TRADUCCIÓN DE UN TEXTO DE HERTA MÜLLER (I)

Como no poseo ningún libro de la Nobel de Literatura de este año, he escogido el siguiente artículo suyo, obtenido de la Red.

Debo confesar que no me he divertido mucho traduciéndolo. De alguna manera, a pesar de que el tema y los detalles dan para mucho más, Müller no llega (es mi pobre opinión) a sacarle el jugo a lo que narra.

Quede como orientación la siguiente apreciación sobre su estilo, hecha por un periodista alemán:

Es un lenguaje claro, muy inteligible, con llamativas frases cortas generalmente en presente y rara vez en subjuntivo y exento de extranjerismos. […] Desecha todo lo superfluo consecuentemente de sus textos. Así, muchas veces estos parecen fríos y directos, pero a la vez frescos y penetrantes. La exposición de sentimientos, más allá de los contenidos, no es su objetivo. El comité del premio Nobel alabó expresamente la densidad de su poesía y la objetividad de su prosa.

En el artículo, Herta Müller relata sus experiencias con la Securitate y afirma que veinte años después de la ejecución  de Ceauşescu, sigue activo su servicio secreto, solo que bajo otro nombre, y que las observaciones, la manipulación de expedientes y las difamaciones continúan.

Advierto que he adaptado libremente el texto, allí donde me ha parecido necesario, con el fin de conseguir cierta fluidez en la narración que, existiendo en el original alemán, corría el riesgo de perderse parcialmente en la traslación al castellano.

LA SECURITATE SIGUE FUNCIONANDO

Cada viaje a Rumanía significa para mí un viaje a otro tiempo en el que nunca podía saber -siendo mi propia vida- qué era casualidad y qué escenificado. Por eso he reclamado la vista de mi expediente en cada una de mis apariciones públicas, algo que siempre me ha sido negado con diversos argumentos. En lugar de ello siempre he encontrado indicios de que soy, o sea, continúo siendo, observada.

La primavera pasada fui a Bucarest invitada por el New Europe College (NEC). El primer día me encontraba sentada en el vestíbulo del hotel con una periodista y un fotógrafo, cuando se apareció un musculoso vigilante preguntando por la autorización correspondiente e intentando arrebatarle la cámara al fotógrafo. “Aquí no se permite ningún tipo de fotografías, tampoco de personas”, bramó.

La segunda noche me había citado para cenar. Según lo acordado por teléfono, a las seis tenía que llegar un amigo a recogerme del hotel. Al doblar a la calle del hotel, notó que un hombre lo seguía. Al solicitar en la recepción que me llamaran, la recepcionista le dijo que primero tenía que llenar un formulario de visitas, asustándolo porque algo así no había existido ni en los tiempos de Ceauşescu.

El amigo y yo nos dirigimos al restaurante, proponiéndome una y otra vez cambiar de acera. No se me ocurrió pensar nada malo. Recién al día siguiente le contó a Andrei Pleşu, el director del NEC, sobre el formulario de visitas y que un hombre lo había seguido a él al dirigirse al hotel y a nosotros dos camino al restaurante. Andrei Pleşu se indignó y envió a su secretaria al hotel con el fin de anular las reservaciones hechas. El administrador del hotel arguyó, mintiendo, que se había tratado del primer día de trabajo de la recepcionista y que esta había actuado incorrectamente. Sin embargo la secretaria conocía a la mujer en su puesto de la recepción desde el año de la pera. Lo que obligó al administrador a confesar que el “patrón”, o sea, el dueño del hotel, era un antiguo miembro de la Securitate, alguien que lamentablemente no podía cambiar. Luego sonrió, diciendo que la NEC bien podía anular sus reservaciones, pero que en todos los demás hoteles de esa categoría ocurría lo mismo. La diferencia estribaba en que nadie lo sabía.

Abandoné el hotel. Si permanecí vigilada no volví a notarlo. O bien el servicio secreto se replegó o hizo su trabajo profesionalmente, es decir sin que se notara.

Para saber que a las seis de la tarde alguien tenía que empezar mi vigilancia, tenían que haber sido escuchadas mis conversaciones telefónicas.

El servicio secreto de Ceauşescu, la Securitate, no se disolvió, simplemente pasó a llamarse SRI (Servicio Rumano de Información). Este ha heredado, según sus propias informaciones, 40% del personal de la Securitate. El verdadero porcentaje es seguramente mayor. Los del 60% restante ya están jubilados (con una pensión tres veces mayor que la de los demás) o son los nuevos actores de la economía de mercado. Salvo ser diplomático un ex espía puede ser hoy de todo en Rumanía.

La apertura de los expedientes del servicio secreto le ha interesado a los intelectuales rumanos tan poco como todas las vidas destruidas a su alrededor, tan poco como el nuevo posicionamiento de los caciques del partido y los agentes secretos. Si alguien exigía como yo todos los años la vista de los expedientes, podía enfadar incluso a los amigos. Por esta razón permanecieron los expedientes, en vez de en poder de la oficina de archivos creada a regañadientes y a exigencia de la Unión Europea en 1999, en el viejo-nuevo servicio secreto. Este controlaba la vista de los expedientes. La oficina tenía que enviarle una solicitud, que era a veces escuchada pero mayormente ignorada, incluso argumentando que el expediente aún continuaba siendo revisado.

En el 2004 visité Bucarest con el fin de insistir con mi pedido. Me quedé asombrada al ver que a la entrada de la oficina se encontraban tres jóvenes damas con medias brillantes color neón y diminutos vestidos de amplio escote, como si se tratara de la entrada a un burdel. Y entre las mujeres se encontraba un soldado con una ametralladora al hombro, como si se tratara de la entrada a un cuartel. El jefe de la oficina se hizo negar, a pesar de que había concertado una cita con él.

En la primavera de este año, un grupo de investigadores encontró los expedientes de autores rumanogermanos del “Grupo de Acción Bánato”. La Securitate mantenía una sección para cada una de las minorías. La de los alemanes se llamaba “Alemanes nacionalistas y fascistas”, la sección húngara tenía el nombre de “Irredentos húngaros”, la judía de “Judíos nacionalistas”. Hasta los escritores rumanos tenían el honor de ser observados por la sección “Arte y cultura”.

De pronto, mi expediente fue hallado bajo el nombre “Cristina”. Tres tomos, 914 páginas. Supuestamente abierto el 8 de marzo de 1983, contenía sin embargo documentos de años anteriores. El motivo para la apertura del expediente eran “deformaciones tendenciosas de la realidad, especialmente en el mundillo pueblerino” en mi libro Hondonadas. Todo corroborado por análisis del texto realizados por espías. Además que pertenecía a un “círculo de poetas germanoparlantes, conocido por sus trabajos hostiles”.

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Continúa…

HjorgeV 10-10-2009

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