EDWARD BUNKER: NO HAY BESTIA TAN FEROZ (I)

Cuando murió, no podía imaginarse que empezaría una nueva época para sus novelas.

Tenía 71 años y los médicos pretendían mejorar su calidad de vida, realizándole una operación para mejorar la circulación (sanguínea) de sus piernas que le costó la vida.

Lo había tratado todo.

Tanto en el crimen como con la máquina de escribir.

Sin embargo, no había pasado de un mediocre éxito como novelista de pasado exótico y vibrante, éxito que, por suerte, le había deparado un trabajo más o menos seguro en la industria cinematográfica como guionista y actor eventual, pero no mucho más.

Con todo, había logrado enderezar su vida.

Algo casi impensable, para alguien que había sido introducido desde los 5 años de edad a la maquinaria estatal de reformatorios juveniles y prisiones, que, pretendiendo recobrar para la sociedad a los infractores, termina profesionalizándolo en el delito.

A esa corta edad de 5 años, antes de poder ser siquiera consciente de lo que estaba sucediendo en su vida, sus padres habían logrado poner fin a sus disputas alcohólicas divorciándose y Edward había ido a parar a una familia de acogida, de donde se escapó apenas pudo.

La lucha entre David (Bunker) y Goliat (el Estado que todo lo quiere corregir, menos a sí mismo) la ganó este último, consiguiendo internarlo una y otra vez en instituciones cada vez más draconianas.

Hasta que a los 14, acogido por una tía, se le presentó la primera verdadera oportunidad de escapar del asedio estatal y del círculo vicioso delictivo que el panameño Blades intento condensar así:

«Si naciste pa’ martillo, del cielo te caen los clavos»

Las malas costumbres aprendidas con apoyo (económico) del Estado, su falta de madurez y la mala vida aprendida, lo llevaron a cometer una serie de faltas menores, hasta que fue pescado violando las reglas de su libertad condicional.

En vez de ser enviado a un correccional de menores (decisión salomónica), fue enviado a prisión.

Bunker, rebelde y desafiante, no se dejó amedrentar y aprendió la dura vida de la prisión a tan temprana edad: la ley de la selva (de cemento), el dog-eat-dog de los duros e incorregibles.

A los 17 -corría el año de 1951- había escalado hasta uno de los puntos más altos de su carrera criminal, generosamente patrocinada por diferentes instituciones estatales: se había convertido en el preso más joven en toda la historia de la prisión de San Quintín.

Aunque todavía le quedaba un cuarto de siglo de vida como delincuente (o presidiario), fue en ese establecimiento penal que aprendió el oficio por el que ahora se le admira.

Lo aprendió de un condenado a muerte, Caryl Chessman, el emblema de la lucha contra la pena de muerte.

Quien, además de proclamarse inocente, estudió Derecho y Latín en San Quintín para poder convertirse en su propio abogado, y consiguió posponer ocho veces su ejecución.

Chessman escribió cuatro libros en prisión y Bunker debió quedarse profundamente impresionado con la visión de ese condenado a muerte golpeando las teclas de su máquina de escribir en su (vano, siempre lo es) intento por salvar –literalmente- su vida.

Chessman, tuvo, además, un gesto que decidió el futuro lejano de Bunker: le pasó un número de la revista Argosy, que incluía el primer capítulo de su libro Cell 2455 Death Row (Celda 2455 Pasadizo de la Muerte).

Pasarían muchos años todavía hasta que Bunker saliera libre en 1975 y se decidiera a iniciar una segunda vida, pero la semilla ya había sido arrojada.

La segunda persona que decidió su nueva vida fue Louise Fazenda (Indiana, 1895-California, 1962), una antigua actriz del cine mudo.

A ella le dedicó su primera novela No beast so fierce de 1973, cuando aún le quedaban dos años de condena por cumplir en la cárcel.

Esta es la dedicatoria:

Para Louise Fazenda Wallis, / que le regaló a un preso de dieciocho / años una máquina de escribir y le / ofreció su amistad.

Si Bunker (California, 1933-2005) tenía 18 años al escribir esas líneas, debía ser más o menos el año 1951.

Louise Fazenda, esposa del productor cinematográfico Hall B. Wallis, debía tener entonces unos 56 años.

La relación no podía ser –es solo una suposición- de carácter romántico.

Fazenda, por las razones que fueran, le regaló una máquina de escribir.

Con ella, Bunker se embarcó en el intento de salvar su propia vida golpeando las teclas frenéticamente como había visto hacer al finado Chessman.

El resultado: un manuscrito que tuvo que ser sacado clandestinamente de la prisión por Louise.

¿La opinión de los amigos a los que les mostró el manucristo, que probablemente sirvió de base para No beast so fierce, la primera novela de Burkman?

Interesante.

Pero impublicable.

Al salir de prisión en 1956, Bunker tiene 22 años y toda una vida por delante.

Sin embargo, casi como por automatismo, se balancea entre una vida común y corriente, y una criminal.

Al morir su mentora, Louise Fazenda, en 1962, y acaso la única persona que confiaba en él, Bunker abandona todo intento de corregirse y se entrega de lleno a la vida criminal.

Las acusaciones:

Robo, extorsión, posesión y tráfico de drogas, atraco a mano armada, falsificación, fugas de prisión.

A comienzos de los 70, Bunker se encuentra dirigiendo un floreciente negocio ilegal, la policía le coloca un dispositivo rastreable en su automóvil y se prepara para pescarlo con las manos en la masa.

La idea era detenerlo por narcotráfico.

Bunker los sorprende.

Se dirige a un banco.

Con el fin de asaltarlo.

A punto de caerle 20 años de prisión, la influencia de sus amigos consigue reducir su condena a 5 años.

En chirona continúa escribiendo.

Al cumplir 40 años, en 1973, tiene lista su primera novela No beast no fierce. Un tal Dustin Hoffman la lee y compra enseguida los derechos cinematográficos.

El título es una cita de un fragmento de Ricardo III (Acto 1, Escena 2) de Shakespeare:

GLOUCESTER

Lady, you know no rules of charity,
Which renders good for bad, blessings for curses.

LADY ANNE

Villain, thou know’st no law of God nor man:
No beast so fierce but knows some touch of pity.

GLOUCESTER

But I know none, and therefore am no beast.

Al quedar definitivamente libre en 1975, Bunker debió darse cuenta de que se había pasado casi media vida en una prisión.

No hay bestia tan fiera que no conozca un poco de piedad.

Y se decide a probar suerte como escritor.

¿Qué podía perder?

·

·

·

Continúa…

HjorgeV 23.12.2009

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s