STIEG LARSSON: MILLENNIUM III

LA REINA EN EL PALACIO DE LAS CORRIENTES DE AIRE

Con qué cantidad de sentimientos encontrados empecé a leer la tercera parte de la Trilogía Millennium (Millenniumtrilogin en el original).

Al iniciar La reina en el palacio de las corrientes de aire, tenía, por un lado, la convicción absoluta de estar siendo víctima de una manipulación psicológica larssiana que me había convertido en alguien capaz de más o menos cualquier cosa con tal de no perderme el libro final de la serie.

Por otro, la estupefacción ante un singular hecho: Larsson había cambiado claramente de registro narrativo, convirtiendo su material novelístico en una especie de historieta (cómic o tebeo; chiste se dice en mi país todavía, creo) por lo caricaturesco de sus personajes y ciertas exageraciones del guión, y, sin embargo, eso no había conseguido mellar mi interés por continuar la lectura.

Había lamido sangre, como se dice en alemán, y, claro, quería más.

No me importaba o apenas me molestaba que el autor hubiera incluido un par de escenas rayanas con el disparate (no voy a aguarle la lectura a nadie describiéndolas, no teman).

Me inquietaba, sí, conocer si Larsson no había arriesgado demasiado al llevar a su historia casi hasta los límites de la literatura infantil.

Si bien al comienzo parece divagar con su relato, la lectura de la parte final de la trilogía es posible por a) la inercia generada por la de las dos novelas anteriores, b) la curiosidad de saber qué sigue y cómo culmina todo, y c) la magia de su escritura capaz de hacerte comer una vaca entera para luego hacerte creer que sigues con hambre.

Hay incluso una parte del libro donde uno se espera lo peor: un fiasco narrativo, una estafa como concepción, que la carpa del circo de Stieg Larsson se caiga.

Pero llegado cierto punto, la novela adquiere una nueva dinámica y retorna su capacidad adictiva.

Hasta que todas las piezas empiezan a a volver a encajar y adquirir más sentido, y nuestro interés crece. Entonces descubrimos que en la estrategia y concepción larssiana, la primera historia solo ha sido un (excelente) pretexto para ocuparse de la historia de Lisbeth Salander.

El final no es un castillo de fuegos artificiales pero es un desenlace bien logrado y que resarce al lector por el temor planteado anteriormente: ¿no estará apostando demasiado alto Larsson?

Bien vista, la Trilogía Millennium es un homenaje a su protagonista principal, Lisbeth Salander, y por medio de ella, a las mujeres, en general.

Pero también es una larga historia de amor (con final abierto y felicidad pendiente) a varias bandas.

Además de una historia de amor genialmente encubierta, es un tratado de nuestra incapacidad para relacionarnos y poder entender los juegos, las trampas, las incongruencias, los avatares y las contradicciones de eso que llamamos amor.

No quiero dejar de mencionar que la traducción adolece de dos defectos, según mi limitado entender: una confusión casi esquizofrénica con el uso de los tiempos verbales y un abuso de expresiones ¿madrileñas?, esto último algo que ya había señalado Mario Vargas.

Nuestra lengua es rica en pretéritos (si no he entendido mal, cinco de indicativo y dos de subjuntivo), es decir, en tiempos verbales para referir y tratar los hechos del pasado. Dominarlos todos no es común.

Además, me puedo imaginar que en el idioma sueco, al igual que en el alemán, los tiempos verbales no son los mismos ni se usan como en castellano, algo que puede dificultar tremendamente cualquier traducción.

Por otra parte, el exceso de expresiones regionales o nacionales -por más que la trilogía haya sido pensada solo para España- entorpece la lectura, porque daña la credibilidad de los personajes, credibilidad que tanto trabajo le debió haber costado a Larsson.

Opino que un traductor debe ser consciente de sus propias muletillas (voces o frases que se repiten mucho por hábito) y tratar de evitarlas, más aún, si son regionalismos.

“Que no veas”, es una de esas expresiones. ¿Que no vea qué?, me pregunté la primera vez que la leí. (Encima, se trata de una elipsis de “que mejor no veas”.)

(Particularmente, detesto cuando, por ejemplo, en las películas dobladas un Eddie Murphy o un Robert de Niro aparecen despotricando y maldiciendo como un madrileño de Madriz, o -ya que estamos en esas- como un típico porteño. ¿Entendés, pibe?)

Pero estos son detalles que apenas consiguen mancillar el conjunto: un portento de concepción intelectual en lo que concierne a la trama y una adictiva lectura en lo referente a la narración en sí.

Me ha sucedido algo singular al terminar la Trilogía Millennium.

Seguramente influenciado por la resaca producto de una celebración del día anterior con mucha cerveza alemana (o acaso debido a mi incapacidad para sustraerme del aire melancólico de la búsqueda existencial de Lisbeth Salander), el vacío que sentí tras terminar la lectura fue tan nítido que prorrumpí inesperada y sorpresivamente en llanto.

Para alguien como este bitacorero que siempre ha esquivado las historias de amor como la peste, esas lágrimas violentas eran más que un homenaje al genio de Stieg Larsson.

Puede ser que en diez años el autor sueco haya pasado a la historia como se preguntaba un lector en un comentario desde Lima hace unos días (es médico y como tal ha quedado en comentar el tema de su profesión en la novela).

Personalmente, difícilmente podré olvidar mi primer llanto al terminar de leer un buen libro, al entender que acababa de dejar todo un mundo más que fascinante atrás.

Al girar mi cabeza para mirar a través de la ventana la inmensidad de la noche, intentando comprender qué era lo que me sucedía, me pareció ver cómo se alejaba, perdiéndose para siempre en la oscuridad, el Universo Larsson.

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HjorgeV

13-12-2009

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