente no intercambiable del universo.

Y no un defecto del observador.

Este Experimentos con la verdad es un libro heterogéneo (figura bajo ‘ensayos’) en su contenido.

Son notas de viaje (de la vida considerada como tal); ensayos y entrevistas en un objeto de poco más de 200 páginas.

En la primera parte –y que presta su título al libro- el escritor que de niño pensó convertirse en rabino, recoge sucesos verídicos que habían dejado una huella imborrable en su memoria.

Y esta huella, al ser relatada, sorprende al lector por su capacidad para abrir más ventanas de conocimiento (y desconocimiento: el simple desconcierto ante la vida) y añadir más luz al escenario y los personajes estudiados.

He leído este libro de Auster varias veces, lo repito.

Lo tomé ayer más o menos de casualidad del estante acristalado de mi dormitorio, mi particular estación de servicio.

Lo tomé porque no encontraba la novela de John Le Carré, El jardinero fiel (2000), que (también) había empezado a releer.

Tras empezar la lectura de Experimentos tuve una extraña sensación.

¿Cuántas veces había leído este libro y, sin embargo, estaba sintiendo como si lo hiciera por primera vez?

Me hice esta pregunta con preocupación.

Pensé en el desgaste de la memoria o de mis otras facultades mentales.

(No se pasa la línea de los cuarenta sin consecuencias patentes, quedan avisados todos los jóvenes y jóvenas que por alguna razón improbable estén leyendo estas líneas.)

Apenas dos años atrás, me había demostrado ser capaz de emprender una nueva aventura profesional al trabajar como traductor e intérprete para la que entonces era la empresa de cemento más grande del mundo.

Había tenido que aprenderme de memoria cientos de palabras técnicas y mantenerme alerta para saber cómo reaccionar ante unas dos mil más en apenas tres semanas.

Había traducido simultáneamente al alemán y al castellano a conferencistas que se expresaban en inglés y en castellano indistintamente y ello en un terreno que al comenzar el trabajo no conocía para nada.

Sudando frío y con mucha, mucha suerte, pasé la prueba.

¿Y ahora tenía problemas de memoria con un libro, (relativamente delgado además?

¿Qué se habían hecho todas las lecturas anteriores?

¿Se habían fugado de mi mente?

Claro, recordaba muchos de los temas tratados, ciertos pasajes y situaciones descritas.

Pero la escritura misma, el tren de palabras como vagones que recién una vez puestos uno detrás de otro dan sentido al convoy y su ruta, era algo que no podía reconocer más allá de tener la certeza que se trataba de la prosa de Paul Auster.

Y hete aquí -aquí hete- que, terminando el libro, el mismo autor ha venido en mi ayuda con la siguiente frase que había pasado por alto anteriormente:

«En mis libros, siempre intento dejar suficiente espacio en la prosa para que el lector la habite; porque en definitiva creo que es el lector, y no el autor, quien escribe el libro.»

He repetido y repito hasta el cansancio que un libro tiene tantas lecturas como lectores tiene.

Y que cada lector hace diferentes lecturas de un mismo libro en circunstancias y épocas diferentes de su vida. Eso es algo que todos experimentamos pero que muy pocos reconocen y saben aceptar.

De allí estas líneas.

Un homenaje a la Relectura como placer y experiencia vital.

Y un homenaje a ese mago literario que es Paul Auster.

(Hay un Auster diferente que -por razones que desconocemos- nos espera en cada nueva lectura de sus obras.)

A pesar de haber aprendido que muchas veces es mejor regalar un libro que mantenerlo como adorno en alguno de nuestros estantes sin que nunca más lo volvamos a tocar (si nos apetece volver a leerlo podemos pasar por la hermosa fase de pensar en él y tratar de conseguirlo, ¿no?), Experimentos con la verdad ya ha pasado a formar parte de mi diminuta colección de libros que releo con pasión cada cierto tiempo como si los leyera por primera vez y de la que no pienso separarme.

Termino rescatando una frase de esta obra que el autor menciona a propósito de una carta falsificada (que debió formar parte de la correspondencia entre algún lector y otro que lo embaucaba haciéndose pasar por Auster), de la cual nunca ha querido deshacerse:

«Quizá la conservo como un monumento a mi propia locura. Quizá sea el medio de recordarme que no sé nada, que el mundo en el que vivo no dejará nunca de escapárseme.»

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HjorgeV 09-06-2009

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