POSTALES DE ALEMANIA: AMOR PATRIO

Después de años de vivir en este país, vengo a darme cuenta de que lo mejor que me cae de Alemania es también uno de sus más mentados -y supuestos- defectos.

Lo he vuelto a ‘descubrir’ ahora que acabo de pasar casi dos semanas sin conexión a la Red y me he puesto a revisar como un lobo hambriento los medios alemanes: abres Der Spiegel y lo primero que te encuentras es con el rostro de Angie Merkel.

Qué país para aburrido este.

(Lo bueno es que eso te permite concentrarte en tu trabajo.)

Mejor dicho, para ser más justos:

Qué aburrido puede ser este país.

Nos lo dijo de una forma indirecta y patética, aunque felizmente graciosa, un joven universitario el otro día en Colonia y en plena calle.

Demostrando, de paso, la relación que tienen las nuevas generaciones alemanas (no todos, claro) con su propio país.

Habíamos salido de comer excelentes churrascos en el Colina, un restaurante de Colonia fundado por un cubano, hoy de dueños colombianos y parrillero peruano.

Estábamos con una pareja vecina amiga y nos dirigíamos al parqueo donde los amigos habían dejado su automóvil.

Colonia vestida de blanco (por la nieve) es algo que debo haber visto menos de cinco veces en los más de veinte años que llevo en este país.

Y cada vez es un espectáculo que merece ese nombre para mí.

Uno que me hace pensar en la sensación que se debe sentir cuando una ciudad cambia de golpe -de un día para otro- de aspecto.

Colonia lo conoce.

Más del 80% de la ciudad quedó destruido tras los bombardeos de los aliados en la Segunda Guerra Mundial.

(Aquí otro gran ejemplo de terrorismo antiguo, puesto que bajo el pretexto de acabar con Hitler, se bombardearon ciudades enteras y reductos claramente civiles, algo que los tratados y convenciones internacionales explícitamente prohíben. Más o menos lo que hizo Israel en Gaza ahora hace un año casi exacto.)

El cambio de imagen que produce la nieve, en cambio, es de aquellos inocuos, pacíficos, sin mayores consecuencias.

El solo hecho de observar cómo todo parece empezar a detenerse, con peatones y vehículos lentificando sus movimientos para no patinar por el hielo, es todo un espectáculo.

(Por estos días lo han vivido ciudades como Sevilla, ciudad que no había visto cuajar a la nieve desde 1954. También en Madrid ha nevado hasta cinco veces en las últimas seis semanas y en tres de ellas la nieve se ha quedado cubriendo sus calles y edificios.)

Como venía diciendo contando, nos encontrábamos caminando por una de las calles principales de la ciudad, cuando tres jóvenes universitarios (una chica y dos chicos) nos preguntaron por cómo llegar a la universidad.

Se les veía alegres y contentos, marchosos, como se diría en España.

El último trago en el restaurante había sido un (buen) cubalibre y lo recordé porque uno de los jóvenes llevaba una botella de coca cola en la mano, de la que bebían los tres.

Como la cena había sido excelente y los tragos también, imité, por bromear, el acento italiano al explicarles el camino.

Y resultó que uno de los muchachos hablaba italiano, lo cual me llevó a completar mi chanza, haciéndome pasar por italiano.

-¡Yo amo Italia! –me dijo el joven.

-¿Y yo que culpa tengo? –le pregunté, provocando la carcajada de sus compañeros.

-No, de verdad. Amo a su país.

-Era una broma –le dije.

-¿No eres italiano? -negué con la cabeza-. ¿Español?

-Peor –le respondí, recurriendo a una respuesta estándar que suelo usar en esos casos-. Peruano.

El hecho es que luego de intercambiar cierta -y cortísima- información personal y reír un poco más, antes de despedirnos para siempre les comenté que en mi adolescencia también solíamos beber de una botella de cola antes de entrar a una fiesta.

-Pero era una bebida con sabor de piña y mezclada con ron –añadí, demostrando cierta compasión y recordando el famoso Ron con Piña (la marca era Canada Dry) que tomábamos con cañitas (que también llamábamos sorbetes, porque sirven para sorber) con el fin de emborracharnos más rápidamente y llegar entonaditos al tono o fiesta.

-¡Prueba! –me respondieron los tres, al unísono.

-Y del bueno –comenté, después de tomar un trago, refiriéndome al ron que habían utilizado para la mezcla-. En la proporción adecuada. Ni muy suave ni muy fuerte.

Me guiñaron el ojo, llenos de orgullo.

Antes de perderlos de vista, le pregunté en voz alta al “italiano”:

-¿Y, al final, de dónde eras?

-¡De Heidelberg! –contestó gritando, debido a la distancia, y lamentándose-. ¡Pero cómo quisiera ser italiano!

Nos reímos todos, claro; los siete.

Cada uno por distintas razones; yo, entre otras razones, para disimular el triste mensaje implícito en esa confesión: ¡Solo soy un maldito alemán!

¿Cuántas veces no hemos renegado de nuestras señas de identidad: de nuestra nariz o estatura, de nuestro aspecto en general; de nuestra misma familia, o hasta de nuestra procedencia como si la hubiéramos escogido al nacer?

(La pregunta me hizo recordar un artículo del escritor español Arturo Pérez-Reverte: Permitidme tutearos, imbéciles.)

¿Quién está libre de hacerlo?

Ese muchacho, siendo alemán, se atrevió a decirlo abiertamente, en su propio país y en voz alta.

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HjorgeV 12-01-2010

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