MILLENNIUM (I)

Conmocionado.

Así es como me he quedado tras leer el primer libro –Los hombres que no amaban a las mujeres es el título en castellano- de la trilogía Millennium.

La vida de su autor, el escritor sueco Stieg Larsson, se lee como una novela.

Para empezar al revés, una anécdota reciente, ocurrida en la reunión de la CWA británica (la Criminal Writer’s Association) del verano europeo que se acaba de ir.

Se dice que en la cena de premiación de este año de la asociación, empezaron a llamar a voz en cuello a uno de los nominados (no ganadores) para que saliera en la foto.

Se referían a Larsson.

Quien, obviamente, no se acercó para salir en la foto.

El pedido para posar le había llegado cinco años tarde.

Karl Stig-Erland Larsson (Umeå, 1954-Estocolmo, 2004), murió por un fallo cardíaco a los 50 años, poco después de entregar el manuscrito del tercer libro y algunos días antes de que apareciera publicado el primero.

Vale decir, murió inédito.

Según la versión oficial, como buen trabajólico que era, se había pasado tres años escribiendo y corrigiendo sus manuscritos de noche después de sus labores como periodista, y el insano esfuerzo realizado le había reventado el corazón el día que encontró el ascensor averiado y tuvo que subir a pie los siete pisos hasta su oficina.

Tras sentarse frente a su computadora con un dolor opresivo en el pecho, empeoró su malestar y murió en el hospital de un infarto de miocardio en noviembre del 2004.

Al parecer, se había mantenido a lo largo de la escritura de Millennium con una dieta casi estrictamente vegetariana: tabaco y café, a golpe de 60 cigarrillos diarios y litros y litros de la oscura droga líquida y estimulante.

Había empezado a escribir novelas en el 2001 más o menos como diversión y tres años después, consciente de que había escrito una obra, había comenzado a fantasear con su compañera de más de tres décadas (32 años), Eva Gabrielsson, una arquitecta sueca, sobre qué hacer con el dinero que iría a ganar con sus novelas.

Deseo dejar para más adelante el resto de su biografía y concentrarme en el libro que acabo de leer.

Me sucedió que me encontraba en España (como vivo en Alemania, cada viaje a la Madre Patria es un motivo para pasarme horas de horas en las librerías hojeando novedades y clásicos) cuando se publicó la primera novela de Larsson.

Desconfiando del mercado editorial, me armé de valor y no le di importancia al fenómeno: ¿cuántos autores y libros han aparecido como flores de un solo día o cometas proclamados como especialmente rutilantes pero solo para desaparecer sin mayor pena ni gloria en la inmensidad papelera?

Sin embargo, en mi último paso por España, este verano pasado, no pude soportar la curiosidad y me paré a leer en una librería sevillana el libro que acabo de terminar con ingente pesar.

Pensaba hojearlo y seguir con mi tarea husmeante.

La carátula me pareció, de arranque, un simple truco mercadotécnico más. (Baste decir que por la portada no habría comprado de ninguna manera el libro.)

No obstante, cuando volví a levantar la vista, me di con que había leído más de cien páginas de golpe y había dejado de atender una cita.

Días después, antes de iniciar el retorno a esta mi segunda patria alemana, lo adquirí en una pequeña librería con el fervor de quien compra un anillo de compromiso (el mío lo perdí jugando al fútbol y mi esposa me lo creyó: era verdad, después de todo) y al llegar a casa lo dejé reposando en un rincón: reservado.

Con los buenos libros me sucede que los ataco con mucho respeto y paciencia, sabiendo que de resultar verdaderamente buenos, son como una vida bien vivida: no por ser bueno el paso que se da, deja de ser también un inevitable acercarmiento al final.

APARCANDO A VARGAS

Con Los hombres que no amaban a las mujeres me ocurrió algo peculiar, porque regresé a él por una curiosa cadena de descuidos, olvidos y casualidades.

Me encontraba leyendo (aburriéndome con) un libro equis, cuando me acordé de que el de Larsson me esperaba en algún lugar de mi casa.

Al buscarlo donde creía que lo había dejado, no lo hallé.

¿Qué diablos se había hecho el bendito libro de cubierta negra?

Armándome de valor, me puse a hacer orden entre mis cosas e hice un descubrimiento monstruoso: una de las mejores novelas que conozco, que debo haber leído más de cinco veces y que creía perdida, se encontraba en un conspicuo grupo de libros que también había reservado y que seguía sin leer.

La lista era interesantísima:

En busca de Klingsor, del mexicano Jorge Volpi.

Guía triste de París, de mi compatriota, el compulsivo plagiador de artículos ajenos (perdonen la redundancia), Alfredo Bryce.

El dardo en la palabra, del genial cascarrabias, el desaparecido maestro Fernando Lázaro Carreter.

Y la novela  a la que me refiero y que no me cansaré de releer: Conversación en La Catedral, de Vargas.

Así es que retomé Conversación con el entusiasmo y la devoción de quien, habiendo perdido a la novia amada, recibe una segunda oportunidad en la vida.

Entonces, ¡juácate!, por esas cosas que tiene una vivienda de varios pisos en la que habitan seis personas, se me extravió Conversación.

¿Dónde diablos la había dejado el día anterior?

Me sentí tan desgraciado, que intenté recuperar el ánimo escribiendo en esta bitácora sobre la novela de la que el mismo Vargas afirma que si tuviera que salvar del fuego una sola de todas las suyas, no dudaría en hacerlo con la de Santiago Zavala y su pregunta cada vez más globalizada: ¿En qué momento se había jodido el Perú?

Por lo menos, yo, me había jodido al perder al extraviar mi ejemplar de Conversación.

No es una exageración. Así de desdichado me sentía. Pero, entonces, haciendo más orden, encontré una segunda novia y una nueva oportunidad.

Doy un salto en el espacio y el tiempo.

Millennium 1 tiene un final agridulce.

Hasta llegar allí, me pasé un par de maravillosos días acompañando las aventuras de Mikael Blomkvist y de Lisbeth Salander (una especie de pareja dispareja de héroes bizarros) y sin querer que cesaran jamás.

Imagínense una versión punk y esmirriada (de poco más de 40 kilos de peso) de la Mujer Maravilla con tatuajes, perforaciones y colgajos metálicos, la indumentaria y el color y corte de cabello correspondientes.

Fantaseen ahora que, a pesar de su aspecto, de su conducta autista y de ser considerada antisocial y legalmente no responsable de sí misma, terminan apreciándola y sufriendo con ella. Queriéndola, en otras palabras.

Esa es una de las magias de este libro de Larsson.

Pero solo una de ellas.

$…..

HjorgeV 23-09-2009

One thought on “MILLENNIUM (I)

  1. Vea usted.
    Los dos primeros libros de la serie Millennium “Los hombres que no amaban a las mujeres” y “La chica que soñaba con el bidón de gasolina” acaban de llegar a mi librería favorita, aquí en Tegucigalpa.
    Creo que lo habré tenido una decena de veces en mi mano y no acabo de comprarlo.
    No puedo negar que su lectura me atrapó desde las primeras lineas en las que Blomkivst habla de su condena por difamar a un empresario sueco.
    Pero, despues de escuchar muy buenos comentarios sobre la serie, entre ellas la suya y la de varguitas, mañana me lo voy a comprar, ya que nadie me lo ha querido prestar (mi modo favorito de leer).
    Con respecto a Varguitas creo que hace bien en querer salvar La Conversacion del fuego destructor. Aunque tambien le sugeriria salvar La Fiesta.
    El personaje de la Conversación es mustio, y no se por qué desde entonces, aunque nunca he ido, asi me imagino a Lima la del cielo color panza de burro.
    Tampoco se me sale de la mente esa historia del Batuquito y su traslado a la perrera en un día gris y sobreviven en mi cabeza palabras como: Arranchar o arrancharon, al batuqito. Y “Chupe”, esa especie de guiso caldoso de camarones que alguna vez probé en un hotel cuyo restaurante se jactaba de tener un menu tipicamente peruano esa semana de mi estadía.
    Me gustaria que cerrara su comentario sobre Stieg Larsson sobre la disputa de su herencia.

    Rpta.: Después de que mi portátil se fuera al carajo, una de mis hijas ha conseguido que nuestra computadora principal siga el mismo camino. Así es que estaré un par de días “en el aire”. (Escribo estas líneas desde la máquina de un amigo.) Con suerte, estaré completando la entrega este fin de semana. Compre los libros y véalo como una inversión en su propia persona. Saludos. HjV

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