EL MONO AUTODESTRUCTIVO

EL SÍNDROME DE LA ENSALADA REDENTORA

Una noticia de los últimos días me ha hecho reír con ganas.

Sobre todo porque nos retrata de cuerpo entero. Y alma desnuda.

Resulta que ahora está demostrado que somos mucho más vulnerables de lo que aceptaríamos –incluso- con una pistola al cuello.

Al parecer no solo nos autoengañamos con alto espíritu deportivo.

Nos creemos tan fuertes, sanos, astutos, sabios y resistentes que seguimos fumando con la tensión y la actitud del fumador de pasta básica de cocaína.

(Un fumador de pasta -o basuco– puede llegar a fumarse al hilo hasta cien cigarrillos por sesión. El crack es un producto muy parecido.)

Nos creemos dueños de tan rápidas y perfectas reacciones, que vamos por las autopistas y calles como por las vías virtuales de un juego infantil, en el que no existe ninguna responsabilidad ni consecuencia en caso de choque o accidente.

Es decir no solo nos autoengañamos para obtener una supuesta ventaja.

También lo hacemos en nuestro propio perjuicio.

El caso de la ensalada es el siguiente.

Muchas cadenas de comida cartón (rápida o basura) han empezado de un tiempo a esta parte a incluir hortalizas y frutas en sus menús.

Sin embargo, lo que empezó como una solución contra la disminución de las ventas y una forma de hacerles creer a sus clientes que se preocupaban por su salud, ahora, con la crisis económica mundial añadida, se ha convertido en uno de los factores de repunte y auge del negocio en mención.

Se ha descubierto que a los clientes les basta observar las fotografías de los productos saludables para creer que han hecho suficiente por su salud.

Y, al momento de pedir, se inclinan simplemente por las bombas calóricas.

La ciencia tendría que ponerse a investigar qué hacer para revertir este fenómeno.

Es decir, cómo hacer para que nuestra inclinación a la autodestrucción termine siendo favorable para nosotros mismos.

Me imagino que la respuesta más sencilla ya está dada.

Al paso que vamos, se solucionarán todos nuestros problemas.

Simplemente porque lo que hacemos conlleva a la desaparición de la especie.

(¡Salud!, añadiría yo.)

Todo esto me lleva a pensar en los automóviles híbridos que han empezado a ponerse de moda, entre otras cosas porque los precios de la gasolina pueden dispararse a niveles marcianos en cualquier momento.

¿Terminarán cumpliendo estos vehículos el mismo rol de las ensaladas en los negocios de comida cartón?

Pienso también en los cigarrillos ligeros o de (supuesto) bajo contenido de nicotina y alquitrán.

Aparecieron en los años setenta como una forma de calmar los miedos y la mala conciencia de los fumadores. Fumando un cigarrillo ligero, se les hacía creer, se “fumaba más sano”.

Y, claro, si nos autoengañamos con facilidad, ¿cómo asombrarnos de que otros nos quieran engañar tan descaradamente?

Hoy en día los llamados cigarrillos ligeros representan el 50% de las ventas tabacaleras en muchos países.

Sin embargo, han pasado casi cuarenta años desde aquel golpe de mercadotecnia y sigue sin demostrarse que su consumo signifique una disminución de los riesgos para la salud del fumador.

Al contrario, a este le basta dar caladas más profundas para poder adquirir su dosis nicotínica y ponerse al nivel del fumador ‘normal’.

(La imagen del fumador desesperado, de ese que parece que en cada calada se le fuera la vida que mencionaba al comienzo, es por eso cada vez más común.)

Existe entonces un fenómeno que no llego a entender del todo (en verdad no lo entiendo para nada):

Sabemos que el tabaco es una droga peligrosísima y que el 50% de los fumadores mueren a la larga por las secuelas de su drogadicción.

Sin embargo, no atinamos a reaccionar.

Se sabe que los fumadores pasivos aspiran sustancias tóxicas y cancerígenas, y, sin embargo, aún en los países europeos en los que ya existen normas para impedir la ‘fumación’ pasiva, la mayoría de esas normas son burladas en diversos ámbitos de la vida social.

En los negocios gastronómicos, por ejemplo.

(Algo nada deleznable si se tiene en cuenta que una gran parte de españoles y alemanes -los casos que conozco- no se va a la cama sin haber pasado por un bar o restaurante.)

Hay más.

Se sabe que parte de los más graves accidentes de tránsito son precedidos por un accidente menor (dentro del automóvil) del conductor fumador al querer encender o apagar un cigarrillo o cáersele este.

Sin embargo, hasta ahora no existe una prohibición al respecto.

Algo que sí ha ocurrido con los teléfonos celulares, por ejemplo.

(Seguramente, me imagino, porque se trata de un fenómeno muy nuevo, de tal manera que quienes han propuesto y aprobado las leyes son personas que no han “nacido” con un celular a la oreja como sí es el caso de las nuevas generaciones.)

Todo esto nos debería llevar a una conclusión clara.

El Mono Consumista es más un Mono Autodestructivo, pues no es capaz de controlar su consumo y tiende a autodestruirse con este, además.

Sabe autoengañarse tanto a su favor como en su perjucio.

En lo referente a su salud, muchas veces aprueba leyes que no quiere cumplir y sabe que no va a cumplir, solo para después burlarse con trampas de ellas.

(Por lo menos, en la mayoría de lugares públicos de este país, Alemania, ya no está permitido fumar. Quien encuentre un bar alemán en el que esté prohibido fumar que me lo comunique, por favor.)

Cínicamente, hay quienes sustentan que el tabaco es una de las mejores soluciones para países “ancianos” como Alemania.

Como los fumadores se mueren antes, su muerte prematura alivia los sistemas de jubilaciones.

A lo que iba.

Parte de la propaganda consumista consiste en considerarnos libres. (Discurso que va paralelo al de los gobernantes de los países del llamado Primer Mundo.)

Pero no somos libres.

Somos seres perfectamente manipulables.

Y nos manipulamos, además, nosotros mismos en nuestro propio perjuicio.

El ejemplo de la ensalada es paradigmático.

Pero también en asuntos más graves nos dejamos engañar con una facilidad espantosa.

EEUU acaba de admitir, por ejemplo, la muerte de civiles en sus bombardeos en Afganistán.

El Pentágono ha declarado que los ataques “fueron el medio apropiado de destruir una amenaza enemiga”.

Es decir, con el pretexto de destruir una amenaza enemiga debe aceptarse todo, incluso la muerte de 140 civiles (cifras del gobierno afgano).

Otro engaño más sobre el gran engaño inicial del 2001: la invasión de Afganistán.

¿Y la Ciencia?

Que los grandes señores comerciantes (más políticos y militares) tengan interés en que el mundo se siga poblando de seres que se creen racionales pero que actúan irracionalmente gran parte del día, para beneficio de sus ventas (movidas y acciones militares), es algo más o menos lógico en el sentido que es lo de esperar.

(Los comerciantes interesados en vender cosas verdaderamente útiles y sensatas son la absoluta minoría sobre el planeta. Los políticos que piensan más en sus conciudadanos que en su reelección, una rareza. Militares pacifistas, un imposible.)

Pero que los científicos sigan sin traducir todos sus actuales conocimientos en normas y soluciones prácticas capaces de corregir este peligroso sinsentido humano, es algo que debe formar parte de ese mismo tipo de conducta inexplicable.

Esa que consiste en hacer algo a pesar de saber que estamos haciendo daño.

Incluso a nosotros mismos.

$ …..

HjorgeV 19-06-2009

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