BELLA RIBERA SERRANA

Begur es un pintoresco pueblo catalán asentado sobre las laderas de un grupo de montañas  boscosas de mediana altura al pie de la Costa Brava.

El pueblo mismo, o casco viejo, está situado sobre la montaña más alta de la zona, que en la época feudal estaba coronada por un castillo del que aún quedan algunos restos visibles.

Quien se tome la molestia de subir a pie hasta la cumbre de esta pequeña montaña urbana se verá regalado con una hermosa vista de la comarca y sus confines.

Por un lado el terreno montañoso y cubierto de vegetación del Bajo Ampurdán.

Y, por otro, el Atlántico, bañando sus acantilados, costas peñascosas, farallones, playas, diminutas bahías y calas –con y sin arena- que hermosean su litoral.

Como si alguna vez los macizos montañosos del interior hubieran detenido violentamente su carrera hacia el mar sin poder evitar que sus entrañas peñascosas se distribuyeran a lo largo de la costa y formaran ensenadas de ensueño.

Si hay algo que llama la atención de esta zona de la Costa Brava  -aparte de la geografía abrupta, amontonada, de cordilleras de diferentes alturas y fuertes contrastes en sus pendientes- es el hecho de que la vegetación cerrada y los bosques mismos llegan hasta el borde del mar.

¿Olvidé mencionar el verde turquesa de las aguas marinas y sus arrecifes, entre los que uno de mis hijos estuvo observando durante horas los movimientos de un pequeño pulpo?

La casa que alquilamos estaba, según las indicaciones de la dueña, una mujer inglesa con la que hicimos todas las transacciones por la Red, a 1 km de la playa más próxima.

Lo cual era más o menos cierto, pero se trataba de la distancia aérea hasta la playa.

Calculo que la distancia real a recorrer hasta llegar al mar, después de recorrer descendiendo las calles, pistas y carreteras serpentinadas de Begur, era de unos tres a cuatro kilómetros.

Algo que en ningún caso resultó una decepción para nosotros, puesto que la bella vista panorámica de las quebradas; las calles bien cuidadas; la arquitectura varia de la zona urbana y los jardines municipales; las interesantes casas, mansiones y villas colgadas de las empinadas laderas de la sierra beguriana; la peculiar vegetación y el marco que esta le da a los accidentes geográficos, constituyeron durante el par de semanas que pasamos allí un motivo de satisfacción visual constante.

Como todo idilio, empero, puede engañar.

No pocas veces vi a conductores –especialmente a los forasteros de mayor edad- con serios problemas para desplazarse por los escarpados caminos de pronunciadas pendientes y agudas curvas.

De hecho, la forma casi exclusiva de transporte es la motorizada.

Llegué a ver y compadecerme de un par de holandeses pedaleando con el corazón en la mano y la lengua hasta las rodillas para llegar apenas a la entrada del pueblo, desconociendo, seguramente, que todavía les esperaba lo peor.

O a un grupo de alemanes (había en general pocos compatriotas de mi esposa e hijos en la zona, los invasores eran franceses y barceloneses mayormente), intentando realizar una caminata con una sonrisa en el rostro (iban de bajada), de esas que no sé por qué la gran mayoría de mis convivientes teutones solo se reservan para sus viajes al extranjero.

Desplazarse a pie debe ser tan inusual en Begur –aunque algunos lo intentan, ya lo dije- que apenas existen caminos para peatones o caminantes, y menos señalización especial para los mismos.

Quien alguna vez compró una propiedad en esta peculiarmente bella ribera serrana de frondosos pinares, debió descubrir –a la segunda o tercera temporada- que todo desplazamiento implica movilizarse necesariamente en coche o motocicleta.

Que el acceso y la salida de los garajes particulares son una aventura peligrosísima porque el terreno horizontal ganado a la montaña es limitado y escaso.

Que las playas se ven cercanas, pero no lo son.

Y que, curiosamente, la misma geografía que acerca el paisaje al ojo, aleja a la gente entre sí.

La casa de dos plantas que alquilamos contaba con todas las comodidades modernas e indispensables.

Cocina equipada, lechos robustos y cómodos con ropa de cama incluida, un retrete menor y un cuarto de baño construido con sentido práctico y dotados de incontables y magníficas toallas; una terraza amplia que servía como segundo comedor con inmensas macetas y una ducha al aire libre; una lavandería con una máquina para lavar y secar, y grandes y comodísimos sofás frente a una linda chimenea.

(Esta última, indispensable en los días más fríos de invierno en los que no es raro llegar a ver caer nieve, nos contaron los lugareños.)

Todo decorado minimalistamente y con buen gusto.

Había incluso un televisor que captaba más de 500 canales de televisión y radio (todos en inglés) y un reproductor de cedés y devedés.

A unos quinientos metros cuesta arriba en dirección al casco viejo de Begur, teníamos un pequeño supermercado muy bien surtido, que contaba con una sección de carnicería y embutidos propia y al que nos desplazábamos cada mañana en busca de pan y frutas frescas.

Para comprar el diario, tenía que trepar con la camioneta la ladera de otra montaña que determinaba naturalmente otro barrio del pueblo.

…..

Continúa…

HjorgeV 06-08-2009

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