CÓMO APRENDER UN IDIOMA (III)

Hablar de idiomas, de uno en particular o de simples palabras es algo que me fascina particularmente.

¿Por qué algunas personas aprenden más rápidamente una nueva lengua y otras no?

¿Será que poseen un don especial que les permite hacerlo?

¿Por qué pocas consiguen hablar un nuevo idioma casi como un nativo y en muchas se nota enseguida cuál es el idioma base?

Opino que cada uno de nosotros es capaz de aprender uno, dos o más idiomas.

Y que cada nuevo idioma aprendido allana la posibilidad de aprender más fácilmente otros más.

Solo que no lo sabemos.

SIN SABERLO DOMINAMOS VARIOS “IDIOMAS”

En realidad, dominamos varios “idiomas”, por así decirlo.

No me estoy refiriendo necesariamente a los llamados sociolectos o dialectos sociales, los hablados por una clase o grupo social.

Me refiero a que empleamos diferentes elementos lingüísticos de acuerdo al medio en el que nos hallamos.

Nuestra educación y cultura, y nuestro sentido común, nos permite usarlos adecuadamente según como convenga.

A nadie se le ocurriría hablar con el director del colegio o escuela como con el compañero de carpeta: evitaría, por lo menos, ciertas palabras y expresiones.

(Si lo consigue o no es otra cosa.)

Nadie habla con la gente del barrio como con la chica o chico de otro (de otro barrio, quiero decir) que acabas de conocer.

(La fascinación amorosa nos puede llevar a cambiar incluso de entonación, fuerza de voz y a esforzarnos por mejorar nuestra capacidad de expresión. Casi como si fuera “otro” idioma.)

El especialista, profesional o académico de cualquier rama no habla con sus colegas como con su abuelita ni con la gente con la que juega fútbol o sale de copas.

Pero, como en la música, si quieres aprender una canción, primero tienes que hartarte de escucharla. Y si has aprendido a cantarla, es que la has practicado (sin habértelo propuesto, por lo general) hasta la saciedad.

Opino que con mucho trabajo divertido se puede llegar a aprender cualquier idioma.

El interés disponible es la primera piedra y también el combustible, claro está.

Entre mis sueños está el de llegar a un país extraño en idioma y en casi todo.

China, por ejemplo (aunque no me atrae nada). O Grecia.

Y, suponiendo que no tenga que morirme de hambre y tenga donde dormir, dedicarme solo a escuchar y aprender el idioma.

En la calle, en los restaurantes y negocios, en reuniones y en contacto con los medios de comunicación; como un aventurero, como quien dice.

(Me imagino que para el chino como idioma, necesitaría más de los tres meses que necesité para el francés y el italiano, hasta que dejaron de ser un flujo continuo de sonidos y pasaron a separarse en grupos cada vez más definidos y empecé a reconocerlos como palabras independientes.)

Pero me interesaría el reto.

Me pasaría unos dos meses solo escuchando y aventurándome al comienzo a repetir los sonidos más fáciles. Luego me pasaría unos dos meses más hablando como un loro para practicar los demás.

No usaría jamás otro idioma para ayudarme a hacerme entender: ni el inglés ni el mío propio.

En la enseñanza tradicional comercial de idiomas (aquella entendida y ya establecida como un negocio y no como un intento serio de aprender un idioma foráneo) se hacía y se sigue haciendo todo al revés.

Se pretende que el alumno empiece a hablar desde el primer día, palabras y sonidos a los que su aparato fonador no está acostumbrado ni conoce.

(Un buen profesor escogería las palabras más parecidas al del idioma del aprendiz para empezar.)

Y se pretende que el novato aprenda primero la gramática.

Cuando es demasiado tarde, el alumno ya perdió el interés por el idioma y este se ha vuelto una carga académica y no una herramienta de comunicación con todo lo interesante que esto puede significar.

¿Y SI TUVIÉRAMOS QUE APRENDER A HABLAR RECIÉN A LOS 10 AÑOS?

Si tuviéramos que aprender nuestra primera lengua (la que llamamos ‘materna’, sin que esto tenga que ser necesariamente así, póngase el caso de los niños adoptados, por ejemplo)  a una edad “más avanzada” tendríamos grandes problemas para aprenderla y aprehenderla.

Aunque no existen grandes estudios al respecto, puesto que los casos conocidos son muy escasos, parece ser que los niños que han tenido que crecer aislados de la civilización –muchas veces en compañía y hasta, incluso, criados por animales- nunca llegan a dominar ningún idioma.

Ni siquiera el que tendría que haber sido el suyo “propio”, sea por razones geográficas o familiares.

Aunque no he podido encontrar ninguna fuente, estudio o investigación confiable, doy por plausible la suposición de que los doce años es la edad que marca el “umbral superior” para el aprendizaje de la primera lengua.

Quiero decir que traspasada esa edad, un niño que no ha aprendido a hablar ningún idioma no conseguirá dominar alguno nunca.

Por los casos documentados de lo que podemos llamar agudo aislamiento e incomunicación infantil, los afectados apenas llegan a expresarse con grandes limitaciones, después de su reinserción social, en la que debía haber sido su lengua propia.

Menciono todo esto por los puntos que nos interesan en el tema de aprender un nuevo idioma.

Parece razonable suponer que todo niño puede aprender con relativa facilidad –y dadas ciertas condiciones como la posibilidad de jugar y escuchar en ellos- uno o más idiomas hasta los doce años.

Por simple experiencia me atrevo afirmo que esa capacidad va disminuyendo hasta casi atrofiarse alrededor de los 18-20 años.

Lo cual no significa que a partir de esa edad no se pueda aprender ningún nuevo idioma, simplemente que, en quien lo haga, “se notará más” que no es su idioma principal.

(El reciente caso de la joven austriaca que vivió secuestrada por su propio padre, el electricista Josef Fritzl, es diferente, porque si bien vivió más o menos completamente aislada, no lo hizo en un régimen de incomunicación, puesto que tenía contacto con su padre y tenía un televisor en su covacha y zulo.)

Por lo visto, solo si se escucha (bien) se puede aprender a hablar.

Está comprobado que los bebés que nacen con atrofias o malformaciones en el oído, pueden tener graves problemas para aprender a hablar, dependiendo del grado de su afección.

De hecho, esos bebés se han perdido nueve meses de práctica auditiva, lo que los hace llegar al mundo con una gran desventaja que puede influir en toda su vida y en su desarrollo integral como persona.

Como las conexiones nerviosas entre el oído interno y el centro del lenguaje en el cerebro terminan de formarse en los dos primeros años de vida (extrauterina), si no se ha detectado a tiempo alguna malformación o atrofia, esto puede influir para siempre en el desarrollo de una persona. Además de ser algo que no es posible corregir por medio de una operación o una prótesis.

LA VERGÜENZA: UNO DE LOS INHIBIDORES MÁS PODEROSOS

El bebé no se avergüenza de hablar como habla.

Sobre todo porque aunque diga bapá, maná, pam para referirse a papá, mamá y pan, respectivamente, recibirá aplausos de sus progenitores, de los abuelos e, incluso, de los vecinos.

Así deberíamos aprender un nuevo idioma.

Equivocándonos al jugar con las palabras, riéndonos, imitando, volviendo a escuchar y simplemente oír y no prestando (demasiada) atención a nuestros errores sino a nuestros progresos.

Lamentablemente, no estamos preparados culturamente para ello.

La educación formal estatal de más o menos cualquier país del planeta está contaminada de antiguos vicios y errores que la lastran.

Sin que el hecho de conocerlos, sirva para hacerlos desaparecer.

Para poner un solo ejemplo.

La psicología moderna advierte que se aprende más por “premiación” que por “represión”, sin embargo, lo que prevalece en las pruebas y exámenes escolares es la búsqueda, represión y reprensión de los errores.

(Aquí en Alemania se ha dado un gran paso al permitir que en el primer año escolar no se usen notas calificatorias. Todos los niños pasan simplemente de año.)

De tal manera que desde muy pequeños estamos acostumbrados a concentrarnos en evitar cometer errores en el aprendizaje de cualquier materia y no en aumentar nuestro caudal cognitivo y nuestra práctica en ella.

Esta actitud es fatal en el aprendizaje de lenguas.

Crecemos con un temor a equivocarnos, azuzado por la escuela, los maestros, profesores y la misma familia.

Porque el que desea hablar un nuevo idioma y apenas lo practica (por temor a equivocarse), obviamente, estará en gran desventaja respecto a los que sí han tenido la oportunidad de hacerlo.

Quien quiere aprender a jugar fútbol o a bailar no puede hacerlo, sencillamente, sentado.

SOMOS APRENDICES NATOS

Salvo por malformaciones o atrofias fisiológicas, todo ser humano aprende su lenga (absolutamente) sin problemas.

No solo estamos premunidos de un aparato fonador y las correspondientes funciones cerebrales, también lo estamos de un excelente “aparato” de aprendizaje.

Opino que toda persona es capaz de aprender cinco o diez idiomas, manejar (o conducir) un avión, un cohete interespacial y construir una casa.

Si se lo propusiera.

Y tuviera acceso relativamente sencillo a los medios para conseguirlo.

Nuestra condición humana nos permite a africanos, anglosajones, latinoamericanos, asiáticos o árabes, judíos o alemanes, argentinos o esquimales, mucho más de lo que nos creemos capaces y la enseñanza tradicional nos hace creer.

Relataré en las siguientes líneas mis experiencias con los idiomas.

De cómo llegué a pensar que nunca aprendería alemán cuando tenía unos veinte años y de cómo, mucho tiempo después, a pesar de vivir en Alemania la misma cantidad de años, y de hablar, leer y escribir alemán, sigo con la sensación de no haber dado grandes pasos.

De cómo, sin embargo, a pesar de no haber estado jamás en Italia, puedo hacerme pasar por italiano con los mismos italianos. (Con grandes limitaciones, se entiende; pero mis conocimientos me pueden alcanzar para varios minutos de conversación hasta que se descubra el “engaño”.)

De cómo me sucede algo parecido pero en menor medida con el francés, a pesar de haber vivido allí solo cuatro meses y haberme pasado casi tres sin decir apenas una palabra en ese idioma.

Y de cómo me he sorprendido a mí mismo no hace mucho rescatando mi inglés (que creía frustrado como idioma bien aprendido por la dificultad para perder el acento), usando el método de la imitación.

PARÍS

Llegué a París sin saber más de tres o cinco palabras en francés.

Una de las primeras sorpresas fue descubrir que los franceses solo hablaban (¿habrá cambiado algo?) francés. Es decir, que mi inglés y mi alemán no me servían prácticamente para nada.

La lección me la dio un empleado bancario, un cajero, al querer hacer una transferencia bancaria hablándole en inglés.

No le entiendo, señor. Por favor, el siguiente -me dijo, debo suponer, en su idioma.

-¿Y castellano? -le pregunté, en castellano, completamente aterrorizado porque aunque no le había entendido lo que me había dicho, su gesto con la mano indicaba claramente su intención.

Continúa…

HjorgeV 10.11.2009

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