CÓMO APRENDER UN IDIOMA (IV)

APUNTES TONTOS Y PROBABLEMENTE INÚTILES

París.

La ciudad de ensueño que esconde más de un monstruo de mil cabezas en sus entrañas.

Me pasé allí dos meses sin entender ni una sola palabra de sus habitantes, si se me permite la exageración.

Es curioso.

Han pasado muchos años desde entonces, y todavía me cuesta soltar todo lo que viví en esa ciudad en la que tuve una maldita buena suerte.

(También podía haberme salido todo al revés.)

Intentaré concentrarme en el asunto del idioma.

¿Cómo?

¿Cómo puedo conseguirlo si ahora que he empezado a recordar a París, se me ha venido, por ejemplo, la imagen de la pareja que estuvo escuchando nuestra música durante una buena hora en la explanada del Centro Pompidou?

Al final de nuestro “concierto”, cuando ya habíamos guardado nuestros instrumentos y nos aprestábamos para retirarnos, se acercó él y me dio una rosa, sorprendiéndome.

El primer hombre (y espero que quede así, sin tener nada en contra de otras selecciones, inclinaciones o alternativas sexuales) que me regalaba una rosa en mi vida, nada menos.

Debo confesar que me asusté un poco, porque intuía una situación difícil o, por lo menos incómoda. Pero no.

Me habló en inglés, decepcionándome, porque había esperado por fin conocer a franceses. Por lo menos le entendí todo.

-Es de parte de mi amiga –me dijo, explicando la rosa.

(No estaría mal como título para una canción o un poema, esta última frase.)

Me sonrojé.

Pocas cosas hay peores para un hombre, en asuntos de vergüenza y pena ajenas, que ver a otro hombre sufriendo por la mujer que lo desprecia a él para irse con uno.

Luego se acercó la muchacha, se presentaron los dos, me ofrecieron de su botella de vino. Eran de EEUU, ella vivía en París y él vivía con ella.

O algo así.

En ese momento, curiosamente, no se me ocurrió nada más que agradecerles por los aplausos, la rosa y el vino.

Si algún hombre está leyendo estas líneas y ha pensado considerarme un bobo extremo, le daría toda la razón.

Pero no contaré más detalles de cómo terminé esa noche con ella, después de un largo y ardiente recorrido por bares parisinos en busca de la llave de un departamento que nos pudiera cobijar. (Sin su acompañante, debe entenderse.)

Llevaba dos meses en París, no entendía a nadie, vivía de prestado en el departamento de R., una francesa amabilísima que todas las noches bebía lo suficiente como para recordar muy poco a la mañana siguiente al irse a trabajar.

Al atardecer o al anochecer (era verano y oscurecía cuando ya era de noche para mi reloj interior limeño), después de haber concluido con nuestros “conciertos”, recorría solo y melancólicamente las calles del París turístico y en las noches me tomaba unas copas con R.

Luego me quedaba en la sala de su departamento viendo la televisión (sin entender nada) hasta que ella regresaba poco después de la medianoche y entonces yo podía irme a dormir.

R. me hablaba pacientemente en francés y se servía de gestos, señas y señales para hacerme entender amablemente las cosas.

La había conocido en uno de mis peores momentos de mis días en París.

Acortaré, diciendo que cuando me ofreció ayudarme con lo de la vivienda, le dije que no esperara que le devolviera el favor con sexo.

Por supuesto que no usé esa palabra.

Usé amor, que en francés –ya sabemos- para lo práctico significa lo mismo.

Me dijo, sin sonrojarse, que lo podía entender.

Esa fue nuestra suerte y así nos llevamos muy bien el poco tiempo que pasé viviendo de prestado en su departamento.

Un día, harto de no entender nada y decidido a aprender la lengua de Balzac, Flaubert y Baudelaire, empecé a estudiar a conciencia mi diminuto diccionario y me compré un par de revistas de Asterix.

Sabía inglés y había aprendido bien el alemán, ¿por qué diablos tenía que tenerle tanto miedo al francés solo porque no entendía ni papa de una lengua que me habían asegurado ser muy similar a nuestro idioma?

Seguí con el diccionario.

En los viajes que hacíamos en tren con el grupo, aprovechaba el tiempo para traducir palabra por palabra los textos con el diccionario en mano.

Con todo, apenas podía entender muy poco de la trama de las historietas de Asterix y su pandilla.

Paralelamente, sin embargo, mantenía abiertas las orejas como un niño que quiere enterarse de todo, en todas partes, en todo momento posible.

Seguía viendo la televisión (sin entender todavía nada) y si, por suerte, se daba la ocasión de poder escuchar hablar en francés a alguien, no desperdiciaba la oportunidad para acercarme y parar aún más la oreja.

¿Cuántas conversaciones ajenas habré escuchado (sin entenderlas) en esa época?

Entonces conocí a A.

Había asistido a una especie de feria o exposición de productos o libros latinoamericanos, ya no lo recuerdo, y vi pasar frente a mí a una muchacha de esas de las que se dicen que son capaces de robarle la respiración a uno.

A mí no me la robó, pero me dejó taquicárdico y con la presión arterial regionalmente elevada.

Recuerdo que la seguí por el recinto, desde lejos, como un perrito esperando que le arrojen el hueso que sabe que nunca le va a llegar.

Mi sueño de ese momento era uno simple y sencillo.

No deseaba acostarme con ella ni soñaba con darle un beso. Sabía que pensar en eso era una quimera, un llano imposible.

Deseaba, recatadamente, que por alguna circunstancia extraordinaria, tuviéramos que cruzarnos en algún lugar del recinto y que, justo en ese momento, la muchedumbre nos obligara a apretarnos el uno contra el otro.

Durante un solo segundo.

Era poco lo que pedía. Y tonto, muy tonto.

Sin embargo, algo más remoto fue lo que sucedió.

Mi sueño no se cumplió del todo (nos chocamos casi frente a frente: alguna vez he llegado a pensar que ella lo tenía planeado), pero, en cambio, empecé a tener compañía. Francesa, además.

Acortaré distancias, diciendo que con A. descubrí lo que significaba ser una mujer libre de mente y dueña de su cuerpo. (Había estado en Alemania pero lo vivido allí no se podía comparar con la lección que me estaba dando A.)

Otro día contaré, acaso, nuestros curiosos encuentros –siempre en un hotel, siempre coronados en algún restaurante del centro de París, todo organizado y pagado por ella-, lo importante ahora es que A. me hablaba más o menos sin pausa.

En francés.

Melodía infinita.

Lecciones enteras de Yo te amo, yo tampoco.

Y a volver a a entonar desde el principio la letra a en todas sus alturas y profundidades posibles.

Por mi parte, ya de vuelta en la calle, me dejaba tomar de la mano por su mano y la acompañaba por las calles parisinas, perfectamente consciente de ser un simple amante con fecha no muy lejana de caducidad a su lado.

Me acostumbré a hacer el tonto enamorado que prestaba atención a todo lo que le decía su amada, pero sin entender nada.

Un día le pedí que me enseñara a decir “¿Cómo se llama esto en francés?”

Así, nuestros paseos empezaron a parecerse a los de un niño de dos  o tres años que empieza a descubrir el mundo con una sola pregunta en su cartuchera.

Hasta que de un momento a otro, como por arte de magia, ese chorro ininteligible y oscuro de sonidos que brotaba de las bocas de A., de R. y de la demás gente de París, empecé a percibirlo como partes aisladas e independientes entre sí.

En la televisión empecé a reconocer algunas palabras y expresiones aisladas.

A R. empecé a entenderle el número de cervezas o copas de vino que se tomaría esa noche y a A. le entendí que pronto partiría a África.

Para todo esto, yo seguía sin atreverme a hablar todavía.

Como nuestro idioma es muy parecido, luego, cuando mi oído se acostumbró a deducir las palabras por simple comparación, el siguiente salto fue más rápido y pasé a entender cada vez más.

Mi escuela de idiomas “particular” empezaba a rendir frutos.

En otras palabras, sin habérmelo propuesto ni saberlo de antemano, había hecho lo que toda persona hace desde que puede oír en el vientre de su madre: escuché, oí, “ausculté”, percibí, husmeé, siempre con mucho interés, los sonidos de las voces de mi entorno.

Hasta que empezaron a tomar sentido y separarse en sus elementos.

Y empecé a entender los noticieros casi al cien por ciento y parte de las conversaciones de la gente en la calle y en el metro. (Desde entonces, recomiendo los noticieros como parte fundamental del aprendizaje de un idioma.)

Los dos meses siguientes que pasé en Francia me permitieron pasar a entender casi todo.

Curiosamente, justo cuando había empezado a atreverme a hablar (imitando la melodía de A., como un bebé que recién después de varios meses de estar escuchando a su madre lo hace), ella partió rumbo a África tal como lo había anunciado.

Poco después conocí a B., una rubia alemana estudiante de danza con aspecto de modelo que no me creyó que me había dirigido a ella en plena calle solo para poder practicar mi alemán.

Pero esa es otra historia.

Baste resumir que mi aprendizaje del francés se interrumpió porque me vine a Alemania. (Todavía puedo hablarlo y engañar un poco a algunos.)

Me detengo aquí, notando que París sigue siendo un tema especial, casi candente, cuasi tabú, para mí.

No de otra forma pueden explicarse los tremendos rodeos que doy cada vez que me enfrento a mis recuerdos de la Ciudad Luz.

Me imagino que esos recuerdos siguen exigiendo un relato independiente, una novela -acaso- que alguna vez emprenderé.

En mi próxima entrada concluiré este tema idiomático.

Entonces contaré cómo aprendí italiano (ya sin sexo ni enamoramientos) aquí en Alemania y sobre mis grandes problemas con el idioma de este país.

Me olvidaba, por cierto.

Sigo sin haber pisado la Torre Eiffel.

Y Rayuela recién la leí aquí en Colonia.

 

Continúa…

HjorgeV 12.11.2009

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