STIEG LARSSON: LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES

Con el derrumbe de hace casi una semana y casi simultáneo de mis dos computadoras, he perdido también mis apuntes sobre Stieg Larsson y sus tres novelas reunidas en la trilogía Millennium, así como las fuentes consultadas.

Sin embargo, escribir e indagar sobre este interesantísimo escritor sueco, de quien no se sabe aún si aparecerá una o más ‘nuevas’ novelas, es un vasto goce. Un mondo y lirondo placer.

(Acabo de pescar a la Real Academia en otra de sus no raras y supinas inconsistencias. Si bien ‘mondo y lirondo’ está consignada como expresión en su diccionario, no existe una entrada para ‘lirondo’; algo que puede llevar a pensar -contradictoriamente- que este término no existe o no debe usarse.)

Aún no se sabe si aparecerá una nueva novela de Larsson, decía.

Desde su tumba, le debe ser (no sé de esas cosas) imposible dirimir en el actual contencioso que enfrenta a su padre Erland y a su hermano Joakim, por un lado, con Eva Gabrielsson, la arquitecta sueca con la que vivió 32 años en unión extraoficial, por otro, sobre a quién le  corresponden las ganancias por los derechos de autor.

Leo en la versión en alemán de la Wikipedia que las tres novelas aparecidas póstumamente formaban parte de un ciclo de diez (difícil de creer), de las cuales la cuarta habría quedado incompleta al morir Larsson. Según la misma fuente, de las quinta y sexta existiríanlos respectivos bosquejos.

Ignoro hasta qué punto perdure la obra larssoniana.

Para mí, ya es una referencia personal absoluta y un clásico, comparable -en impacto- a lo que significó Raymond Chandler para el género negro el siglo que acaba de pasar.

CONTINUANDO

Sobre la obra de Larsson se debe haber escrito mucho, especialmente sobre el éxito comercial de sus tres novelas.

Sobre su calidad como tal, como piezas de narrativa, sin embargo, barrunto que no se ha escrito mucho. Me imagino, entre otras razones, porque los críticos literarios no se quieren rebajar o no se deben atrever a meterse en un terreno tan movedizo como el del género negro como ramo literario.

¿Son un simple pasatiempo?

¿Unas novelas de leer y botar, desechables?

¿Unas simples novelitas, en fin?

Curiosamente, ha sido nada menos que uno de los candidatos más cacareados cada año para el Nobel de Literatura, el que se ha decidido a salir en su defensa.

Y lo ha hecho con el encomio y entusiasmo de un joven adicto.

Me refiero a Mario Vargas y su artículo de opinión Lisbeth Salander debe vivir:

“…acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2.100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Victor Hugo […], demorando la lectura por la angustia premonitoria de saber que aquella historia se iba a terminar pronto sumiéndome en la orfandad.”

Personalmente, me atrevo a afirmar que la novela (me refiero a la primera, la única que he leído hasta ahora, mientras espero conseguir las otras dos en mi lengua) es –también- un tratado sobre el machismo, sus grandes debilidades intrínsecas como sistema de dominación intersexual y la violencia como una de sus peores facetas e instrumentos.

Es más.

Veo, personalmente, en Los hombres que no amaban a las mujeres (título que es una especie de concesión al original Män som hatar kvinnor, literalmente Hombres que odian a las mujeres) un catálogo y compendio de lo peor de la conducta de nuestra especie, especialmente de nuestros trastornos anímicos y de nuestra incapacidad para relacionarnos con nuestros congéneres de una forma inteligente.

Si una de las artes (de magia) de Larsson, decía en la entrada anterior, es convertirnos en admiradores de alguien que acaso al comienzo solo apreciábamos con la nariz tapada (perdonen la exagerada figura), la otra es la de presentarnos un devastador tratado de psicología y psicopatología humana en el formato de una verdadera novela de aventuras.

Pero hay más, mucho más.

* El valor de las obsesiones en nuestras vidas.

* Un temprano alegato contra el contubernio entre bánksters (mezcla de banquero y gánster) y el periodismo económico que debería ser crítico por naturaleza con los creadores del descalabro financiero mundial con el que ha empezado este milenio.

* ¿La imposibilidad simétrica de las relaciones amorosas sinceras?

* El poder del Estado sobre ciertas ciudadanos y la impotencia de estos.

¿Me detengo?

Y todo esto al margen del magnífico juego intelectual (para el intelecto) que -por lo menos- su primera novela es.

Vargas ha llamado imperfectas a las novelas de Larsson.

¿Existe el libro, la novela perfecta?

Obviamente, no.

¿Por qué su aserción, entonces?

Quién lo sabe.

(Sospecho una cura en salud. Llamando imperfecto a algo o alguien, a pesar de la admiración expresada, se queda en un limbo intermedio, en un sí pero no tremendamente profiláctico.)

(Manuel Rodríguez Rivero, articulista de Babelia, ha escrito algunas líneas con bastante gracia al respecto. Ver el segundo acápite de su artículo aquí.)

Incluso ante la opinión de Donna Leon (no he podido terminar ninguna de sus novelas, por soporíferas), según la cual en las novelas de Larsson solo habría maldad e injusticia, Vargas defiende con garras a Millennium:

“¡Vaya disparate! Por el contrario, la trilogía se encuadra de manera rectilínea en la más antigua tradición literaria occidental, la del justiciero, la del Amadís, el Tirante y el Quijote, “…es decir, la de aquellos personajes civiles que, en vista del fracaso de las instituciones para frenar los abusos y crueldades de la sociedad, se echan sobre los hombros la responsabilidad de deshacer los entuertos y castigar a los malvados. Eso son, exactamente, los dos héroes protagonistas, Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist: dos justicieros.”

Pero Vargas, tan renuente, por lo demás, a comentar la obra de sus colegas contemporáneos, alaba y defiende poniendo un pie en la garganta del defendido:

“La novela no está bien escrita (o acaso en la traducción el abuso de jerga madrileña en boca de los personajes suecos suena algo falsa) y su estructura es con frecuencia defectuosa”

Lo de la jerga madrileña lo he sufrido en carne propia y es cierto, aunque también mínimo y se trata de un mal común a las traducciones.

¿Hasta qué punto es válido traducir las expresiones coloquiales del original valiéndose de las más o menos equivalentes del idioma meta?

El asunto es complejo (lo que tiene sentido en el idioma de partida y puede volverse un uso clásico en él, no tiene por qué suceder en el idioma de llegada) y debe haberse maculado con decisiones meramente mercadotécnicas.

Sobre lo de la estructura –supuestamente- defectuosa de Millenium que alude Vargas: dejémoslo allí, vamos.

(Al contar una historia todo vale, si se supedita ese todo al fin principal: contarla de la manera más interesante y lúcida.

Y Larsson lo consigue de lejos.)

¿O habrá querido decir Vargas que él la habría escrito mejor? (Ya intentó ser presidente una vez, por ejemplo.)

Y ya que hablamos de insoportables (perdonen otra digresión), justo por estos días se cumplen aquí en Alemania 60 años de la traducción al idioma de este país de Pippi Långstrump (Pippi Langstrumpf en los países germanohablantes, Pippi Calzaslargas en España, Pippi Mediaslargas en Latinoamérica), el personaje de la escritora sueca Astrid Lindgren.

El manuscrito fue rechazado inicialmente por los editores suecos de literatura infantil, alegando que de la protagonista, una niña de claras tendencias anarquistas y de nombre, aspecto y aventuras insólitas (“sin sentido”, llegaría a decir una editora), no se podía esperar que se convirtiera en ejemplo y figura de ninguna generación infantil.

Hoy su personaje es todo un icono aquí en Alemania, por ejemplo, y empieza -con retraso de décadas- a hacerse conocido en otros países y continentes.

¿A qué viene  todo esto?

Al parecer, Stieg Larsson, tras decidirse en el 2001 a escribir novelas del género negro por simple diversión después de su jornada periodística, habría intentado escribir una historia sobre los personajes Hernández y Fernández de Las aventuras de Tintín, para luego empezar a cavilar sobre cómo se desenvolvería Pippi (Calzas- o Mediaslargas) en la sociedad sueca del presente.

Así habría nacido el personaje de Lisbeth Salander.

$…..

Continúa…

HjorgeV 29-09-2009

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