1º DE SEPTIEMBRE: EL MUNDO EN LA OSCURIDAD

ALEMANIA INVADE POLONIA

Un anciano del pueblo vecino de Dansweiler me hizo notar hace unos días que hoy se cumplirían 70 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto armado más sangriento, mortífero y extenso de toda la historia del llamado Homo Sapiens.

Si la Primera Guerra Mundial había involucrado a 32 países y durado de 1914 a 1918, la Segunda involucró más del doble, 70 países, y duró seis años, de 1939 a 1945.

El descontento y la frustración popular en Alemania eran patentes cuando el hipnotizador Hitler llegó al poder en 1933 en medio de una crisis generalizada.

Sirviéndose de las capacidades de propaganda del (su) Estado, de su oratoria y su carisma electrizantes, convenció a los alemanes de que él podía llevarlos como pueblo por un ‘gran camino’.

(“¿Queréis la Guerra Total?”, les preguntaba el demente Joseph Goebbels a las masas alemanas. Y estas, enardecidas, daban el Sí de sus vidas.) (Perdonen las mayúsculas.)

Enemigo y satanizador del comunismo –especialmente del soviético-, del pacifismo y del semitismo, Hitler canalizó los miedos despertados en la población hacia un nacionalismo ardiente y pangermánico, un racismo que consideraba a la llamada raza aria como superior y hacia el anhelo popular por recuperar los territorios perdidos por el Tratado de Versalles de 1919, fin de la Primera Guerra Mundial.

La estricta militarización de la vida social y política alemanas, inspirada en el fascismo italiano, le permitieron a Hitler incubar e intentar sus más atrevidos sueños megalomaníacos.

Europa aún vivía el trauma de la I Guerra y no se tomó demasiado en serio al orate austríaco.

Quizás menos al quedar claro que gran parte de su poder se basaba en un culto a la personalidad más bien propio de sectas religiosas marginales.

Pero Hitler se lo había tomado en serio. Y todo un país a él.

La gran pregunta era cómo lo intentaría.

Lo hizo, obviamente, por uno de los frentes más débiles en ese momento -Polonia- y llegó a advertirlo en un discurso a la nación al afirmar que no toleraría “las condiciones más bien propias de una guerra civil” que reinaban en la frontera con Polonia.

Era una crasa mentira, claro.

Para completar la farsa montada, inventó una escaramuza militar al más puro estilo Operación Colombo (la DINA, la Gestapo de Pinochet, en connivencia con la CIA), en un pequeño pueblo polaco a dos kilómetros de la frontera.

Como prueba, presentó el cadáver de un soldado -previa y convenientemente secuestrado- de ese país.

Ya tenía el pretexto para invadir Polonia con 1 millón y medio de soldados.

Así de fácil.

(Y eso que no había petróleo en el país de Lech Wałęsa.)

Su anticomunismo recalcitrante no le impidió aliarse con Stalin, sabiendo que Inglaterra y Francia reaccionarían en contra.

Mas ya Occidente había cometido demasiados errores, acaso con la esperanza de calmar, haciéndole ciertas concesiones, la sed pangermánica del sociópata austríaco.

La revista Time de EEUU, por ejemplo, lo había proclamado Hombre del Año 1938, por el Acuerdo de Múnich que le había permitido a Alemania recuperar parte de sus territorios perdidos sin derramar una gota de sangre; algo que también llevó a Chamberlain, el Primer Ministro británico, a saludar ese acuerdo como “la paz en nuestro tiempo”.

Pero Hitler deseaba mucho más.

Cuando Inglaterra y Francia exigen la retirada de las tropas alemanas de la parte occidental de Polonia, ya es demasiado tarde.

Lo hicieron el 3 del mismo mes, dos días después de la invasión del 1º de septiembre, pero sin actuar enseguida.

¿Pensarían Churchill y De Gaulle que con una simple declaración de guerra se amilanaría Hitler?

El 17 de septiembre, la Unión Soviética, siguiendo la repartición del botín de guerra propuesto por el canciller imperial de Alemania, invade la región oriental de Polonia.

Entonces sobreviene el caos, precedido del jolgorio generalizado en este país, estado de júbilo popular alentado por la maquinaria estatal propagandística del pérfido Goebbels, ministro de –justamente- Propaganda de la dictadura nazi.

(“¿Queréis la Guerra Total?“)

A los pocos meses, abril de 1940, las tropas de Hitler invaden Dinamarca y Noruega.

Al mes siguiente, mayo, le llega el turno a Francia, los Países Bajos, Luxemburgo y Bélgica.

Francia se rinde el 22 de junio de ese mismo año de 1940.

Mussolini, encantado con las posibilidades que se le empezaban a presentar para sus propios sueños de grandeza, se había unido un mes atrás a la comparsa fascista.

El resto es conocido.

Hitler, como estratega militar, se volvió más loco aún.

Sin haber conseguido doblegar a Inglaterra, emprende la invasión de quien acababa de ser su aliado, la Unión Soviética.

Las muchedumbres de este país, Alemania, vibraban al enterarse de que el ejército nazi había conquistado los Estados Bálticos, Bielorrusia y Ucrania.

Para completar la locura, Hitler le declara la guerra a EEUU en diciembre de 1941, aunque aún tiene una serie de frentes abiertos que llegaban hasta Grecia.

Es decir, el canciller alemán imperial consiguió unir contra sí: al mayor imperio de ese momento –el británico-, la mayor potencia financiera e industrial del mundo (EEUU) y al ejército más numeroso de todo el planeta, el de la URSS.

Ese chiste de invasión perpetrado a Polonia y que terminó costándole la vida a 60 millones de personas (la Primera Guerra había causado 10 millones de bajas y movilizado 60 millones de soldados europeos) ocurrió un día como hoy, 1º de septiembre, del año de 1939.

“Dadme cinco años y no reconoceréis a Alemania”, había dicho Adolfo Hitler.

$…..

HjorgeV 01-09-2009

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