POR QUÉ ADMIRO A(L) MARIO (ESCRITOR)

Desde Honduras, un lector me menciona tres temas:

1) La exposición personal de Mario Vargas en la Feria del Libro de Guadalajara que acaba de terminar.

2) El discurso leído por la Nobel de Literatura de este año, Hertha Müller, en su investidura.

3) El Bad Sex Award (Premio ¿al Mal Sexo?) conferido a Jonathan Littell por un pasaje de su novela Las Benévolas.

Vayamos por partes.

EL CULTO A LA PERSONA(LIDAD)

Era febrero de 1956.

Acababa de morir Stalin y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (una pausa para respirar) iniciaba una nueva era.

Estamos ahora en la clausura del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (más aire).

Una figurilla rechoncha y baja, con una calva de sien a sien, de carácter temperamental, casi rabioso (poco después usaría su zapato para golpear la mesa y llamar la atención en una asamblea de la ONU), y la voz chillona de un vendedor de mercado pueblerino, alza la voz para denunciar a Stalin.

Esa figurilla se llamaba Nikita Kruschov (transcrito también como Jruschchov, Jruschov, Kruschev o Kruschchev), hijo de campesinos pobres y secretario general del Partido Comunista ruso desde la muerte de Stalin en 1953, .

En su discurso acuñó un término que usó para denunciar (qué valiente, porque ya se había muerto) a Stalin:

Culto a la personalidad.

Esa admiración, adoración con fervor religioso que se rinde por lo general a un ser vivo –también puede ser a uno ya finado- y que no tiene que ser una imposición violenta del ser adorado en cuestión.

El culto a la personalidad, o a la persona, es la adoración que se le rendía al César en la antigua Roma, al Inca en el Perú antiguo, a Sadam en Irak, a Stalin en Rusia y se le rinde a los reyes de la España actual, por ejemplo.

Ese mismo culto a la personalidad es el que sustenta a imperios mediáticos: de esos que dedican páginas enteras a mostrar cómo se ven, comen, se visten, aman, eructan y traicionan los famosos.

Creo que vivimos una época especial.

También especialmente crítica y peculiar de la historia de la humanidad.

Nunca como antes, el hombre se ha sentido tan lejos del mono gracias a las nuevas y fabulosas tecnologías, pero solo para usarlas principalmente en satisfacer sus (nuestros) más bajos instintos: vanidad, chisme, obsesión sexual y dinero fácil.

(¿Conocen los monos alguna sola de estas cosas?)

Céntremonos en la vanidad.

Y concentrémonos en la figura de mi hemicompatriota Mario Vargas, quien se ha pasado los últimos años recibiendo y soportando premios a diestra y siniestra.

¿Por qué existen tantos premios y homenajes literarios hoy en día?

Creo que lo dijo el francés Houellebecq: “Con tantos premios que hay, alguno me tenía que tocar”.

Lo fascinante de este asunto es que la vanidad tiene dos caras: la del vanidoso y la del que lo contempla.

Narciso y el lago en cuya superficie se refleja su rostro.

(¿O era el lago el verdadero Narciso y usaba al humano para contemplarse a sí mismo en el fondo de sus ojos?)

Contemplar la vanidad ajena puede tener dos facetas opuestas entre sí, pero no necesariamente excluyentes: uno puede tanto regodearse en la vanidad ajena como asquearse de ella.

Por otro lado, poseemos una característica de la que la ciencia se ocupa poco, acaso por esa misma vanidad.

Me refiero a nuestra Necesidad de Adoración; esa necesidad vital, ese instinto.

¿Somos vanidosos para poder adorados o la adoración engendra la vanidad?

Todos adoramos a alguien alguna vez: a un familiar, a una amiga o amigo, a un profesor, a una cantante, a un político (cada vez menos, felizmente, espero), a un futbolista, a una pintora, a un héroe cívico.

Hay quien afirma –yo entre ellos- que Hitler se explica por esa misma necesidad, agravada por otro rasgo que le reconozco a las gentes de este país: la Necesidad de Jerarquía, de un Jefe.

Tal vez exagere, pero afirmo de paso que la dureza del idioma alemán tiene que ver con esa necesidad o inclinación a la jerarquía: para determinar y dejar claro quién es el jefe, quién no lo debe ser, a quién se tiene que adorar.

Pero ningún pueblo se escapa del Instinto de Adoración.

El fútbol, para escaparnos un poco del tema sin hacerlo en realidad, se ha vuelto otra válvula de escape para esa misma necesidad. (La otra faceta -la competencia camisetera: mi equipo es el mejor- es más fatal).

Para eso existen ahora los Messi, los Ronaldos.

La religión, por supuesto, fue acaso la primera en hacer usufructo ventajoso de nuestra tendencia humana a adorar.

En este contexto, ahora que ya no se habla de literatura sino de ventas y de mercado del libro, nuestro Instinto de Admiración es el que puede explicar la profusión de premios literarios, homenajes, condecoraciones y laudatorios a conocidos y reconocidos escritores.

Es más, no importa si el galardonado no ha vuelto a tocar la pluma o el teclado en mucho tiempo, o si se ha olvidado de escribir: los premios le caen igual.

(El colombiano García, como poquísimos, se atrevió a decir en el 2006: “He dejado de escribir”.)

Por todo esto, es fácil perder el interés por premiaciones, homenajes y adoraciones en general.

Yo también admiro a Vargas, claro.

(Al escritor. El político es como el agua de un olvidado jarrón de flores.)

POR QUÉ ADMIRO A MARIO

Lo que me interesa no es, no son, sin embargo, los premios y adulaciones que le dispensan sino, básicamente, su capacidad nata como narrador.

Esa vena para contar historias (aunque sea improvisadamente, ya lo verán) es algo que muy pocos conocen y que muy poco se difunde de él.

El siguiente video me ha hecho reír con gusto las varias veces que lo he visto y por eso lo recomiendo con encomio.

Es una prueba de por qué don Mario es quién es y dónde está, por más que –opinión personal- dudo de que vuelva a bataquear (golpear) con una obra capaz de superar a su Conversación en La Catedral: la única de sus novelas que él “salvaría del fuego”, según su propia confesión, y la que más admiro de su producción.

El tema es “El Cine y su influencia en la Literatura” y Vargas empieza a contar su particular experiencia con las producciones cinematográficas de la siguiente manera:

«Yo tuve una experiencia -de la que preferiría no acordarme- adaptando una novela mía al cine y, bueno, el resultado fue una gran catástrofe.»

Tras las risas del público, Vargas continúa con su relato improvisado:

«Ese fue un disparate sobre el cual un día escribiré una historia que nadie creerá.

[…]

Si yo cuento la historia no me la van a creer.

La voy a contar para que no me la crean.

Yo estaba en México. Sonó el teléfono…»

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HjorgeV 10.12.2009

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