UN CONTINUO EJERCICIO DE SUBESTIMACIÓN

ESPAÑA 0:2 EEUU

Hay varias formas de afrontar un encuentro.

Con la rutina acostumbrada.

A la desesperada, tratando de romper puertas y rogando que se produzca un milagro, por ejemplo.

O siguiendo una estrategia concreta y recetada de acuerdo al diagnóstico hecho tras analizar al rival de turno.

España se lanzó al campo a elaborar su rutina jugando a lo Barcelona:

Mucho tejido de punto más o menos sin aparente sentido entre el círculo central y la media luna rival.

Pases cómodos a los laterales pero sin atacar al estilo guerrero alemán.

Control máximo de la herramienta de trabajo. Y mucha paciencia.

EEUU, por su parte, saltó al campo de juego con la receta en la mano.

La idea era más o menos plantar un bosque humano delante de su portería y esperar con infinita paciencia un contraataque de la mano de las ideas de su número 10, Landon Donovan.

Seguramente le habría ido bien a España si no encajaba el primer y tempranero gol.

Porque este, más que ser el reflejo de lo que se veía en el campo de juego, fue una jugada inesperada de suerte que le cayó como un baldazo de agua fría del que ya no pudo recuperarse jamás.

Suele suceder.

Cuando, partiendo de claro favorito, los sentidos se concentran más en buscar a la pareja más bonita (Villa queriendo establecer una nueva marca en goles, Torres queriendo lucirse y perforar la red lo más pronto posible) que en el baile en sí.

Hasta el minuto 26 se venía desarrollando un claro ejercicio de tanteo: EEUU venía haciendo lo suyo muy bien y España trataba de acomodarse al nuevo rival.

Entonces, en un pase aparentemente inocuo a la media luna española, Piqué (¿Capdevila?) se confía.

El delantero usamericano Altidore se esconde la pelota debajo de la camiseta, gira sin dejársela ver al defensa del Barcelona y cuando este se da cuenta de que al jugador prestado al Deportivo Xerez le ha salido un truco fortuito de magia, es muy tarde.

La pelota salta del sombrero de Altidore (perdón, de su camiseta) y va a parar justo delante de sus pies y frente a las puertas del Cielo.

Son esos momentos en los que el delantero ve la portería contraria del tamaño de la puerta de la caseta de un perro de jardín (y encogiéndose además) y el portero se siente como desnudo y debajo del Arco del Triunfo.

Si este consigue amedrentar psicológicamente al delantero y sale a achicarle el ángulo o a cubrir el disparo, puede que no sea gol.

Casillas se quedó casi paralizado, esperando tal vez un milagro; que tan lejos no estuvo de suceder.

Gol de EEUU.

La chica que habías escogido para ser tu futura pareja, se niega a bailar contigo.

Señores, a despertar. El mundo no se ha acabado. Una simple anécdota en la racha de triunfos y partidos sin perder. ¡Vamos!

Todos lo entendieron, no parecía haber problema.

Quedaba más de una hora de juego. Una eternidad.

Entonces, especialmente a los delanteros, a los españoles se les mete en la cabeza que tienen que marcar el gol de empate más o menos a la fuerza y lo más pronto posible. ¡Qué va a pensar el público de nosotros!

Pero las cosas no les salen y empiezan los reproches.

Minuto 31.

Villa se encuentra un balón bastante cómodo en plena área rival, se siente seguro y quiere romper las redes.

(No se puede saber si vio a su compañero Torres, quien se encontraba más o menos a la misma altura y completamente libre por la izquierda, haciéndole señas, también muy cerca del arco de Howard.)

El delantero del Valencia yerra.

Reproche de Torres a Villa.

Vicente del Bosque, el señor sin músculos faciales, empieza a impacientarse y se levanta para ver qué está sucediendo.

Mala señal.

No están haciendo las cosas bien, muchachos, hay que enmendar rumbos. Tiene que venir un gol pronto.

¿Acaso no lo sabían sus jugadores?

Ahí empezaron a aglutinarse los esfuerzos por torcerle el cuello al resultado, pero ahí también empezó la desesperación.

El único que permaneció impasible hasta el minuto 93 fue Xavi, para bien y para mal: como el capitán que se niega a abandonar el barco hasta que este se hunde.

¿Por qué no?

España ha llegado hasta donde ha llegado -marcas incluidas- por su respeto a su propio estilo de juego.

Enterarse de que hay formulitas más o menos simples para contrarrestar su estilo de juego (curiosamente, ninguna incluía un marcaje exclusivo a Xavi, quien no dejó de repartir el balón todo el partido) y que había que buscar el contraveneno, tenía que formar parte del aprendizaje. Y nada más.

En cambio, cundió la ofuscación mental y España terminó el primer tiempo pidiendo la hora.

Llegado el segundo, todos pensaron: nuevos dados, nueva suerte.

Sin embargo, en el diccionario del partido empezó a crecer otro vocablo en tamaño, superando incluso a ‘desesperación’:

Infructuosidad.

Los jugadores españoles se empeñaron en continuar su ejercicio de subestimación del rival:

Nos tiene que salir porque sí, porque somos nosotros, porque yo soy yo.

Como si el rival no existiera y el partido solamente lo estuvieran perdiendo ellos por voluntad propia.

Para agravar el asunto, los de rojo continuaron cometiendo errores más o menos infantiles.

EEUU, por su parte, seguía moviéndose sin desviar la vista del guión que tenía en las manos, tratando de no apartarse ni una línea de lo escrito.

Cuando Xavi quiso retomar el comando del equipo y quitarle la desesperación a punta del fútbol que sabe, algunos de sus compañeros (convencidos de que ellos sí tenían la fórmula secreta) empezaron a ignorarlo.

Errores continuos, pases que no llegaban.

¿No se habrían equivocado de película o de cine?

(Encomiosa la insistencia de Xavi en dirigir el partido a su aire a pesar del poco convencimiento y del nerviosismo de sus compañeros.)

¿Debe un delantero ser egoísta o pensar más en el equipo?, esta es una pregunta con tanto sentido como la del huevo y la gallina.

¿La respuesta?

Depende de la circunstancia concreta.

El cómo y por qué decidir es lo que diferencia a los mejores del montón.

Torres quería hacer el gol, de ser posible en el siguiente minuto y solo. Quería soltarse de una vez por todas la camisa de fuerza y lanzar un grito de guerra.

Lo malo era que su actitud solo servía para aumentar la ansiedad de un equipo que no contaba con ir perdiendo contra EEUU, una escuadra modesta, pero altamente disciplinada.

Cuando pasados unos pocos minutos del segundo tiempo los españoles se pusieron a reclamar cada decisión del árbitro uruguayo y Del Bosque empezó a dar indicaciones desde el borde del campo, muchos presentimos lo peor.

Xavi, por su parte, seguía su juego impasible, como corresponde a un profesional.

Los jugadores de EEUU, mientras tanto, continuaban desplegando su alta cuota de sacrificio.

¡Esta Copa no era con ellos!

¡Habían perdido sus dos primeros partidos, y por goleada, además!

Con empatarle a los españoles e ir a los penales, ya habrían escrito historia en este deporte que tanto se les niega (¿negaba?).

Esto lo sabían Torres y Villa y cada uno proseguía su particular búsqueda del candado del arco rival con un gigantesco martillo sobre sus espaldas.

Cuando al jugador del Liverpool le lanzan en el minuto 69 un balón alto y largo, de esos que se bajan con botines recubiertos de terciopelo y se siembran sobre la propia línea de carrera para rematarlo al vuelo, Torres, obviamente, falla.

Como se había decidido por el levantamiento de pesas, cuando le llega un ejercicio de alta cirugía, reacciona con los músculos preparados para la halterofilia.

Que un jugador como Donovan, el número 10 de EEUU (que pasó por la Bundesliga y tuvo suerte de que no se rieran en su cara por su fútbol tan ingenuo y transparente), fuera el principal artífice del equipo que dirige Bob Bradley, lo dice todo.

En el fútbol no hay trucos. Gana el que mete más goles.

Y no importan el gran historial ni las veinte mil marcas que puedas tener grabadas sobre la frente, eso no te hace necesariamente mejor como grupo.

Entonces llega el desenlace faltando unos 20 minutos de juego.

Un balón que no era nada (ni centro ni remate de ¡Donovan!) se le escurre por entre las piernas a Piqué, Ramos la deja pasar como si la cosa no fuera con él y cuando se la encuentra y quiere gritar es mía, se la roban de la billetera delante de 60.000 espectadores.

(Observen que la jugada se inicia en un grave error del mismo Sergio Ramos, seguido de dos más del mismo jugador. Tuve que recordar a ese misterio del fútbol español llamado Iván Campo.)

Como veinte minutos pueden ser una eternidad sobre todo cuando se pierde por dos goles de diferencia y se ha venido a batir varias marcas y a aparecer en todos los diarios al día siguiente, España pasó a ocupar todas las trincheras posibles delante del arco rival.

EEUU lo agradeció: cuando todos suben, el área se puebla de obstáculos y es más difícil que entre la pelota al arco.

España tendría que haber jugado al ollazo o al contragolpe, dos cosas que no están en su manual de instrucciones.

El resto fue esperar un milagro que no llegó.

Lo había advertido apenas un par de días atrás un lector (Román Pineda de Honduras) de esta bitácora: España siempre se desmorona en el tramo final.

Así es el fútbol.

Por suerte.

Porque también hay que saber agradecer y aprender del factor sorpresa de este ajedrez que se juega con los pies.

España no tiene de qué avergonzarse.

Al contrario.

$ …..

HjorgeV 24-06-2009

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