TRADUCCIÓN DE UN TEXTO DE HERTA MÜLLER (y III)

Esta es la parte final de mi traducción, más no del artículo de Herta Müller sobre sus experiencias en la Rumanía de Ceauşescu, que publicó Die Zeit el 23 de julio de este año: La Securitate sigue funcionando.

He vuelto a comprobar que la expresión Traduttore, traditore (‘traductor, traidor’) es una gran verdad. Por más que a veces quien traduce tenga la sensación de “echarle una mano” al original.

La experiencia me dice que son simples ilusiones que se presentan debido a que las estructuras y modos lingüísticos difieren de idioma a idioma y ciertas adaptaciones, traslaciones y libertades sí que son juego particular -y responsabilidad- del traductor.

En todo caso, creo haber llegado a descubrir un estilo bastante peculiar (especialmente el cambio inesperado y constante de perspectiva y tono, como si su relato tendiera a confundirse o contaminarse con la ‘voz’ del expediente de la Securitate) en la narrativa de Herta Müller, haciéndome sentir que ha valido la pena traducir la mitad del artículo en cuestión para los posibles interesados en conocer (indirectamente) a la Nobel de Literatura de este año.

HjorgeV 12-10-2009

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NINGÚN INTERROGATORIO EN EL EXPEDIENTE, NINGUNA CITACIÓN NI SECUESTRO AL PASO

Lo que aparece en el expediente el 30 de noviembre de 1986: “Cada viaje que Cristina haga a Bucarest y a cualquier parte del país, debe ser comunicado con antelación a la Dirección I/A (Oposición interna) y a la III/A (Contraespionaje)” de modo que “se garantice un control permanente”. Que no debo moverme por el país sin ser vigilada y que se ejecuten “los controles necesarios sobre sus relaciones con diplomáticos y ciudadanos alemanes occidentales”.

Los seguimientos eran, según el caso, diferenciados. A veces no se notaban, otras sí, se volvían rabiosos y degeneraban en agresiones. Cuando la editorial alemana occidental se animó a publicar En tierras bajas, hice una cita con la lectora en Poiana Braşov, en los Cárpatos, para no llamar la atención. Viajamos por separado, como deportistas de invierno. Mi esposo Richard Wagner había viajado antes con el manuscrito a Bucarest. Al día siguiente debía llegar yo con el tren nocturno, sin el manuscrito. En el vestíbulo de la estación de Timisoara fui recibida por dos hombres que me pidieron que los acompañara. Les dije: “Sin orden de detención no voy”. Me confiscaron mi boleto de tren y mi carné de identidad, y me dijeron, antes de marcharse, que no me moviera de allí. Cuando el tren llegó, empero, ellos no habían regresado. Me dirigí al andén. Eran tiempos de ahorro de energía eléctrica, el coche cama se encontraba al final del andén en la penumbra. Se debía subir recién momentos antes de la partida, la puerta aún se encontraba cerrada. Los dos hombres también se encontraban allí, yendo de un lado para otro, me empujaron y me lanzaron tres veces al suelo. Sucia y confundida, me levanté, como si nada. Y la demás gente que esperaba, se quedó observando todo, como si nada. Cuando finalmente se abrió la puerta del coche cama, me escurrí por en medio de la fila. Los dos hombres también subieron al tren. Me dirigí a mi compartimento, me desvestí a medias y me puse el piyama encima, para que se notara si me sacaban a la fuerza. Cuando el tren partió, me dirigí al baño y escondí una carta para Amnestía Internacional detrás del lavamanos. Los dos hombres se encontraban en el pasillo conversando con el controlador. Me correspondía la litera de abajo en el compartimento. Tal vez para estar más al alcance de la mano, pensé. Cuando el controlador entró al compartimento, me dio el boleto y mi carné. Le pregunté de dónde los tenía y qué habían querido los dos hombres. “¿Qué hombres?”, me respondió. “Aquí hay docenas”.

No pegué un ojo en toda la noche. Ha sido una locura subir, pensé, te van a lanzar del tren a los campos nevados durante la noche. Cuando empezó a aclarar, se disipó el miedo. Para un suicidio escenificado tendrían que haber aprovechado la oscuridad, pensé. Antes de que se despertaran los demás pasajeros, me dirigí al retrete y recuperé la carta. Entonces me vestí, me senté al borde de la litera y esperé que el tren hiciera su entrada a Bucarest. Bajé, como si nada. Nada de lo sucedido ese día figura en el expediente.

Las persecuciones también tuvieron consecuencias para otros. El servicio secreto se interesó por primera vez por un amigo en una lectura de En tierras bajas en el Instituto Goethe de Bucarest. A partir de ahí fue fichado, se le abrió un expediente y empezó a ser observado. Eso figura en su expediente, en el mío no hay una palabra al respecto.

El servicio secreto podía entrar y salir a voluntad cuando no nos encontrábamos en casa. Muchas veces dejaban señales adrede, colillas de cigarrillos, cuadros que pasaban de la pared a la cama, sillas movidas de su lugar. Lo más siniestro se extendió a lo largo de semanas. De una piel de zorro que yacía en el suelo, fueron cortando la cola, las patas y finalmente la cabeza, colocándolas sobre el vientre del zorro. No se notaban los cortes. Haciendo la limpieza noté por primera vez que la cola había sido cortada. Pensé en una coincidencia. Cuando semanas más tarde apareció cortada una de las patas traseras, empecé a temblar. Hasta que cortaron la cabeza, lo primero que hacía al llegar a casa era controlar la piel de zorro. Todo podía suceder, el departamento había perdido su privacidad. Cada vez que comíamos, nos poníamos a pensar que la comida podía estar envenenada. Sobre este terror psicológico no aparece ni una palabra en el expediente.

En el verano de 1986 nos visitó en Timisoara la escritora Anna Jonas. Ella y otros autores habían enviado una carta al gremio de escritores de Rumanía –que se encuentra en mi expediente- protestando por no permitírseme viajar a la feria de libros, ni al día de la iglesia protestante ni a ver a mi editor. La visita está bien documentada en mi expediente, y hay un télex del 18 de agosto de 1986 a la oficina de fronteras, en el que se pide revisar el equipaje de Anna Jonas minuciosamente, así como el informe del resultado. Por el contrario, no aparece la visita del periodista del Die Zeit Rolf Michaelis. Quería hacerme una entrevista tras la publicación de En tierras bajas. Su viaje lo había anunciado con un telegrama y había confiado en encontrarme en casa. Pero el telegrama había sido interceptado por el servicio secreto, Richard Wagner y yo, ignorándolo, habíamos partido al campo por unos días a visitar a sus padres. Dos días seguidos estuvo Michaelis llamando en vano a la puerta. Al segundo día tres hombres lo acecharon en el espacio destinado para la eliminación de la basura y lo golpearon brutalmente. Le rompieron los dedos de los dos pies. Nosotros vivíamos en el quinto piso, el ascensor no funcionaba porque no había electricidad. Michaelis tuvo que arrastrarse a cuatro patas por la oscura escalera hasta la calle. El telegrama no figura en el expediente, a pesar de que existe toda una colección de cartas interceptadas de Occidente. Según el expediente, nunca se produjo esa visita. Este vacío demuestra que el servicio secreto ha borrado las acciones de sus funcionarios de carrera, de tal manera que nadie pueda ser responsabilizado al ser revisados los expedientes. Así se ha garantizado que, desaparecido Ceauşescu, la Securitate se convierta en un monstruo abstracto sin cabezas responsables.

Rolf Michaelis, deseando protegernos, escribió sobre esa agresión recién después de nuestra salida del país. Por el expediente, sé que fue un error. No el silencio, sino solamente la publicidad en Occidente era la que podía ser capaz de protegernos. En mi expediente se puede ver que se estaba preparando un surreal proceso en mi contra por “espionaje para el BND [servicio federal alemán de inteligencia]”. A la resonancia de mis libros y a los premios literarios en Alemania debo agradecerles, que el plan no se cumpliera y que no terminara encarcelada.

(Continúa en el original.)

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2 comments

  1. Impactante.
    El artículo, las experiencias de Herta Müller con la Securitate de Ceacescu.
    Parece mentira pero, no importa el país, las experiencias de todos aquellos que han sufrido este tipo de vigilancias inteligentes de regimenes asesinos son muy parecidas. Iguales, o parecidas versiones, hay de escritores en la República Dominicana, con la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, en Cuba con la dictadura de los Castro y las anteriores al regimen castrista, en Chile con Pinochet, en Honduras con Carias y la década de los 80.
    Pero la pregunta que siempre queda con este tipo de articulos es qué es real y qué es real imaginario.
    ¿Herta Müller viola esa frontera entre lo real y lo imaginario?

    Rpta.: ¿Frontera? ¿Qué frontera? ¿Te refieres a esa línea incierta, de forma, tamaño y color cambiante que suele estar donde menos se la espera y nunca parece quedarse quieta por más que nos esforcemos o, a veces, precisamente por eso? Saludos. HjV

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