MAPAS DE LAS CIUDADES PERDIDAS

Nuestro paso por Begur y la visita a los restos de su castillo en la cúspide de una montaña de mediano tamaño de la comarca del Bajo Ampurdán, me hizo pensar en las razones que llevaron a nuestros antepasados de todo el planeta a fundar sus asentamientos en un determinado lugar y no en otro.

El castillo de Begur debió tener un alto valor estratégico en la época feudal.

Sus restos aún visibles y cinco torres de defensa construidas en los siglos XVI y XVII hablan de viejas pugnas y de incursiones de moros y piratas por la costa.

La montaña sobre la que se asienta el casco viejo del pueblo de Begur es uno de esos lugares predestinados para convertirse en morada humana.

Hay constancia de restos prehistóricos descubiertos por todo el municipio y aún hoy sigue atrayendo a los forasteros por servir geográficamente como un observador natural de la comarca, tanto hacia el interior del Bajo Ampurdán como hacia la Costa Brava.

Desde el castillo era posible avistar a posibles barcos enemigos y mantener el control visual sobre los súbditos del señor feudal.

El caso de Begur en ese sentido es diáfano.

Su valor estratégico es –siempre fue- indiscutible, además de poseer un valor estético.

Pero, ¿cuántas ciudades, pueblos y asentamientos humanos se han fundado en un lugar determinado por equivocación, por creencias religiosas, simple apremio o necesidad, o por mera casualidad?

Cuando el extremeño Francisco Pizarro fundó Lima un 18 de enero de 1535, no podía saber que estaba cometiendo un error y que le esperaba apenas un par de meses más tarde el lindo cielo color panza de burro de mi horrible y adorada ciudad.

El inmigrante español, antiguo criador de cerdos, había intentado fundar en dos oportunidades anteriores la que debía ser la capital del virreinato y había fracasado.

Jauja, el primer intento, quedaba al otro lado de un primer grupo de cordilleras andinas, demasiado lejos de la costa y demasiado difícil su acceso desde el litoral.

El vino y los jamones no podían volar ni llegar tan rápido hasta su destino.

Tan prendados quedaron Pizarro y sus inmigrantes ilegales españoles (¿o sí tenían permiso para entrar al reino inca?) de ese valle serrano, que hasta hoy la palabra jauja “denota todo lo que quiere presentarse como signo de prosperidad y abundancia”, según la Real Academia.

Pizarro no podía haber leído todavía la linda frase que Melville iría a escribir poco más de tres siglos después sobre Lima.

La transcribo sin traducirla por falso orgullo:

“the strangest, saddest city thou can’st see.”

(No recomiendo consultar la traducción, así ya suena bien.)

Los mexicanos antiguos fueron más sutiles y complicados.

Tenochtitlán se fundó en base a complejos cálculos astronómicos y más complejas conjuras religiosas.

De haber habido un terremoto o un huracán que les malograra los planes a los sacerdotes aztecas, probablemente hoy no sabríamos de Cantinflas ni del Chavo del Ocho o, quién sabe, habría sido el inglés su lengua.

(No olvidar que un tercio del territorio actual de EEUU constituía la mitad de México y que si este país aplicara las mismas razones gringas aludidas para anexionarlo en ese entonces –“defensa de los derechos de los compatriotas”- Obama llevaría bigote, sombrero y cantaría rancheras. Por lo menos.)

¿Y qué decir de Tréveris, la ciudad alemana donde nació Marx, acaso el único ser humano del que se puede decir –exageradamente- que su obra interpretada por opuestos estuvo (¿está todavía?) a punto de traerse abajo el mundo?

Trier no solo es considerada la ciudad más antigua de Alemania, fue llamada la segunda Roma en los tiempos del imperio romano.

Hoy sus 100.000 habitantes viven parcialmente de venderles camisetas con el rostro del gran Carlitos -el del clan Marx- a turistas chinos y rusos.

(Aquí vale la pena agregar que Tréveris llegó a ser ocupada por los españoles en 1634 y por los franceses en varias oportunidades. Los habitantes ya no recuerdan ninguno de los dos idiomas, por si acaso.)

La fundación de Roma fue más sencilla.

Una loba encontró a los gemelos Rómulo y Remo, se los llevó, se ocupó de ellos amamantándolos y los crió.

Ya adultos, los gemelos se hartaron de aullar, regresaron al lugar y allí fundaron Roma.

Después de lavarse los pies, afeitarse, vestirse y cortarse el pelo, debo entender.

Los begurenses hicieron algo lejanamente parecido.

En la época en que los europeos llegaban en pateras a América (y eran bien recibidos), muchos begurenses emigraron a Cuba y regresaron a su pueblo a lucir su fortuna. (Los más afortunados, debe entenderse.)

Hoy en día es posible admirar el llamado estilo indiano en la arquitectura beguriana o begurense, que no era/es otra cosa que el estilo arquitectónico de la burguesía cubana de entonces.

Personalmente, siento una fascinación extrema por las ciudades y asentamientos humanos abandonados.

Especialmente por los que alguna vez vivieron una intensa fase de auge y apogeo para luego decaer abruptamente.

Machu Picchu y otras ciudadelas peruanas, Chichén Itzá en México, las Islas de Pascua, la Cultura Pueblo en el estado de Nuevo México en EEUU.

(Existen también ciudades más modernas, abandonadas por razones que van desde el absurdo de la guerra hasta otros absurdos menos transparentes.)

¿Visitarán alguna vez nuestros sucesores sobre el planeta como turistas los restos de una impresionante ciudad europea abandonada que se llamaba París?

¿O harán visitas submarinas guiadas a una inmensa construcción derrumbada sobre el Atlántico que alguna vez se llamó Estatua de la Libertad?

Quiero creer que los mapas de las ciudades del mundo son también los mapas de las ciudades perdidas.

De las no logradas.

De todos esos intentos que se iniciaron con una piedra, tres palos para improvisar una cabaña, con la exploración de una cueva.

O con un simple dormir bajo las estrellas esperando a ver qué traía el nuevo día en un nuevo lugar.

$…..

HjorgeV 08-08-2009

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