LA VOZ DE UNA POSIBLE NUEVA REVOLUCIÓN

Uno de los primeros amigos que tuve al llegar a Colonia allá a finales de los ochenta se llamaba M. y era iraní.

Se le veía poco interesado en su carrera y más bien dado a los placeres y las comodidades de un estudiante universitario en Alemania.

Su familia había emigrado de Irán, sin que nunca llegara a enterarme si se trataba de exilados políticos, como gran parte de los iraníes que llegaron y ahora viven en este país.

Lo recordaba como un tipo muy seguro de sí mismo, alguien que sin ser especialmente guapo se sabía atractivo y muy consciente y orgulloso de su milenaria y rica cultura persa.

(La amiga íntima de una de mis primeras novias se burlaba de él como amante, diciendo que era de los que se creían poseedores de la espada del Islam durante el coito.)

Cuando se le preguntaba a M. por su procedencia, prefería usar el adjetivo ‘persa’ antes que ‘iraní’.

Apenas unos pocos años atrás se había producido la revolución iraní de 1979 y poco después habían empezado a salir familias enteras de Irán escapando del nuevo régimen religioso.

Hoy los iraníes –unos 100.000 repartidos por toda Alemania- conforman uno de los grupos más y mejor integrados.

Entre todos los migrantes, son los que cuentan con más académicos en sus filas, con una de las menores tasas de criminalidad y los que mejor hablan el idioma.

Con todo y a pesar de haberles ido relativamente bien como grupo migrante en este país, siguen sintiéndose iraníes en el exilio y son de los que añoran un destino que nunca existió salvo en sus mentes.

Es curioso, porque de haberse quedado en su país, probablemente no habrían alcanzado lo que muchos ahora tienen: libertad para moverse y pensar, posibilidades de educarse y formarse, y una forma de vida con la que muchos otros migrantes solo podrían soñar.

Otro iraní me cuenta que acaba de heredar casi medio millón de euros y que ya renunció a su trabajo como cocinero en un restaurante de mediana categoría.

Tiene el billete de avión en la mano y aún no sabe si se atreverá a abordarlo el día que le toque viajar (dentro de una semana, si mal no recuerdo).

Es un tipo que bien podía haberse convertido en médico o ingeniero.

No es que no estuviera contento con su trabajo bien remunerado en el restaurante, pero nunca había podido quitarse de la cabeza que estaba predestinado para algo ‘más trascendente’ en la vida que satisfacer el paladar de clientes alemanes de clase media alta.

No me lo dijo de esa manera, por supuesto.

Me cuenta que la revolución iraní de 1979 que derrocó al sha Mohammad Reza Pahlevi y que instaló la república islámica aún vigente, se inició con una serie de movilizaciones y protestas que tuvieron su origen en el pueblo de Qom, a unos 150 kilómetros al sur de Teherán.

Al parecer, un artículo periodístico en el que se tildaba al ayatollah Jomeini (a la sazón en Francia, convertido en el portavoz de la oposición iraní) de ‘extranjero’ por tener ascendientes hindúes, exacerbó los ánimos del pueblo por lo que consideraban una ofensa a su líder en el exilio.

El gobierno intentó reprimir la protesta violentamente y la ola iniciada en vez de remitir fue creciendo hasta llegar a Teherán obligando finalmente a dimitir al sha y a exiliarse en Egipto.

Hoy que las protestas no cesan en Irán, es interesante recordar que la monarquía derrocada en 1979 había derrocado a su vez al gobierno democrático de Mohammad Mossadeq en 1953 por medio de un golpe de estado.

La monarquía entrante disolvió los partido políticos y creó una policía política casi omnipotente.

Poco menos de treinta años después, había llegado a su final.

Curiosamente, hoy, otros treinta años más adelante, el gobierno de la revolución que derrocó a la monarquía puede empezar a tambalearse de la misma manera como se impuso.

O, de superar las protestas actuales, bien puede terminar cimentando aún más su poder.

A mi amigo M. lo volví a ver hace poco.

Había puesto un negocio y no le había ido muy bien. Por la rojez de sus ojos, comprendí que seguía sin poder abandonar los dictados de María.

De la María que se fuma, hay que entender.

No pudimos hablar mucho porque me dijo que tenía prisa. Poco después de saludarnos después de muchos años sin haber ahondado en ningún tema, apareció su taxi.

El chofer también era iraní, como probablemente uno de cada tres en Colonia.

R., por su parte, el cocinero iraní que ya no quiere serlo porque con su herencia se imagina otra vida, está muy nervioso en estos días.

El tema que más ocupa sus conversaciones gira alrededor de Neda Agha-Soltan, una estudiante de filosofía islámica, amante del pop de su país y acérrima viajera, muerta el sábado pasado por el disparo de un desconocido en el curso de una manifestación de protesta contra el gobierno en las calles de Teherán.

Neda significa ‘voz’ y también ‘llamada’. Un nombre tan popular como María en el ámbito hispanoamericano.

R. está convencido de que nos encontramos en las vísperas de otro gran momento en la historia de Irán.

La muerte de Neda ha terminado de convencerlo de que es posible un movimiento popular que derroque al régimen islámico que derrocó al sha en 1979, quien a su vez había llegado al poder por un golpe de estado a un gobierno democrático en 1953.

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HjorgeV 23-06-2009

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