MICHAEL CONNELLY: EL VEREDICTO (2008)

Acabo de terminar El veredicto de Michael Connelly.

Sí, soy de los que esperan sus novelas año a año, más o menos desde finales de los noventa, cuando descubrí que había un autor de novelas negras que valía la pena seguir con atención. (Ha publicado más de una veintena desde 1992.)

Fue con El poeta que me quedé enganchado a Connelly.

Antes había leído un par de sus novelas, pero yo -pez hambriento de buenos textos- no había picado del todo, tal vez porque las había leído en mi idioma domiciliario, el alemán.

El poeta me fascinó desde un comienzo, y, la verdad, no sé cuánto de esa fascinación se debió a la traducción a nuestro idioma.

(Ni cuánto se debió a la misma edición, al soporte físico de la novela: era un libro grande, con letras y formato cómodos de leer y páginas de textura y grosor agradables al tacto. La edición era un objeto. Un placer en las manos.)

(¡Chúpense esa Kindle, Sony Reader y todos los digilibros o libros electrónicos por venir! Y eso que leo muchos digitextos o textos digitales -o electrónicos- y me parecen importantísimos e inevitables.)

Lo cierto es que me descubrí leyendo El poeta con mimo y cuidado, como si de mi forma de leer dependiera mucho el armazón de las frases  y las palabras, el texto mismo del libro.

Lo han dicho muchos ya.

Cyril Connolly, escritor y crítico literario, por ejemplo (la cuasi coincidencia de apellidos es casual y no confundir a ambos con el autor irlandés del género negro John Connolly):

“Literatura es algo que ha de ser leído por lo menos dos veces.”

De acuerdo a esto, y sin haberlo esperado, empecé a encontrar claras pinceladas de literatura en la obra de Michael Connelly a partir de El poeta, aunque nada abundantes.

¿Es literatura lo que escribe?

Al margen de lo que cada uno pueda entender por literatura -o no-, Connelly es en primera línea un novelista, un narrador de historias largas.

Y, como tal, su deber es contarlas bien.

(Si tuviera que responder honestamente, repetiría lo dicho: se pueden encontrar pinceladas de literatura en la obra de Connelly.

Pasajes aislados -generalmente párrafos muy cortos- que pueden ser saboreados en la mente del lector.

Y ya que estamos en eso, esta podría ser una definición de literatura:

Aquellos textos que, más o menos independientemente del tema y la trama involucrados, tengan la cualidad de poder ser saboreados por el intelecto.

Y eso de varias maneras: por la perspicacia y la calidad de su pensamiento e ideas, por la profundidad y vivacidad de su sentimientos y emociones, y por su arte con el lenguaje, por el trabajo con el idioma.)

Por lo general, la narrativa de Connelly es de alto nivel.

¿Recomendaría, entonces, la traducción de The Brass Verdict, El veredicto?

Mis anotaciones sobre la novela en su versión española:

1. Por más que lo intente machacar el editor en la portada, El veredicto no es definitivamente “su libro más importante hasta la fecha”.

Personalmente, opino que el epíteto debería ser cambiado por ‘decadente’ (en su sentido original: que decae).

2. La edición de Roca Editorial me parece defectuosa:

A pesar de no tratarse de un libro de bolsillo, es decir, a pesar de las tapas duras, las páginas parecen estar mal encuadradas (acabo de medir los márgenes y no me ha sido posible encontrar una explicación para este fenómeno) y, además, se tiene la sensación de que se ha querido ahorrar con la tinta.

3. Connelly parece parcialmente agotado como narrador:

En el sentido de que da la impresión de haber cumplido con entregar una historia que tendría que haber dejado madurar mucho más.

Decepciona así, porque las posibilidades de redondear su novela se perciben claramente mayores a lo largo de todo el texto.

4. Al autor se le notan demasiado sus trucos:

Como a un mago al que se le traslucen los artilugios, los elementos de apoyo. Es decir, se le notan no solo sus artefactos sino también sus mañas y ardides para conseguir su fin.

5. La traducción es pésima:

Lo siento por el traductor. (Ignoro con qué plazos y apoyos contó.)

No es una exageración mía, y no lo pensaba incluir en esta entrada.

Pero resulta que soy de los que marcan los libros (los que me pertenecen, obviamente, costumbre más o menos reciente: antes prefería dejarlos como si no los hubiera tocado jamás) y para no interrumpir la lectura con anotaciones o consultas, suelo hacer marcas en el papel siguiendo un código más o menos estable.

Rompo unos milímetros el papel a la altura de un error gramatical, por ejemplo, y doblo una esquinita de lo roto hacia arriba si sospecho que se trata de una errata (un error involuntario) y hacia abajo si creo que se trata de otro tipo de error.

Si el error es grave, rompo el papel dos veces muy cerca y de forma paralela, y lo doblo creando una banderita que señala en esa dirección.

Bueno, pues, la traducción está plagada de estas y de las otras banderitas.

Digo todo esto, porque llegué a pensar en dirigirme a la editorial para hacerle notar esos errores y después también llegué a pensar que se trataba de ciertas peculiaridades del castellano de España.

Por suerte, descubrí casualmente en la Red que no soy el único en haber notado (algunos de) esos errores y hasta existe un bitacorero español que los ha anotado:

Me refiero al autor de la bitácora ELEMENTAL MI QUERIDO BLOG.

Así como el título anterior no deja dudas sobre sus inclinaciones librescas, el de la entrada correspondiente tampoco:

MICHAEL CONNELLY MAL TRADUCIDO. COMO SIEMPRE

Pueden leerlo también aquí.

(Deben, tienen que, como dice, con énfasis, nuestro hijo de cinco años.)

Para terminar, quiero mencionar un tema que compete o incumbe a todo aquel, como este bitacorero, que le guste, tenga o deba escribir textos, o escriba por cualquier razón.

Las nuevas tecnologías son una bendición en muchos sentidos.

Pero también tienen sus tontas limitaciones y defectos.

Es el caso de Google docs, por ejemplo (donde esto escribo antes de pasarlo a WordPress): se ve que quien lo ha concebido no escribe a diario varias páginas.

Alguien podrá quejarse de mi crítica, aduciendo que debería reconocer los grandes avances que ofrece como herramienta y no quejarme de los detalles.

Sucede, pero, que el caso de Google docs, es como con una mujer hermosísima: si tiene pies enormes o brazos cortísimos, se le notarán más a ella que a alguien sin su belleza, por simple cuestión de contraste.

A lo que iba.

Las nuevas tecnologías han disparado el número de escritores, de autores en general y de textos que se escriben.

Hoy, armar físicamente una historia -una novela concretamente- tiene sus facilidades: se puede escribir y corregir a voluntad, con ayuda de un corrector automático incluso (mi versión de Word lo tiene en cuatro idiomas pero no en castellano); se puede escribir todo por separado y luego armarlo a voluntad y gusto. Y se pueden hacer tantas versiones de una novela como se quiera.

Esta es, precisamente, la sensación que me ha perseguido al leer El veredicto.

La de estar leyendo una historia escrita “al revés”.

Quiero decir, una en la que primero se ha fijado una trama, un argumento definido, y después se ha llenado con palabras el resto.

No es algo despreciable de por sí.

La misma historia de la literatura debe conocer muchos casos así.

La trama de El veredicto engancha.

El inicio es, incluso, atrayentemente cínico: todo el mundo miente.

Y Connelly resuelve con industria su labor.

Pero ese es también su mayor defecto: se ha vuelto una máquina, una industria de producir novelas vendedoras. Una, además, que seguramente tiene que cumplir con los plazos y la cronometría de la banda o cinta transportadora del señor Dinero.

Particularmente, prefiero al contador intuitivo:

No al burócrata que va cumpliendo un pensum académico para poder cobrar su sueldo, tomar su cerveza (o ir a la iglesia: a veces es más o menos lo mismo) y jubilarse alguna vez.

Un contador profesional de chistes -para poner un ejemplo de lo que quiero expresar-, puede llegar a una actuación con una docena de ellos en la maleta.

El tipo burócrata los soltará con puntualidad religiosa y dejará de sudar frío cuando el público empiece a reír.

Al contador intuitivo le interesará primero hacer reír y después cumplir con lo planeado.

Hasta será capaz de no contar ninguno de los chistes que traía en la maleta si eso se convierte en necesario para cumplir su cometido: hacer reír a la audiencia con su verbo.

Michael Connelly se parece cada vez más al escritor burócrata.

Y eso es una pena.

Por lo menos, debería buscarse otra editorial española para no empeorar su producto industrial.

Pero esas cosas, a las máquinas -especialmente si ya son ricas- les debe interesar un pepino verde.

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HjorgeV 01-02-2010

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Otro enlace interesante sobre Connelly (en inglés):

http://www.opinionjournal.com/la/?id=110008183

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One comment

  1. ¡Hola! Muy interesante esta nota. A mí “El Veredicto” de Connelly me gustó mucho.

    No entiendo nada de abogados, y sin embargo me vi atrapado por ese fascinante mundo. Todas las escenas en la corte son maravillosas, la elección del jurado (un proceso que personalmente desconocía) es un gran juego de estrategia, y la forma en que Connelly lo describe es muy interesante.

    Redacté una nota completa del libro en mi blog, están todos invitados a darse una vuelta para opinar y comentar

    Link: http://viajarleyendo451.blogspot.com.ar/2013/01/el-veredicto-novela-2008.html

    Saludos!

    Luciano // Conocé mi página: https://www.facebook.com/sivoriluciano

    Hola, Luciano. No llego tan lejos como para decir que me arrepiento de haber comprado la novela. (Me ha pasado con muchas, también con algunas de él.) Pero es obvio que Connelly ya dejó el cenit hace mucho tiempo. Lo que no entiendo es por qué no hace una pausa revolucionaria para reencontrarse. Debe haber ganado lo suficiente para no tener que preocuparse por minucias (en su caso) como comer, vestir y tener un techo. Y eso para varias décadas. ¿Tan fuerte y anuladora es la industria editorial? Saludos desde Colonia. HjV

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