ROBERTO BOLAÑO: 2666 (Primeros apuntes)

Recibí 2666 como regalo inesperado de navidad de mis suegros alemanes.

(Bueno, son los únicos que tengo, también.)

Aunque la novela de Roberto Bolaño ya está de moda acá en Alemania (entre otras cosas porque una de sus figuras principales es un escritor alemán nobelable, me refiero al Nobel), menciono lo primero porque se trata de la versión original, en castellano.

Entonces, aprovechando las fiestas y los feriados de fin de década, seguí la recomendación del poeta puneño Carlos Oquendo de Amat (Puno, 1905-Sierra de Guadarrama, 1936) para referirse a su único libro, 5 metros de poemas:

abra el libro como quien pela una fruta

De tal manera que abrí 2666 como quien abre una fruta especialmente famosa y tentadora, dispuesto a regocijarme, nutrirme y saborear el almíbar de sus páginas y el amargo de sus cáscaras.

Estoy por terminar la primera de las cinco partes en las que está dividida la novela (La parte de los críticos) y debo decir que no he conseguido salir de mi estupefacción.

¿Esta es la tan mentada novela de la década, del milenio?

¿Esta?

Muy bien.

Para empezar, debo reconocer algo.

Bolaño domina nuestra lengua.

Y domina el lenguaje como herramienta de expresión.

(Se puede dominar una lengua sin ser muy ducho en el uso del lenguaje y, al revés, saber sacarle el jugo al lenguaje como herramienta, sin dominar a la perfección una lengua determinada.)

(Lo digo, a pesar de que no me es posible soportar, por ejemplo, el uso del imperfecto del subjuntivo –hubiera, eliminara, etc.– en la apódosis de una oración condicional, por más que ese uso arcaico sea considerado como correcto. Prefiero “Si yo fuera presidente, eliminaría la pobreza” y no “Si yo fuera presidente, eliminara la pobreza”.)

Más que eso, me atrevería a decir que Bolaño domina la verborrea.

Verborrea es ‘verbosidad excesiva’.

Esa capacidad para soltar palabras de tal manera que se tenga que pensar en un diluvio (controlado) o en las aguas de una represa tras la rotura (controlada) de un dique.

Esto no es ni malo ni bueno por sí mismo.

La verbosidad (‘abundancia de palabras en la elocución’) puede ser tanto una necesidad, como un defecto o una cualidad.

Como cualidad tiene tanto sus moles como sus bemoles (perdonen la cantinflada).

Hay quienes a los que podemos perdonar ser habladores o muy callados, y otros, con esas mismas características, que nos pueden resultar simplemente insoportables.

Hasta donde he leído, se trata de una historia lineal.

Es decir, se tiene el relato de acontecimientos que suceden en orden correlativo y continuo, sin complicados saltos en el tiempo, salvo algunas precisiones retrospectivas.

A, B, C y D, profesores de literatura alemana, viven en las ciudades europeas P, Q, R y S.

Los cuatro admiran y son especialistas en la obra de un elusivo y misterioso escritor alemán que muy pocos conocen, nunca ha sido premiado (después resulta propuesto para el Nobel) y cuyo paradero se desconoce.

A los protagonistas A, B, C y D les suceden (juntos, separados o revueltos) muchas cosas: viajan para asistir a conferencias, simposios y reuniones sobre su autor favorito; después de conocerse viajan para verse, cenar y beber juntos, vivir, en fin.

D es inglesa.

A es francés, B italiano y C es español.

Todos (juntos, por separado o revueltos) tienen pequeñas aventuras que van desde casi matar a patadas a un taxista paquistaní en Londres, hasta conquistar por separado (o revueltos) a D, la inglesa, pasando por extraños episodios y escenas de carácter surrealista a veces, simplemente absurdo, o banal, otras.

Entre estos últimos momentos de la novela, están la historia del pintor que se corta la mano para poder integrarla en un cuadro u objeto artístico autobiográfico; están las experiencias personales de cada uno y el encuentro de uno de ellos con un escritor mexicano.

Muy bien.

Hasta aquí, es la trama de una novela como cualquier otra:

Cuatro académicos que idolatran a un misterioso autor alemán y que empiezan a convertir su mística afición y actividades comunes en un ménage à quatre (un triángulo amoroso acuadrangulado, si se me permite otra cantinflada) en el escenario de una Europa reciente.

Por otro lado tenemos al autor: un verborrero mayor, por así decirlo.

¿Puedo permitirme decir algo sobre lo leído hasta este momento?

  1. No he sentido hasta ahora el impulso de rescatar ninguna frase de la novela, me refiero a una de esas que te golpean e iluminan el cerebro, te hacen reír o vibrar hasta los músculos cardíacos. (Salvo una que mencionaré más adelante.)
  2. Una sensación constante de inverosimilitud.
  3. El agobiante esfuerzo del autor por presentar actores y escenarios “globales”.
  4. Una marcada tendencia a vestir la camiseta del equipo Erudito (mitología griega incluida), en una época en la que cualquier conocimiento se obtiene en segundos con Google, por ejemplo, y cualquier diario de cualquier país podría hacer palidecer a diario a los grandes autores griegos con sus incestos, asesinatos, concubinatos, canibalismo, suicidios, violaciones. (De todo eso está llena la mitología griega. Y esto, sin mencionar la Biblia.)

Personalmente, no tengo nada contra 4 ni 3.

(Aunque, leyendo esta primera parte del libro y teniendo en cuenta los absurdos e ineficaces controles aeroportuarios que nos han reportado la ineficiencia y la descoordinación de los servicios secretos de EEUU, he vuelto a hacer mía esa sana frase del escritor argentino Pablo De Santis que dice:

«Cuando era joven fantaseaba con viajar, ahora fantaseo con quedarme en casa».)

En cambio sí tengo mucho contra 1 y 2.

En cuanto al primer punto, la única frase rescatable hasta ahora –para mí- es la que transcribo:

«Uno de esos amigos del DF […], y esto lo dijo inocentemente, con esa pizca de fanfarronería poco astuta de los escritores menores»

¿Se refiriría a sí mismo el chileno, en un alarde de humilde arrogancia o arrogante humildad, de fanfarronería muy astuta y sin ninguna inocencia?

Sobre el punto 2, la inverosimilitud, quiero decir:

Una narración, relato, novela o cuento; una ficción, independientemente de lo literaria que pueda ser (punto a eterna discusión), debe romper primero que nada el lazo de inverosimilitud que la une al lector.

Puesto que, obviamente, quien se apresta a leer una ficción, sabe que lo que tiene delante es ficticio.

El autor, entonces, como mago y dueño de su teatro o circo, debe ser, antes que nada, capaz de hacer olvidar al espectador, al lector, ese detalle aparentemente trivial, pero fundamental (sobre todo si no lo consigue).

Debe romper, literalmente, su desconfianza y su escepticismo iniciales y naturales.

¿Cómo lo consigue?

Eso es parte de su oficio.

(Y, en principio, no importa cómo lo haga.)

Los seres humanos somos simples.

Nos gusta que nos cuenten historias: que nos vendan la pomada con la ayuda de serpientes si eso tiene su recompensa (la historia bien contada).

Pero detestamos cuando nos embaucan con relatos mal hechos, aburridos, contradictorios o inverosímiles.

Me explico.

En los mercados de mi ciudad y de mi niñez, a veces te encontrabas con un tipo que decía venir de la selva y que se presentaba con una boa (la serpiente constrictora) alrededor de su cuerpo. (De su cuello, principalmente.)

(Cómo vibraba yo entonces de emoción al verlo porque sabía que el espectáculo podía ser triple: luego digo por qué.)

Ese tipo, un verdadero charlatán, simulando contar una historia (la boa solo era parte de la utilería encargada de deslumbrar al público de su particular teatro), terminaba vendiéndole al público arremolinado a su alrededor unas “milagrosas” pomadas.

Que eran, en realidad, simples placebos.

Pero entre esos charlatanes a veces había alguno que actuaba al revés.

Es decir, uno que, con el pretexto de venderte las mismas pomadas, terminaba contándote un par de excelentes y fascinantes historias.

Los mejores escritores (vistos como narradores o contadores de historias) son por eso como este último charlatán “al revés”.

Para empezar, un escritor conocedor de su oficio sabe que en el fondo y en principio no es más que un charlatán (independientemente de los miles o millones de libros que pueda vender o no) y, acaso, tampoco ignora que así como ahora vende libros o palabras, bien pudo haber terminado vendiendo otra cosa: noticias, decisiones judiciales o financieras, conocimientos, tiempo, sabor, orden, salud, un idioma, relax, automóviles, viajes.

Y, sin embargo (y olvidando por un largo momento que está en este mercado llamado vida vendiendo pomadas), el tipo viene y te cuenta sus historias.

Viene a contarte sus historias tal como él las siente, las sabe, las sufre, las inventa, las remacha, las adorna y las ilumina solo concentrado en una sola cosa.

En el efecto que producen en ti, lector o lectora.

De todo esto, he sentido muy poco en las primeras páginas de 2666.

Me esforzaré por no perderme las siguientes, esperando llegar -a pesar de lo mencionado- al final.

Entiendo -claro- que decirlo así significa una crítica feroz a la denominada obra cumbre del finado escritor chileno Roberto Bolaño.

Pero es mi derecho.

Y mi deber como lector. Y es recién el comienzo del libro.

Ya tengo la pomada.

Ahora falta la historia fascinante.

.

.

HjorgeV 06-01-2010

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2 comentarios sobre “ROBERTO BOLAÑO: 2666 (Primeros apuntes)

  1. Eso de ververborrea es lo mismo que “retórica”, es decir, pura paja como decimos aqui en Honduras cuando decimos que alguien habla demasiado.
    Creo que los escritores contemporaneos se esfuerzan por hacer sus relatos globales o mundiales, quiza quien haga lo contrario sentara las nuevas bases de la novela contemporanea. Es decir una historia local.

    Rpta.: Cómo habrá sido de interesante el libro de Bolaño, que encontré por casualidad otro que ya había leído (El inocente, de Michael Connelly, recomendación absoluta) y me lo devoré en dos días, olvidando por completo a 2666. En fin. Lo volveré a intentar. Por lo demás, el término global se me ha vuelto últimamente insoportable. Saludos y gracias por tus comentarios. HjV

  2. Creo que francamente 2666 está un tanto sobrevalorada, aunque sin duda hay partes rescatables. En mi opinión la obra cúspide de Bolaño es Los Detectives Salvajes, pues la encuentro mucho más honesta y condensada, una obra que pretende ser por sí misma y no por artilugios o recetas litararias, cosa que contrasta con 2666 mas no creo que sea un libro de desecho, que es lo que en el fondo nos refieres con tu sinopsis de la primera parte.

    Rpta.: Hola, Inno. No hay libros de desecho. Tampoco autores que merezcan tal adjetivo. Incluso de los autores malos se puede aprender mucho, especialmente quienes escriben. (Para no repetir los mismos errores.) Con 2666 me sucede que la esperé acaso con demasiada ansiedad. Ahora veo el libro, paso por su lado y no hay atracción física alguna, menos química. No me provoca, no me atrae, no me apetece continuarlo. (Está aquí, a 40 cm de mi mano ¡y no me había dado cuenta!) Por supuesto, todo puede ser un defecto exclusivo de mi parte. Tampoco soy de los que se rinden así nomás. Seguiré tu consejo de leer Los Detectives Salvajes. Como bien mencionas, a 2666 se le notan demasiado las costuras, el lugar donde esconde el conejo y saca sus municiones el autor. Saludos desde las afueras de Colonia. HjV

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